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Los pulperos

Posted in historia with tags , , , , , on octubre 12, 2008 by edmolin657
Los pulperos y los productos de primera necesidad en Guayaquil
En calles retiradas se encontraban estos locales de venta de arguardiente y comida preparada
José Antonio Gómez Iturralde
www.archivohistoricoguayas.org

 


 
   
 
Al finalizar la época colonial, vísperas de su Independencia, Guayaquil tenía unos 20.000 habitantes.Sus calles eran amplias y derechas, unas con algún tipo de relleno, inclusive con conchas de moluscos que se consumían en la ciudad y otras parcialmente pavimentadas con lajas de piedra azul de Chongón talladas a mano.También había muchos callejones estrechos y mayormente sinuosos, con casuchas abigarradas en sus costados, todas levantadas sobre pilares de madera incorruptible hincada al suelo.

Los edificios grandes de más importancia, de dos o tres pisos, se situaban a lo largo de la calle de La Orilla o malecón, y en general estaban construidas con una arquitectura muy apropiada para el trópico.

La mayor parte contaba con un piso alto para vivienda del propietario, adornado con balcones y galerías para solaz de la familia, el piso intermedio se rentaba y el bajo destinado a tiendas y bodegas. Las iglesias ricamente decoradas, aunque su arquitectura en madera no presentaba nada digno de notarse.

La actividad comercial en Guayaquil era una verdadera vorágine. Desde la orilla del río ciudad adentro y por la carga de buques hacia el exterior se desplegaba un trabajo frenético que solo cesa cuando se oculta el sol. El movimiento de canoas era intenso, también otras embarcaciones pequeñas atracaban para abastecer la vida diaria de la ciudad.

En la parte céntrica, a lo largo de los muelles, se situaban las “ramadas”, frente a ellas tiendas de refresco y cafés. Más adentro los puestos del mercado, tiendas y pulperías o vendedores ambulantes, de los cuales la gente se abastecía de lo necesario para el diario sustento. En calles algo retiradas se hallaban las pulperías, y chinganas de expendio de aguardiente, comida preparada o refrescos.

En el malecón, en balsas atracadas a la orilla del río, proliferaban los billares, mesas de juego, e inclusive rentaban cuartos donde las prostitutas captaban a la marinería del puerto. Todo este comercio, muchas veces ilícito, pagaba tributos al Cabildo con los que financiaban el rol de sus empleados.

Negocios, juegos prohibidos, prostitución, contrabando, etc., que pese a la ilegalidad de muchos, estaban estrechamente ligados a la actividad comercial e integrados a la dinamia de la vida diaria citadina. Al parecer, buena parte de los pulperos, especialmente los vinculados a regatonas y regatones, tenían mucho que ver con este variado comercio diario.

Sin contar, por supuesto, con el beneficio adicional que significaba la complicidad de los empleados del Ayuntamiento encargados de su control y el concurso de miembros de las milicias. Los jefes militares, empleados de alto rango de la burocracia municipal, manejaban negocios a gran escala y ejercían sus cargos de forma más honorífica que efectiva. De esa forma el nivel medio del poder, quedaba en manos de sectores subalternos de las milicias, ayudantes, sargentos, etc.

Las pulperías por la clase de actividad que desarrollaban, o según el capital que disponían sus dueños, las había muy variadas. Desde aquellas con unos pocos pesos de movimiento hasta las que manejaban miles. También había las que entraban por todo, desde el expendio de bebidas alcohólicas, juego y prostitución. Además de esta suma, el pulpero cumplía la función de caja de chismes y hasta de calumnias escritas que eran depositadas para ponerlas al alcance del vecindario.

Al finalizar el siglo XVIII, los pulperos quedaron al desnudo, pues los relacionaron con todo el desorden e ilegalidad que primaba en la urbe. Fue así como a partir de entonces, se dictó ordenanzas y reglamentos a fin de reducir el número de pulperías. Se empezó por calificar a las personas y establecer estatutos para su funcionamiento. También se propició la agremiación para organizar sus actividades.

De esa forma, la sociedad ejerció una gran presión sobre los pulperos, con el fin de reducir su vida escandalosa. Pero, el gran obstáculo para su aplicación fue la de inventariar y clasificar la gran variedad de pulperías. Tarea compleja fue definir las características de lo que se consideraba una pulpería y un pulpero. Los había aquellos que aportaban su dinero en una o más pulperías, sin participar de su manejo.

A otra clase pertenecían los que administraban el negocio de los primeros, y una más, la formaban los propietarios que con su familia manejaban directamente su tienda. Sin contar la enorme variedad de negocios a los que cada uno dedicaba su esfuerzo y las grandes diferencias sociales.

Tanto estas, como los tendidos o puestos de mercado estaban bajo la vigilancia directa del Municipio, y debían tributar derechos sobre el producto de sus ventas dentro del régimen de “posesión inmemorial”, y este los destinaba a las llamadas rentas de propios. Además de estas obligaciones, debía pagar arriendo por los espacios o locales que ocupaban.

Las rentas obtenidas por las autoridades municipales estaban destinadas a financiar los gastos de utilería y sueldos de la burocracia. Por 1795, solo en el barrio del Astillero y Ciudad Nueva funcionaban 44 pulperías. Al inicio del siglo XIX habían más de 83, cifra dentro de la cual constaban las llamadas medias pulperías, cuya diferencia con las primeras estribaba en que pagaban la mitad del tributo al Cabildo.

Para 1811, entre pulperías, “chinganas”, “cafés” y “casas de fresco”, no menos de 150 pertenecían al gremio de pulperos. Negocios que mayoritariamente funcionaban en los bajos de las casas de grandes comerciantes, propietarios y funcionarios del Cabildo.
La baja categoría que significaba el negocio de una pulpería, sugiere que sus propietarios pertenecían a una clase marginal. Sin embargo, no todos los que se identificaban con él provenían de esos sectores sociales. Una variada documentación muestra que muchos de aquellos que se dedicaban al negocio o tenían intereses en él, provenían de una muy diversa condición social.

Artesanos, miembros de las milicias y personajes de la elite económica-política aparecen involucrados de una u otra forma, lo cual confirma la diversificación de intereses y ocupaciones que tuvieron los guayaquileños de la época.

El gremio de pulperos, por lo tanto, estaba compuesto por gente de condición social heterogénea.

Algunas de las personas que poseían pulperías eran miembros de las elites económico-políticas. Consecuentemente, cuando era necesario defender el negocio, sin sentirse disminuidos en su estatuto social se identificaban como miembros del gremio. Ese ha sido históricamente el espíritu comercial del guayaquileño, además, que no había razón para avergonzarse.

La diversificación de actividades e intereses que mantuvieron los guayaquileños dio lugar a que la adopción de una identidad u otra, o la adscripción a un colectivo determinado, que dependiera de las circunstancias y que su significado variara según la persona y posición al interior de un entramado complejo de relaciones.

Este hecho se aplicaba no solo a las elites sino también a los individuos de los sectores subalternos.

El gremio que agrupaba a la clase era el espacio donde los pulperos ventilaban sus conflictos e intereses. Tomada su dirección por individuos de la elite social y económica, dueños de pulperías, desarrolló una importante actividad, al punto que, entre fines del siglo XVIII y principios del XIX, dirigieron un largo y costoso juicio con miras a eliminar el estanco de aguardiente y su monopolio.

Lo cual alcanzaron en 1811, cuando el virrey limeño liquidó tal exclusividad, para conceder a los pulperos el derecho a vender libremente el licor en sus tiendas.

Finalizado el conflicto, los dirigentes intentaron exigir el pago de costas y gastos judiciales al resto de los agremiados. Sin embargo, un numeroso grupo de aquellos propietarios de las llamadas “tiendas mestizas”, liderados por un capitán de las milicias acantonadas en la ciudad se opusieron tenazmente. La consecuencia inmediata fue un terrible enfrentamiento, que llevó a cada grupo a buscar parciales al interior del gremio para enfrentar al oponente.

Este hecho puso de manifiesto el poder y la autoridad, que sobre los intereses de individuos de menor categoría social, los grupos dominantes, en forma soterrada.influenciaban en el manejo del gremio. Este hecho sacó a relucir que lo mismo ocurría con otros negocios de abastecimiento a la ciudad.

Este comercio, aparentemente de menor cuantía, fue el medio por el cual las clases menos favorecidas pudieron incorporarse a la dinámica económica y social, que parecía ser exclusivo de las elites. Este enfrentamiento permitió que algunos individuos de los sectores subalternos, mediante alianzas con las elites capitulares consolidaran el poder económico de Guayaquil.

 
 
 
 
 
 
   
 

 

Coplas de contento

Posted in poemas with tags , , on octubre 11, 2008 by edmolin657

ArribaAbajoCoplas de contento

Composición escrita con motivo de la abolición del diezmo y consiguiente supresión de los odiosos especuladores llamados diezmeros, en marzo de 1884.

  ArribaAbajo ¡Oh Padres!, de gozo henchidos    
  nos tiene vuestra ternura.    
  Conque también el diezmero    
  ¿cayó por fin en la tumba?    

  ¿Terminó la horrible plaga? 5  
  ¿Cesó al cabo nuestra angustia?…    
  ¡Levantad a la redonda,    
  indios, un clamor que aturda!…    

  Desde ahora, para el que siembra    
  será lo que el maíz produzca. 10  
  ¡En hora buena, con flores    
  lozanas, el fruto anuncia!    
-67-

  Mujer, hijo, hermano, hermana,    
  trabajemos más que nunca;    
  nuestra cosecha de pobres 15  
  la disfrutará el que suda.    

  Ya no vendrá de improviso,    
  un mozo de faz adusta,    
  a tomar necios apuntes    
  aun de lo que no madura. 20  

  No dará padrón en mano,    
  vueltas a la diminuta    
  estancia, a modo de cuervo    
  que res mortecina busca.    

  Ya no contará las cañas 25  
  que, tiernas, el viento tumba,    
  para decirme: «¡Has comido!    
  ¡La sementera está trunca!».    

  No empuñará tras la casa,    
  antes que su dueño acuda, 30  
  gallina y pollos que pían,    
  denunciando al que los hurta.    

  Libre mi becerro queda;    
  desde hoy es inútil que huya;    
  trisque aquí, junto a su madre, 35  
  que también está segura.    

  Aun mi gozque se escondía,    
  al ver su cara sañuda,    
  temiendo que de los perros    
  haya diezmo por ventura. 40  

  ¿En qué cosa no repara?    
  ¿Qué no encuentra? ¿Qué no suma?    
  ¿Qué no atrapa? ¿Qué no lleva,    
  el buitre de largas uñas?    
-69-

  Cuando lo divisa el lobo, 45  
  tímido corre y se oculta.    
  El gavilán que lo atisba,    
  medroso eriza las plumas.    

  Sal, hijo mío, veamos    
  la postrera siembra tuya. 50  
  Sabiendo que no hay diezmero,    
  tal vez el brote apresura.    

  Mujer, moja esos carrizos;    
  vuelvo sin tardanza alguna.    
  Hemos de tejer dos trojes, 55  
  que hoy y mañana concluyan.    

  Rellenos los guardaremos,    
  para la mayor penuria.    
  Ya el pan de tus pobres hijos    
  un extraño no te usurpa. 60  

  ¡Oh Dios, verdadero Padre,    
  castíguenos la ira tuya    
  on el hielo o el granizo;    
  mas, con el diezmero nunca!    

  Todavía, estupefacto, 65  
  lo sueño en la noche oscura,    
  y tiemblo como un enfermo    
  a quien el delirio asusta.    

  He aquí que a mi pobre choza    
  entra, me ultraja, me insulta, 70  
  prendas me arranca, y de oprobios    
  aun desde lejos me abruma.    

  «Nada coseché», le digo;    
  «No has de encontrar mies alguna;    
  ¿no ves cómo de hambre lloran 75  
  mis hijos con amargura?».    
-71-

  ¡Hablara yo con las piedras!    
  Fueran, quizá, menos duras.    
  Él responde: «¡Qué me importan    
  a mí las lágrimas suyas!». 80  

  Mañana estarán las prendas    
  vendidas por cualquier suma,    
  y yo, su dueño, desnudo,    
  sin que el cargo disminuya.    

  ¿A la justicia quejarme? 85  
  ¿Cómo, si es pariente suya?    
  Escribe, embrolla, y mi fundo    
  se vende en subasta pública.    

  ¿Qué harás, indio, si aun con esto,    
  el bárbaro no te indulta? 90  
  Cargar con tu hijo y, llorando,    
  ¡sacarlo a vender, sin duda!…    

  ¡Ay de mí!… Mas ya despierto.    
  ¡De rodillas, criaturas!    
  ¡Con ambos ojos nos mira 95  
  por fin la Clemencia Suma!    

  Por su amor nos conservamos.    
  Su providencia conjura    
  los infortunios que al indio    
  desventurado atribulan. 100  

  Ella ha dispuesto, piadosa,    
  que la compasión influya    
  en los que con noble mano    
  desata nuestra coyunda.    

  Juntémonos a pedirle 105  
  que ella misma retribuya    
  tan grande bien con el premio    
  de la celestial ventura.    
-73-

  ¡Defensores generosos,    
  que bregáis en nuestra ayuda, 110  
  fuera el corazón mi ofrenda,    
  a fin de daros alguna!    

  Sólo corazón tenemos    
  los de esta raza desnuda,    
  nacida a soportar penas 115  
  y lamentar desventuras.    

  ¡Dios, en las santas mansiones    
  que con su esplender alumbra,    
  conceda a todos vosotros    
  la dicha que siempre dura!

Eugenio Espejo

Posted in Próceres de la Independencia with tags , , , , on septiembre 25, 2008 by edmolin657

EUGENIO ESPEJO
PRECURSOR DE LA INDEPENDENCIA.- Nació en Quito y fue bautizado el 21 de febrero de 1.747. Hijo legítimo de Luis Chusig, que en idioma quichua significa Lechuza, indio cajamarquino, hijo de picapedreros, que cambió su apellido por el de Benites y luego por los de Santa Cruz y Espejo, llegado a Quito de solamente quince años como criado o paje de cámara del Fraile betlemita José del Rosario, Director del Hospital de la Misericordia de Nuestro Señor; muchos años barchilón, administrador y cirujano de dicho centro. También fue cirujano y médico de los conventos dominicano y Agustino con 50 y 100 pesos mensuales de sueldo respectivamente. Hacia 1.774 contrajo matrimonio con María Catalina Aldáz y Gordillo, hija de Juan de Aldáz y Petronila Gordillo, vecinos de calle larga de San Sebastián, al lado de la casa del Hospital de San Juan de Dios.

Los primeros años de Eugenio fueron de duro trabajo al lado de su padre, haciendo observaciones en el Hospital como buen curioso. De él recibió las primeras letras, luego estudió en las aulas abiertas por los Dominicanos a los niños pobres y entre 1.759 y el 62 fue alumno de los Jesuitas.

En el curso de Filosofía fue discípulo del Padre Juan Hospital, quien le puso en contacto con la nueva ciencia. En Astronomía conoció los descubrimientos de Copérnico y Newton, aunque para no desafiar la ortodoxia católica se continuaba enseñando el sistema intermedio de Tycho Brahe, a pesar de sus incongruencias notorias, tal la hipocrecís científica imperante en la Audencia de Quito en esos tiempos.

El 5 de junio de 1.762 se graduó de Maestro en Filosofía con cinco Ases. Seguía viviendo en el Hospital de mujeres y habíase producido en Quito la irrupción de las nuevas tendencias científicas y filosóficas que la historia conoce con el nombre genérico de “La Ilustración” fundamentadas en la experimentación y el raciocinio. (1)

“A los quince años se presentó a una Sabatina deseando ardientemente ser conocido por su bello espíritu y aunque logró las celebridades del Colegio jesuita de San Fernando, el vulgo le despreció por su baja calidad y tomando opuestos dictámenes se ocultó lo más que pudo y así ha conseguido el arte de esconderse, logrando ventajosísimamente convertirse en un hombre de letras y que se piense muy mal de sus alcances, conocimientos y literatura”.


(1) La Ilustración fue el movimiento ideológico y cultural surgido en Francia a comienzos del siglo XVIII, que pronto se fue extendiendo por todos los ambientes intelectuales de Europa y el Occidente. También se la conoce con el nombre de Filosofía de las Luces o Iluminismo, y se fundamentó en el poder de la razón y su capacidad crítica. Emanuel Kant la definió diciendo que era el fin de la minoría del hombre. “Ten el valor de servirte de tu propia razón” fue la divisa, de suerte que fue la liberación de la razón de un estado de subordinación minoritario en el que había estado presa por siglos, a causa de la ignorancia, la superstición, la intolerancia, el poder arbitrario e ilimitado de las monarquías, el oscurantismo y el respeto a la tradición. La revolución inglesa de 1.688 permitió su comienzo y la revolución francesa de 1.789 su triunfo. El fin último de este movimiento fue extender el análisis racionalista a todos los campos de la experiencia humana, a través de una búsqueda constante y rigurosa en el método. Todo lo relativo al mundo del hombre y la naturaleza tenía razón de ser, lo demás no. De allí que la Ilustración despreció por improductivo y falto de interés todo cuanto estuviere más allá de los límites de la experiencia tales como: la metafísica, la religiosidad y otras formas aberrantes de pensamiento, a las que se tiene por productos de la fantasía y la superstición. La Ilustración nació con Newton, siguió con Descartes, Spinoza, Leibniz, Malebranche, tomó cuerpo con la Física y la Química, triunfó con la Mecánica, de manera que dio paso en el siglo XIX ala verdadera y única ciencia, que aspira a la comprensión de los fenómenos y leyes el universo, prescindiendo de causas sobrenaturales como son la divinidad, el Espíritu Santo, la providencia, los milagros, el shamanismo, las prácticas carismáticas, ete, etc.
Theiland de Chardin sentenció: La humanidad nació en el punto Alfa y va indefectiblemente hacia el punto Omega donde confluyen todos los conocimientos. ¡Entonces seremos como Dioses!
Dedicaba doce horas diarias al estudio y a una lectura rapidísima, insaciable y desordenada de todo cuanto caía en sus manos, confiando en su memoria; pero luego comprendió que debía apuntar datos y citas para fortalecer sus escrito y comenzó a llevar un archivo. Su naturaleza era sensible, débil y delicada, a veces enfermaba. En 1.764 murió uno de sus hermanos; después le tocó a su madre, posiblemente de cáncer al útero.

En 1.765 ingresó a la Facultad de Medicina de San Fernando pues tenía experiencia como ayudante de su padre en el Hospital, donde había tomado lecciones con el padre Liria, hombre de vastos conocimientos en ciencias naturales, quien le hizo examinar de los Doctores Gaudé y Urrú y estos informaron que no era necesario saber tanta anatomía para ejercer la Medicina. Se vivían tiempos agitados, ese año ocurrió la sublevación de los barrios quiteños en contra de las alcabalas y durante tres meses gobernaron los líderes barriales, aunque después comenzó la represión. El 22 de Julio de 1.767 se graduó de Médico y recibió el título de manos del padre Rector Nicolás García, aunque por tiznado tuvo problemas para ejercer y recién en 1.772 las continuas epidemias de viruelas hicieron imprescindibles sus servicios profesionales y sólo entonces el Cabildo le autorizó a condición de practicar un año más en el Hospital de la Misericordia.

Leopoldo Benites Vinueza indica que fueron muchos los dolores sufridos y las amarguras calladamente devoradas, pues dada su baja condición social, la sociedad colonial sólo podía ofrecerle la burla cruel o el desprecio insolente, que él creyó superar en su trayectoria de escritor y político, minando con actitud prudentemente callada el edificio de la colonialidad. Fue eso lo que le impidió ser un revolucionario auténtico o un caudillo rebelde. Dubitante entre mundos diversos, su drama fue no sólo el personal de la evasión inoperante, sino que trasuntó el de su casta marginal, indecisa entre los bordes de una casta superior a la que aspiraba y una inferior a la que por defensa espiritual y hasta ideológica, temía volver.

Su padre era dueño de una casa propia y de vanos cientos de pesos entregados a censo a los jesuitas y vivía con sus hijos Eugenio, Manuela que estaba soltera y tenía fama de inteligente aunque poco agraciada y Juan Pablo, que habiendo abrazado la carrera eclesiástica era sacerdote en Quito.

El 20 de agosto siguiente fueron expulsados los jesuitas y la Universidad de San Gregorio cerrada, sus discípulos quedaron mal vistos en sociedad, entre ellos Espejo, que sólo contaba veinte años de edad y tuvo que litigar contra la Junta de Temporalidades para que les devolvieran los pesos de su padre.

Entre el 67 y el 79 maduró en lecturas, ejerció su profesión con éxito y formó una biblioteca. Este último año emergió prácticamente de las sombras, pues su nombre sólo era conocido por unos cuantos espíritus elevados, con una obra de tesis en 2 hojas y 9 conversaciones eruditas para el estímulo de la literatura, que dedicó al Presidente de la Audiencia, José Diguja y circuló manuscrita bajo el título de “El Nuevo Luciano” o despertador de los ingenios quiteños y firmó como Xavier de Cia Apéstegui y Perochena, tratando de sugerir nobleza a través de estos apellidos que le correspondían por su lado materno en Navarra. Y aquí encontramos nuevamente su arte de esconderse, “como contraste con el impulso hacia arriba, eternamente frustrado, que da a su vida un sabor amargo”.

“Ese estado psicológico imprimió a su carácter osada actitud, un tono entre burlesco y despectivo, que él mismo describirá luego en una suerte de autorretrato diciendo: Cuando se presenta a cualquiera, impone sin querer por su gravedad natural, pero tratado con franqueza se ve que es mucho lo que se ríe a la vista de todos, pero es muchísimo más lo que a solas se ríe, porque en casi todos los hombres halla con facilidad ese lado por el cual son más hombres, esto es, vestidos de mas o menos ridiculeces”.

El Nuevo Luciano es un diálogo imaginario entre dos personajes imaginarios, el Dr. Miguel Murillo, médico pedante y conceptista y el Dr. Luis de Mera, ex jesuita ambateño, de luces, saber y prudencia. El diálogo fue escrito en imitación a los diálogos de Luciano de Samosata, aunque sin la gracia de este pues siendo su primera obra adoleció de estilo, se basó en la obra del padre José Francisco Isla, autor de Fray Gerundio de Campazas, y tuvo el valor de una ácida crítica al sistema educacional vigente, acusando a quienes debían hacer profesión de la sabiduría y vivían en la ignorancia. Encuentra que es natural que sus coterráneos estén acostumbrados a la lisonja y que llamen bello espíritu a cualquier predicador que haciendo gala de un uso abusivo de las Sagradas Escrituras, decía cuatro cosas insustanciales en estilo florido, pomposo y lleno de retruécanos. Entiende a los estudiantes por vivir en un estado de contusión al recibir simultáneamente los fundamentos filosóficos de un sistema aristotélico escolástico ya refutado en el mundo de la cultura de entonces, en extraño contubernio con los principios de la investigación inductiva y de las ciencias exactas modernas. Descubre en el sistema educativo lagunas intolerables para cualquier enseñanza que pretenda acercar a la verdad, así como la ausencia de idiomas modernos, ignorancia de la ética, de la historia, en los planes de estudio corrientes, etc.

Tales novedades, contenidas en un simple escrito, dieron pábulo a numerosos comentarios, sobre todo entre los panegiristas de los Jesuitas y el mismo Espejo se decidió a escribir en 1.780 una réplica que tituló “Marco Porcio Catón o Memorias para la nueva impugnación del Nuevo Luciano” en 5 págs. que firmó como Moisés Blancardo y dividió en 20 capítulos, que avivaron la polémica, pues defendió a los personajes que había ridiculizado en el Nuevo Luciano y atacó duramente al Dr. Cia que él mismo había creado, al punto que volvió a las andadas contrareplicando con “La Ciencia Blancardina”, polémico escrito contra el Dr. Blancardo y ensayo erudito contra las afirmaciones del Padre mercedario Juan Arauz y Mesía, quien había escrito palabras injuriosas contra Espejo en una aprobación dada a un discurso fúnebre del Dr. Ramón de Yépez, en cuyo despacho había practicado Espejo el Derecho Civil.

Sus tres ensayos le presentan escritor maduro, “crítico literario que luchaba por el discernimiento justo, alejado de los sistemas escolásticos y dentro de los principios de la investigación inductiva y de las ciencias exactas. Entonces comenzó a escribir sermones para su hermano Juan Pablo, que se han coleccionado en 65 págs. y su “Carta al Padre la Grañña” en 33 págs. dirigida al franciscano Fray Pascual Cárdenas, contestándole ciertas interrogaciones en torno a las indulgencias y demostrando avanzados conocimientos teológicos y canónicos.

Igualmente, en 1.780, se conoció en Quito el levantamiento que llevaría en la Nueva Granada al enfrentamiento de los Comuneros contra las armas del Rey. A principios del 81 tradujo del griego el “Tratado de lo Maravilloso y Sublime” del escritor latino Dionisio Casio Longino. En junio compuso un sermón panegírico del apóstol San Pedro para que lo predicara su hermano en Riobamba.

En febrero del 82 el Presidente José García de León y Pizarro, para librarse de Espejo, a quien reputaba “hombre rencilloso, travieso, inquieto y subversivo, si bien lo era en gran parte por la buena causa”, le designó médico de la expedición del Ingeniero Francisco Requena, comisionado para demarcar las fronteras de la Audiencia de Quito con el Gran Pará y el Marañón, según el Tratado preliminar de límites suscrito entre España y Portugal y como se fijaba su residencia en el lejanísimo pueblo de Teguel, se resistió a cumplir tan decoroso destino que sin embargo le era altamente inconveniente a sus actividades y emprendió viaje a Lima, pero al llegar a Riobamba fue denunciado por su amigo el Dr. José Miguel Vallejo y el Corregidor le mandó a tomar preso, aunque sin consecuencias, pues no fue enjuiciado y como a los pocos meses ascendió a la Presidencia su amigo José de Villalengua y Marfil, yerno del anterior, obtuvo que se le perdone el arresto y volvió a la capital. En enero del 83 había fallecido su padre.

Entre los meses de julio y agosto de 1.785, con motivo de las graves epidemias de sarampión y viruelas que asolaban Quito, fue comisionado por los médicos y el Cabildo para estudiar el método propuesto contra la viruela por el Dr. Francisco Gil en Madrid. Espejo atendía a los enfermos del barrio de San Sebastián y hasta quiso elaborar unas estadísticas pero no fue apoyado; sin embargo, fruto de tales experiencias fue sus “Reflexiones sobre la viruela” en 179 págs. manifestando que “esas partículas que hacen el contagio, son otros tantos cuerpecillos distintos del fluido elemental elástico que llamamos aire”, adelantándose a su tiempo en la Audiencia, donde aún no habían podido descubrir su existencia con el microscopio y recomendando la prosecusión de “las observaciones para demostrar científicamente el papel patógeno de los microbios”. Los médicos y los frailes betlemilas reclamaron ante el Cabildo por ciertos términos injuriosos emitidos en el Capítulo final que trataba de los médicos y el asunto pasó a conocimiento del Presidente de la Audiencia que exigió “romper o no dar uso al escrito” y como se resistiera Espejo a realizar tal desatino, fue aconsejado por dicha autoridad que viajara de preferencia a Lima, donde podría lucir sus conocimientos escribiendo para el Mercurio peruano.

El 86 partió en compañía de su hermana Manuela pero se quedaron a vivir en Riobamba, mientras tanto había dirigido al Rey Carlos III y al Ministro de las Indias, José Gálves, Marqués de la Sonora (1.729 – 1.786) sendos ejemplares de sus reflexiones y cuando el Dr. Gil editó una “Disertación Médica” que circuló profusamente por España y América, incluyó entre otros comentarios un elogio al Dr. Espejo, a quien calificó de “hombre versado en todo género de literatura y verdaderamente sabio”.

En diciembre fue contratado en Riobamba por Tomás García Sierra, Procurador de los curas, acusados por el Alcalde Ordinario, Ignacio Barreto, comisionado para la recaudación de tributos, de ser los causantes de la decadencia económica de los indios. Espejo escribió un Alegato, compendio enjundioso de conocimientos del más variado orden político, por tratar sobre puntos tan diversos como la agricultura, el comercio, la política, las manufacturas y el real erario, que fue entregado a las autoridades y le ocasionó una inmensa polémica y numerosas querellas, pues los personajes aludidos se violentaron y el 19 de marzo de 1.787 José Miguel Vallejo hasta quiso asesinarle.

Espejo se alborotó y escribió 8 Cartas riobambenses en 10 págs. Especie de exabrupto o disarmonía en total oposición a sus elevados y discretos trabajos llenos de mesura; pero en esta ocasión se alteró y puso al descubierto algunas intimidades domésticas que afectaban el honor de María Micaela Chiriboga y Villavicencio, a quien fustigó bajo el apelativo de Madamita Monteverde con la reseña de unos pecadillos de poca monta, rompiendo la dinámica científica y culta de sus anteriores Reflexiones (2).

Su amigo el Presidente Villalengua le solicitó regresar a Quito para concederle un empleo honesto, pero habiéndose enterado por parte del Padre José del Rosario, ya convertido en enemigo de Espejo, que éste era el autor de un libelo injurioso titulado “El Retrato de Golilla”, comisionó al Corregidor de Latacunga, Baltazar Carriedo y Arce, para que hiciera las averiguaciones en Riobamba.

Espejo fue apresado injustamente; pues como luego se supo, la Sátira había sido escrito en España contra Carlos III y su Ministro Gálves. Desde su prisión elevó varias solicitudes al nuevo monarca Carlos IV y en junio de 1.788 el Ministro General Antonio Porlier dispuso que el asunto se conociera en Bogotá, para lo cual le liberaron y viajó a esa capital, donde tuvo ocasión de ponerse en contacto con diversos personajes “como José María Lozano, Antonio Nariño y Francisco Antonio Zea llamados a fundar la Logia secreta y masónica Arcano Sublime de la Filantropía y a preparar el movimiento emancipador en Nueva Granada”. A todos ellos debió hacer


(2) El Dr. Fernando Jurado Noboa al examinar como psiquiatra la conducta del precursor Espejo y su tendencia a usar pasquines, dice que ella revela su agresión, tu frustración y también su gran temor al medio social que le tocó vivir.
partícipes de sus ideas independentistas, que las tenía en grado sumo. También amistó con el bibliotecario y polígrafo Manuel del Socorro Rodríguez, con quien posiblemente trataría de libros.

Su amigo y protector Juan Pío Montúfar llegó de paso en noviembre del 89 y le manifestó que el nuevo Presidente Luis Muñoz de Guzmán se mostraba dispuesto a permitir su regreso a Quito y como Espejo le reiteró sus deseos de trabajar por la fundación de una Escuela de la Concordia para el progreso y el mejoramiento de la Audiencia, ya expresados en su Defensa de los Curas de Riobamba, y le entregara el “Discurso de Inauguración”, se comprometió a hacerlo publicar a su costa. Poco después fue sobreseído en el proceso y pudo volver a Quito.

El 90 dirigió los trabajos de adecuación del edificio de la antigua Universidad de San Gregorio, destinado para sede de la Biblioteca Pública, cuya dirección le acababan de encomendar. Y como secretario de la llamada “Sociedad Patriótica de amigos del país”, entidad establecida en otros lugares, le autorizaron la impresión del primer periódico que tuvo nuestro país y que por eso circuló bajo el nombre de “Primicias de la Cultura de Quito”. Parecía haberle llegado el momento de la consagración definitiva cuando el 30 de Noviembre de 1.791 el Obispo José Pérez Calama inauguró la Sociedad con asistencia de numerosas autoridades y se imprimió la “Instrucción Previa”.

El jueves 5 de enero de 1.792 apareció el primer número de las Primicias y mereció unánimes elogios, hasta del Obispo, que ya estaba viejo y algo gruñón, luego aparecerían seis números más. La colección contiene la Instrucción, el Discurso, así como varios avisos y noticias de interés general en 90 págs.

El 24 de mayo recibió su nombramiento de Bibliotecario y los libros que habían pertenecido al Colegio General de los jesuitas de Quito. De esa época es su “Memoria sobre el corte de las quinas” en 22 págs. defendiendo el libre comercio del producto y manifestando que la falta de comercio llevaba inexorablemente a una baja de la producción, el “Voto de un Ministro togado” en respuesta de una consulta real formulada por el Oidor Fernando Cuadrado, indicando que abrir caminos y promover la población es la obra grande que se debe persuadir a todos, así como “La segunda Carta Teológica” en 9 págs. contestando a otra consulta del Dr. Ramón de Yépez sobre la tesis sustentada por los dominicanos quiteños sobre la transmisión del pecado original sin exceptuar a la Virgen María. También se le conocen como suyos dos Sermones panegíricos de Santa Rosa de Lima que predicó su hermano.

En 1.794 extendió un Poder al abogado Luis Prieto de San Martín para que le tramite en Madrid un a plaza de Oidor en cualquier parte de América, pues quería enmendar su error del 86 cuando en lugar de seguir a Lima se quedó en inútiles porfías en Riobamba; pero ciertos rumores de levantamientos populares ocurridos en Bogotá le motivaron a hacer colocar el 21 de octubre, por medio de Mariano Villalobos, unas banderitas de tafetán rojo con inscripciones en papel blanco superpuesto y que decían en el anverso “Liberi esto felicitatem et gloria consecuto” y al revés y sobre una cruz blanca la leyenda “Salve Croce”, que en español significa “Libres seremos bajo la cruz salvadora, después de haber alcanzado el propósito santo de gloria y felicidad”.

Las autoridades realizaron numerosas pesquisas sin poder precisar quienes habían sido los responsables y hasta se fueron olvidando del asunto, pero el 95 una confidencia imprudente de su hermano el sacerdote a su amante Francisca Navarrete, sobre unas simples intenciones subversivas de Espejo, hizo que dicha torpe mujer se las contara a su hermano el fraile franciscano Vicente Navarrete, que habló del asunto con su cófrade el Padre La Graña, para quien Espejo había escrito antes un Sermón, y éste, junto con el mercedario Mariano Ontaneda, decidieron llevar el asunto al Dean Pedro Mesía, que inició un sumario eclesiástico contra Juan Pablo Espejo y de allí pasó el asunto a la justicia civil que encontró complicado a Eugenio Espejo. Todo el proceso había sido llevado en el más absoluto secreto y nunca llegó a sentenciarse.

El 30 de julio fue sacado a la fuerza de la dirección de la Biblioteca Pública y llevado nuevamente a la cárcel donde le calzaron grillos en las piernas y aunque escribió quejándose del maltrato al Virrey de Bogotá, José de Ezpeleta, a quien denunció que la mazmorra era húmeda, fría y maloliente, pidiendo la libertad, no lo consiguió.

Así pasaron varios meses, un año, sin libros ni papeles, defendido por el Dr. Juan de Dios Morales. De vez en cuando se le abrían las puertas a que saliera a atender a algún enfermo distinguido que requería sus servicios, pero era tan malsano el ambiente que enfermó de gravedad, posiblemente de Amebiasis, se puso tan grave que el 20 de diciembre le dejaron salir a la casa en el Mesón donde vivía con su hermana, el 26 otorgó testamento ante el Escribano Mariano Mestanza y falleció el día 27 de solamente 48 años de edad, siendo enterrado al día siguiente en la ermita de San José de la recolección mercedaria del Tejar. Solo acompañaron el sepelio su hermana Manuela, su discípulo el joven José Mejía Lequerica y el Padre La Graña.

Había leído a los Enciclopedistas franceses, conoció la guerra de la independencia de Norte América y la revolución francesa y quizá por eso fue un renovador integral, con un proyecto político de aplicaciones originales. También fue un fiel representante del espíritu de la ilustración por haber atacado los métodos tradicionales de la enseñanza, preconizando una amplísima visión preliberal y educadora de la ciencia, en armonía aparentemente con los principios y tradición cristiana y esa tensión, que hoy nos parecería incongruente, ha sido llamada el eclepticismo dieciochesco, fuerza liberadora de la tradición y del peripato aristotélico.

Espejo fue un adelantado en todos los órdenes del espíritu. El primero en utilizar métodos auténticamente científicos en su trabajo como médico, en propender sociedades para el adelanto del país, en crear el primer periódico. “Vivió tiempos de transición y angustias, quiso integrarse a la sociedad caduca de su tiempo y como no lo logró por ridículos e injustos prejuicios de nobleza, se volvió un arribista frustrado y luego un rebelde ejemplar, que pretendió bajo el ejemplo del Inca Tupac Amaru, arrebatar el poder a los peninsulares. Hombres cultísimo pues además de haberse graduado de médico y abogado, aprendió raíces griegas, leía en francés y latín.

Su único retrato está pintado al óleo en un lienzo de grandes proporciones que se conserva en el Hospital de San Juan de Dios en Quito, donde aparece mestizo amulatado. Sus restantes retratos son idealizados pues no fue indio puro como se le presenta. Su estatura regular, largo de cara, nariz larga, color moreno y en el lado izquierdo del rostro un hoyo bien visible.

Al momento de su muerte quedaron inéditos varios escritos suyos. Un estudio sobre la fiebre de los indios, el tifus exantemático epidémico, fue publicado por el Dr. Homero Viteri Lafronte a principios del Siglo XX Federico González Suárez editó sus obras completas en dos gruesos volúmenes en 1.912 en la imprenta municipal de Quito. El tercer volumen apareció en 1.923 debido a los esfuerzos de Jacinto Jijón y Caamaño y Homero Viteri Lafronte.


Bandas de pueblo

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BREVE HISTORIA DE LAS BANDAS DE PUEBLO

Por: Manuel Espinosa Apolo

Las llamadas “bandas de pueblo” constituyen expresiones vigorosas de la cultura popular andina, y en su constitución y desarrollo es posible descubrir también, como en otras manifestaciones culturales de nuestro país, la concurrencia de tradiciones propias de los Andes y del Mediterráneo. Pues, si por un lado las bandas de pueblo constituyen agrupaciones musicales que reúnen instrumentos de procedencia sur-europea, ya sea porque fueron inventados o perfeccionados en aquella región, la música que producen, el modo de hacerlo y su función básica, son propias de las regiones altas de Sudamérica: melodías pentafónicas en las que predomina el aspecto monódico por sobre el armónico, ya que casi todos los instrumentos entonan la misma melodía, amén de su íntima vinculación a la fiesta religiosa, es decir, al tiempo sacro.La afición andina prehispánica por los instrumentos de vientoLos antecedentes más remotos de las bandas de pueblo pueden ser rastreados a un lado y otro del océano.En los Andes antes de la llegada de los españoles, casi todos los instrumentos eran de viento (aerófonos), excepto unos pocos de percusión. Los de alta resonancia y sonoridad (trompetas), nacieron en las actividades cinegéticas o de caza y se perfeccionaron al interior de las actividades bélicas. Entre los ejércitos andinos la presencia de caracolas marinas, trompetas de arcilla o piedra, llamadas kipas y pututus en tiempo de los incas, eran fundamentales, ya que servían para anticipar la presencia de los ejércitos a su paso por una u otra llacta, además de servir para comunicar a los soldados determinadas órdenes en el campo de lucha, convocar a las batallas o celebrar las victorias.
Los instrumentos de entonación más dulces como las flautas, hechas de caña, hueso, plumas, arcilla y metal, sean globulares (ocarinas), tubulares horizontes y verticales (pingullo, quena, piroró); flautas de pan (huaira-pura, payas y antaras), en cambio fueron inventos de los campesinos y los pastores, razón por la cual se utilizaron para menesteres más cotidianos y básicos, sobre todo para el enamoramiento, así como para celebrar la vida o llorar su ausencia, de ahí que fuesen los instrumentos prevalecientes a la hora de amenizar las francachelas de las cosechas o acompañar las ceremonias de sacrificios y duelos.En los Andes, no obstante, no han quedado evidencia de agrupaciones musicales que reunieran instrumentos de diversa índole, pero si de grandes conjuntos que se reunían para tocar un mismo tipo de instrumentos. Es el caso de las llamadas sicuriadas de Bolivia en las cuales grupos de hasta 30 individuos tocan una misma melodía con sicus o sicuris de diferentes tamaño, o de las llamadas payadas de Imbabura, en las cuales algunos músicos entonan ritmos de la localidad en sus pequeñas zampoñas llamadas “payas”.Esta clase de agrupaciones musicales debieron ser comunes en los Andes antes de la llegada de los españoles, y su repertorio debió incluir los mismos ritmos que aun hoy día siguen tocando con ciertas variaciones las bandas de ciertos pueblitos de la sierra. No hay duda que la vocación y pasión por los instrumentos de viento es una vieja afición andina. De ahí que los instrumentos de viento europeos hayan sido acogidos con gran entusiasmo por las gentes andinas, al punto que las viejas ocarinas, pingullos, quenas, piroros, pututus, kipas, antaras y payas fueron substituidos por los saxofones, clarinetes, trompetas, armónicas, acordeones y órganos.

El legado de los ministriles

En el mediterráneo occidental, los instrumentos de soplo y entonación fuerte como cornetas, cornetines y cornos provienen también de los ejércitos, de ahí que hayan formado parte fundamental del equipaje que trajeron los conquistadores al Nuevo Mundo. En las crónicas de Indias, como aquéllas que narran la conquista del Perú, se hace clara referencia al llamado “corneta”, un soldado encargado de tocar el ataque y la retirada, en las múltiples refriegas y batallas sucedidas entre los invasores y los indios. Por el Inca Garcilaso sabemos que los ejércitos conquistadores como el de Gonzalo Pizarro, incluían en sus filas no solo a un “corneta” si no a toda una banda de guerra conformada por cornetas y tambores.En el transcurso de los siglos XIV y XV los instrumentos aerófonos de guerra dieron lugar a otros instrumentos no militares como los sacabuches y trompetas, que junto a otros instrumentos antiguos como chirimias y oboes pasaron a incrementar el arsenal musical europeo.Documentos del s. XV señalan la existencia de ensambles de oboes y “sacabuches” (antiguos trombones) en Italia. Estas agrupaciones musicales solían escucharse en las ciudades durante las fiestas religiosas, sobre todo en aquellas ceremonias solemnes y fastuosas, dentro de las capillas y catedrales, ya que constituían el marco musical de la polifonía sacra. Sin embargo fue en el s. XVI, en España, en donde este tipo de ensambles se propagaron exitosamente. Sus integrantes fueron conocidos como “ministriles”.
Sucedió para entonces que todas las iglesias de España, siguiendo el ejemplo de la Catedral de Sevilla que conformó su conjunto musical en 1526, empezaron a contratar músicos instrumentistas para reforzar sus coros y aportar música puramente instrumental en momentos determinados de la liturgia. De esta manera, en ningún otro país europeo llegó a existir tantos grupos instrumentales de este tipo.Estas agrupaciones musicales tocaban motetes, villancicos, himnos y antífonas marianas utilizadas en procesiones; salmos escritos en fabordón y ocasionalmente Magnificats y secciones del Ordinario de la Misa .Los ministriles tocaban tanto instrumentos de cuerda como de viento. Entre los primeros destacaban los de cuerdas frotadas: violines, violas de gamba; de cuerdas pulsadas: laudes y vihuelas. Entre los de viento habían grupos de flautas dulces pequeñas y grandes; instrumentos de doble lengüeta como los orlos de Alemania (una especie de oboe) y chirimias de todos los tamaños (de la soprano a la bajo). Asimismo tocaban cornetti tanto pequeñas como grandes y sacabuches ya sean de latón o de plata.Los ministriles dominaban la ejecución y sus técnicas de ejecución solían pasar de padres a hijos. En el Nuevo Mundo hubieron también ministriles. Estos eran indios dirigidos por maestros españoles.
En los primeros colegios que fundaron los padres franciscanos en Quito para la educación de indios, mestizos pobres y españoles huérfanos: San Juan Bautista (1552) y San Andrés (1558), se enseñó junto a la lectura y la aritmética, el uso de instrumentos y canto. Fray Jodoco Ricke al hacerse cargo de la dirección del Colegio de San Andrés junto con Andrés Lazo, enseñó a los indios a tañer instrumentos de tecla, cuerda y viento. Entre estos últimos se destacaban: sacabuches, chirimias, flautas, trompetas y cornetas, además el canto de órgano y llano . Después de 10 años de vida del Colegio San Andrés, ya existían en su cuerpo docente profesores indígenas de instrumentos de viento. Fue el caso de Diego Gutiérrez indio natural de Quito, de Pedro Días nativo de Tanta y Juan Mitima indio de Latacunga. A partir de 1550 el obispo de Quito Bachiller Don Garci Díaz Arias trajo para la catedral de Quito músicos españoles a quienes encargó la enseñanza de violín, flauta y oboe . No cabe duda entonces que, en el Quito del s. XVI, existieron orquestas de instrumentos de vientos cuyos ejecutantes eran indígenas, mestizos y españoles pobres; orquestas formadas para tocar al interior de las iglesias y acompañar la liturgia.1 Douglas Kirk, “Los ministriles españoles”, en el CD: Los Ministriles. Spanisch Renaissabce wind music, Piffaro. The renaissance band, Archiv Produktion, Alemania, 1997.
2 José María Vargas, Historia de la Cultura Ecuatoriana, T. I, Clásicos Ariel, Guayaquil, s.f., p. 22
3 Segundo Luis, Moreno La Música en el Ecuador, Municipio del Distrito Metropolitano de Quito, Departamento de Desarrollo y Difusión Musical, Quito, 1996: 48.

El nacimiento de las “bandas”

Sin embargo estos conjuntos musicales tuvieron una existencia corta. El éxito del órgano y los instrumentos de cuerda terminaron acallando a los viejos sacabuches, chirimias, cornetas y trompetas. Al transcurrir la Colonia, solo el órgano y el violín fueron permitidos dentro de la iglesia y excepcionalmente el laúd. Otros instrumentos como la vihuela, la guitarra o el arpa fueron considerados instrumentos sensuales y por ende expulsados de los templos.Fuera de las iglesias sin embargo, éstos instrumentos fueron rápidamente acogidos por las gentes del pueblo, y los indios que habían aprendido a tañerlos en los Colegios religiosos se constituyeron en sus propagadores. Fue así como junto a las flautas indígenas empezaron a sonar en las festividades andinas, las arpas, vihuelas, violines y tambores. En el s. XVIII, no había parcialidad, comunidad o reducción de indios que no tuviese su propio conjunto musical, elemento básico de todas las celebraciones religiosas que incluían procesiones, danzas y francachelas. Si no había un conjunto propiamente dicho había por lo menos un tamborilero que tocaba el pingullo y la caja, convocando a las fiestas y animando el baile de los danzantes. A este dúo de instrumentos igual que a las agrupaciones de más de dos músicos, se empezó desde entonces hasta la actualidad a llamarlos “banda”. Palabra de origen gótico (bandwo = signo, bandera), que se utilizó en la Europa medieval para denominar a una parcialidad o cuerpo de músicos de a pie que formaba parte de los ejércitos.
El nacimiento de las bandas de pueblo en nuestro país se remite por tanto a la formación de estas agrupaciones indígenas en la colonia, las mismas que aparecían en las diversas fiestas del calendario religioso, tocando viejas melodías andinas, al aire libre, en plazas, patios y atrios, sin sobrepasar, eso si, los umbrales de las grandes puertas de iglesias y basílicas.

La súbita aparición de las bandas militares.

En el periodo independentista las bandas militares hicieron una súbita presencia en el territorio ecuatoriano. En 1818 con la llegada del batallón Numancia, se oyó en Quito y otras ciudades y pueblos de la sierra tocar por primera vez a una banda militar. El Numancia había sido enviado de Bogotá a Lima por el virrey de Santa Fe Juan de Samano, se trataba por tanto de un batallón realista que poseía una excelente banda de músicos. En su paso por el Ecuador la banda del Numancia actuó en casi todas las ciudades de la sierra, realizando innumerables presentaciones. Sin duda constituyó un verdadero acontecimiento; pues, sólo entonces se conocieron ciertos instrumentos cuya existencia ni siquiera se había sospechado: picolos, cornos, oficleides (tubas antiguas), serpentones (bombardón antiguo); todos ellos instrumentos de viento confeccionados en bronce; a más de clarinetes, liras, bombos, redoblantes y platillos. Ya la combinación instrumental misma de la banda y su efecto atronador, fueron -al decir de Segundo Moreno- novedades que tenían embelesados tanto a los muchachos como a las personas mayores. Después de la Batalla de Pichincha (24 de mayo de 1822) la música militar se hizo más frecuente en las ciudades, gracias a la presencia de los diversos batallones del ejército libertador. Sin duda estas bandas despertaron el gusto por esta clase de música, motivando en el pueblo la formación de agrupaciones musicales que intentaban imitarlas. Con ellas nació además un nuevo rito social: “la retreta”. Se trataba de una función de música al aire libre realizada por las bandas militares, a las tardes y noches en las plazas principales de las ciudades. Mientras las bandas tocaban, las familias acomodadas paseaban, los niños jugaban y las gentes del pueblo las escuchaban y miraban asombrados.
Una vez que terminaron las batallas de la independencia muchos de los músicos de las bandas militares se quedaron sin ocupación pero no necesariamente sin sus instrumentos; por esta razón la mayoría de los músicos licenciados pasaron a formar parte de las agrupaciones musicales de las ciudades y pueblos, transmitiendo sus conocimientos a sus compañeros, al mismo tiempo que motivaron e impulsaron la formación de agrupaciones musicales del tipo banda. Igual papel cumplieron algunos directores de las bandas militares, quienes contribuyeron al desarrollo profesional de las bandas civiles .De esta manera, en el ultimo tercio del s. XIX, las bandas de tipo militar se hicieron frecuentes en las ciudades y su calidad musical mejoró con la introducción de nuevos instrumentos de viento y bronce inventados en Europa en la segunda mitad del dicho siglo: saxofones, tubas, bombardones. No sólo los batallones militares y policiales tenían sus respectivas bandas sino también los municipios, las sociedades obreras o las cofradías, cuyos integrantes llevaban uniformes de tipo militar a juzgar por las gorras adornadas con insignias, el tipo de chaquetas o el color de los uniformes, por lo general azul, café o plomo. Vestimenta que hasta el día de hoy se destaca en las bandas de los municipios serranos y costeños.
En el ámbito rural, la moda de las bandas militares también llegó a finales del s. XIX e inicios del s. XX. De esta manera, muchas de las antiguas agrupaciones musicales campesinas e indígenas cambiaron los viejos instrumentos nativos y europeos por los instrumentos introducidos por las bandas militares. Sin embargo este cambio no se hizo de golpe y porrazo si no paulatinamente. En un primer momento, dentro de una misma agrupación musical los instrumentos antiguos como flautas, violines y guitarras convivieron con los clarinetes, trombones, saxos o tubas. De ahí que en el cuento “Banda de Pueblo”, José de la Cuadra nos presenta a una agrupación musical montubia que a inicios del s. XX combina instrumentos tradicionales como la flauta y el requinto, con los nuevos instrumentos: trompeta, trombón, barítono y bajo . No obstante a medida que va avanzando el s. XX, estos irán desplazando totalmente a los primeros. En un comienzo los principales proveedores de los instrumentos provenientes de las bandas militares fueron los antiguos reclutas y desertores parroquianos que habían aprendido en el ejército a tocarlos, al mismo tiempo que los más decididos, ya sea una vez licenciados o antes de que ello suceda, se atrevieron a fugar con sus instrumentos de vuelta a sus pueblos .4 Marco Godoy, Las bandas de pueblo, , Promuart, Quito, 1993, p. 10
5 José de la Cuadra, “Banda de pueblo”, en: : Hornos y Repisas, La Gran Literatura de los 30, Vol. 2, Editorial El Conejo, Quito, 1985, pp.66

Consolidación y desarrollo de las bandas de pueblo

A la primera mitad del s. XX corresponde la etapa de consolidación y expansión de las bandas de pueblo. En esta época las bandas empezaron a proliferar en los pueblos y anejos de la sierra y la costa, y fue a inicios del s. XX que la denominación “banda de pueblo” se empezó a aplicar a las agrupaciones musicales pueblerinas que tratando de imitar a las bandas militares de los regimientos urbanos habían incorporado algunos de sus instrumentos de bronce. En dicha denominación había algo de desprecio citadino, ya que era evidente en los músicos rurales la precariedad de sus instrumentos y técnicas de interpretación. Pues a las bandas de pueblo iban a parar los instrumentos desgastados y desechados por las bandas militares, al mismo tiempo que sus ejecutantes tocaba al oído -incluso hasta hoy día muchos de ellos se resisten a aprender nota. Por otra parte no llevaban uniformes, por lo que su aspecto evidenciaba el origen humilde de los mismos, la mayoría campesinos o artesanos pueblerinos: carpinteros, herreros, zapateros etc., de condición mestiza e indígena. A los ojos de las clases altas urbanas, estas bandas debió parecerles una reunión ruidosa de palurdos campesinos, es decir, una caricatura grotesca de las bandas militares a las que estaban acostumbrados escuchar en la ciudad.
Esta apreciación era hasta cierto punto justificable, ya que hasta bien entrado el s. XX, ciertas bandas de pueblo no incluían más de 3 miembros, que podían incluir instrumentos como un saxofón, un bajo y un redoblante, algunas de las cuales producían unas “tocatas infames” -al decir de José de la Cuadra- al extremo que las personas entendidas podían haber pensado que se “había desatado en la tierra los ruidos espantosos del infierno o una abierta tempestad de mar de altura”, pero igual la gente de los pueblos bailaba y se regocijaba . Las bandas que lograba agrupar a más de 8 miembros, eran escasas y se consideraban agrupaciones grandes, por lo que su prestigio era considerable.

La secularización de las bandas de pueblo.

Ya en la primera mitad del s. XX, particularmente en la costa, las bandas de pueblo dejaron de aparecer solamente en las fiestas religiosas. En esta región, antes que en la sierra, las bandas de pueblo se convirtieron en agrupaciones semiprofesionales que tocaban por contrato tanto para participar en fiestas religiosas, en serenos, entierros o bailes organizados por los campesino ricos.De esta manera, las bandas de pueblo se convirtieron en agrupaciones itinerantes o trashumantes que recorrían, en temporada de verano, infinidad de pueblos y caseríos. En la época de lluvias sus integrantes volvía a sus tareas en el campo. Las agrupaciones no tenían nombre propios, solamente eran conocidas por el nombre del director o jefe del grupo. Así una banda de pueblo -como en el caso del cuento de José de la Cuadra- podía ser conocida como la “banda de Nazario Moncada”.6 José de la Cuadra, op., cit., p. 69.
La bandas de pueblo, desde entonces, constituyen grupos firmemente cohesionados; pues sus miembros están unidos por lazos de parentesco y compadrazgo. La banda misma representa una escuela en sí, pues la mayoría de sus integrantes se forman musicalmente dentro de ella, ya que su ingreso a las agrupaciones empieza desde niños. De ahí que muchas bandas tengan entre sus miembros chicos de 5 años, quienes por lo general tocan instrumentos de percusión como güiros o redoblantes. Cuando sean jóvenes o adultos terminaran tocando algún instrumento de bronce.Es frecuente que los mismos músicos padres sean quienes introduzcan a sus hijos en las agrupaciones, pues en muchos casos, éstos terminan remplazando a sus progenitores cuando por su edad ya no pueden tocar o después que han fallecido. Al interior, todos comparten los conocimientos y experiencias musicales, quien más sabe enseña a los demás, y más que criterios musicales propiamente dichos prima una sabiduría básica para repartirse los instrumentos. Los jóvenes tocan los instrumentos que exigen mayor soplido: trompetas, trombones, bombardones y tubas, o ese instrumento que exige cierta contextura física: el bombo. A los viejos se les encargan los instrumentos que exigen menor soplo: saxos y clarinetes. A los niños los instrumentos de percusión livianos: güiros, redoblantes y platillos.
Anteriormente, las bandas de pueblo como cualquier agrupación, contaba con un jefe que no necesariamente era el que más sabía de música si no el de mayor respetabilidad entre los integrantes. Últimamente este lugar ha sido ocupado por el músico más experimentado, el que hace las veces de director y al cual suele llamársele “músico mayor”. Además del jefe o director, hay un encargado de realizar los contratos. En el centro de la sierra se le llama “guashayo” .Esta fuerte cohesión, sumado al hecho de que los músicos son hombres forjados en las duras faenas del campo, explica por qué las bandas de pueblo son capaces de tocar en las condiciones y circunstancias mas adversas sin doblegarse: caminando por caminos culebreros o subiendo escalinatas agobiantes; arrimados en rincones húmedos o soportando las arremetidas del viento en los descampados; hasta altas horas de la noche y en las frías madrugadas; aguantando la inclemencias del clima, garúas, soles caniculares y heladas que a veces cubren de escarcha a los instrumentos; en los cajones de camiones ganaderos o en los techos de buses y “chivas”.7 Pablo Narváez, la vuelta del músico, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Chimborazo, Riobamba, 1997, p. 49-50.
Para soportar las duras jornadas, el aguardiente se ha convertido en fiel aliado de sus integrantes; “mientras más se bebe más se sopla con ganas” comentaba un viejo músico, ya que sin duda el alcohol a más de estimulante constituye una importante fuente de provisión de calorías. Pero al mismo tiempo, el aguardiente es un enemigo declarado de los instrumentos, pues cuando la borrachera llega, no falta alguien quien infrinja un golpee mortal a su herramienta de trabajo o simplemente la pierda, lo que constituye una verdadera tragedia puesto que para obtener los instrumentos sus ejecutantes han tenido que vender un terreno, alguna cabeza de ganado o endeudarse con el chulquero durante un buen tiempo de su vida. De todas maneras y al fin de cuentas, el aguardiente hace más sobrellevadera la vida del músico, sobre todo su “vuelta”, cuando terminadas las atenciones y olvidados por priostes o contratistas, los integrantes de la banda quedan abandonados a su suerte, teniendo que regresar a sus casas como sea. Peripecia que se conoce como “la vuelta del músico”.

Urbanización y orquestación

Desde la segunda mitad del s. XX, una nueva etapa marca la historia de las bandas de pueblo: su orquestación. Hondamente afectadas por la urbanización, las bandas de pueblo han modificado su rostro, obligadas a actualizarse o adaptarse a la vida moderna, lo que ha supuesto no obstante su resurgimiento y por tanto una suerte de apogeo.El avance incontenible de las urbes a los pequeños pueblos de indios y parroquias rurales ubicadas en los márgenes de las ciudades serranas, ha convertido a las bandas de pueblo en agrupaciones profesionales plenamente integradas a las necesidades del mercado. Es por esta razón que las bandas de pueblo ya no están presentes solo en las diversas fiestas de sus pueblos, parroquias o barrios sino también en diversos espacios de la ciudad, ya sea en fiestas particulares, inauguraciones de locales comerciales o animando y decorando una chiva turística.
Para volverse más competitivas algunas de estas agrupaciones musicales han adoptado como modelo a seguir el de las orquestas de música tropical, aunque al hacerlo han perdido interés para la industria turística que, deseosa de resaltar el folklore local, se interesa más bien por aquellas bandas “más rústicas” o de fisonomía rural. Es así como ciertas bandas de pueblo han adoptado uniformes de colores vivos; han introducido instrumentos eléctricos como bajos y sistemas de amplificación; algunas incluso cuentan con vocalistas y sus integrantes bailan mientras interpretan las melodías. Asimismo en su repertorio han incluido ritmos extranjeros tropicales, sin embargo y a pesar de todo ello, siguen sonando como bandas de pueblo, al mismo tiempo que el vinculo con una determinada localidad, parroquia o barrio sigue incólume. Porque sobre todo las bandas de pueblo se deben a un determinado sitio, lo que queda claramente evidenciado en sus denominaciones. Así por ejemplo en Quito son famosas: “La banda de Cotocollao”; “La Banda de la Magdalena”, “La banda juvenil de Santa Clara de San Millán”; “La Banda de Cotocog”, “La banda de Llano Chico” etc. etc. En fin, las bandas de pueblo siguen estando muy ligadas a sus lugares de origen, de ahí que participan casi siempre en las festividades religiosas, sociales, civiles y oficiales de la localidad a la que se deben. Es más, cuando ciertas fiestas religiosas convocan a diversas bandas de pueblo, éstas van allí en representación de sus respectivos barrios, parroquias o comunas, estableciéndose una especie de competencia. Es entonces cuando la otra acepción de “banda”, esto es, insignia, bandera o emblema puede también aplicarse a estas agrupaciones musicales.