Los pulperos

Los pulperos y los productos de primera necesidad en Guayaquil
En calles retiradas se encontraban estos locales de venta de arguardiente y comida preparada
José Antonio Gómez Iturralde
www.archivohistoricoguayas.org

 


 
   
 
Al finalizar la época colonial, vísperas de su Independencia, Guayaquil tenía unos 20.000 habitantes.Sus calles eran amplias y derechas, unas con algún tipo de relleno, inclusive con conchas de moluscos que se consumían en la ciudad y otras parcialmente pavimentadas con lajas de piedra azul de Chongón talladas a mano.También había muchos callejones estrechos y mayormente sinuosos, con casuchas abigarradas en sus costados, todas levantadas sobre pilares de madera incorruptible hincada al suelo.

Los edificios grandes de más importancia, de dos o tres pisos, se situaban a lo largo de la calle de La Orilla o malecón, y en general estaban construidas con una arquitectura muy apropiada para el trópico.

La mayor parte contaba con un piso alto para vivienda del propietario, adornado con balcones y galerías para solaz de la familia, el piso intermedio se rentaba y el bajo destinado a tiendas y bodegas. Las iglesias ricamente decoradas, aunque su arquitectura en madera no presentaba nada digno de notarse.

La actividad comercial en Guayaquil era una verdadera vorágine. Desde la orilla del río ciudad adentro y por la carga de buques hacia el exterior se desplegaba un trabajo frenético que solo cesa cuando se oculta el sol. El movimiento de canoas era intenso, también otras embarcaciones pequeñas atracaban para abastecer la vida diaria de la ciudad.

En la parte céntrica, a lo largo de los muelles, se situaban las “ramadas”, frente a ellas tiendas de refresco y cafés. Más adentro los puestos del mercado, tiendas y pulperías o vendedores ambulantes, de los cuales la gente se abastecía de lo necesario para el diario sustento. En calles algo retiradas se hallaban las pulperías, y chinganas de expendio de aguardiente, comida preparada o refrescos.

En el malecón, en balsas atracadas a la orilla del río, proliferaban los billares, mesas de juego, e inclusive rentaban cuartos donde las prostitutas captaban a la marinería del puerto. Todo este comercio, muchas veces ilícito, pagaba tributos al Cabildo con los que financiaban el rol de sus empleados.

Negocios, juegos prohibidos, prostitución, contrabando, etc., que pese a la ilegalidad de muchos, estaban estrechamente ligados a la actividad comercial e integrados a la dinamia de la vida diaria citadina. Al parecer, buena parte de los pulperos, especialmente los vinculados a regatonas y regatones, tenían mucho que ver con este variado comercio diario.

Sin contar, por supuesto, con el beneficio adicional que significaba la complicidad de los empleados del Ayuntamiento encargados de su control y el concurso de miembros de las milicias. Los jefes militares, empleados de alto rango de la burocracia municipal, manejaban negocios a gran escala y ejercían sus cargos de forma más honorífica que efectiva. De esa forma el nivel medio del poder, quedaba en manos de sectores subalternos de las milicias, ayudantes, sargentos, etc.

Las pulperías por la clase de actividad que desarrollaban, o según el capital que disponían sus dueños, las había muy variadas. Desde aquellas con unos pocos pesos de movimiento hasta las que manejaban miles. También había las que entraban por todo, desde el expendio de bebidas alcohólicas, juego y prostitución. Además de esta suma, el pulpero cumplía la función de caja de chismes y hasta de calumnias escritas que eran depositadas para ponerlas al alcance del vecindario.

Al finalizar el siglo XVIII, los pulperos quedaron al desnudo, pues los relacionaron con todo el desorden e ilegalidad que primaba en la urbe. Fue así como a partir de entonces, se dictó ordenanzas y reglamentos a fin de reducir el número de pulperías. Se empezó por calificar a las personas y establecer estatutos para su funcionamiento. También se propició la agremiación para organizar sus actividades.

De esa forma, la sociedad ejerció una gran presión sobre los pulperos, con el fin de reducir su vida escandalosa. Pero, el gran obstáculo para su aplicación fue la de inventariar y clasificar la gran variedad de pulperías. Tarea compleja fue definir las características de lo que se consideraba una pulpería y un pulpero. Los había aquellos que aportaban su dinero en una o más pulperías, sin participar de su manejo.

A otra clase pertenecían los que administraban el negocio de los primeros, y una más, la formaban los propietarios que con su familia manejaban directamente su tienda. Sin contar la enorme variedad de negocios a los que cada uno dedicaba su esfuerzo y las grandes diferencias sociales.

Tanto estas, como los tendidos o puestos de mercado estaban bajo la vigilancia directa del Municipio, y debían tributar derechos sobre el producto de sus ventas dentro del régimen de “posesión inmemorial”, y este los destinaba a las llamadas rentas de propios. Además de estas obligaciones, debía pagar arriendo por los espacios o locales que ocupaban.

Las rentas obtenidas por las autoridades municipales estaban destinadas a financiar los gastos de utilería y sueldos de la burocracia. Por 1795, solo en el barrio del Astillero y Ciudad Nueva funcionaban 44 pulperías. Al inicio del siglo XIX habían más de 83, cifra dentro de la cual constaban las llamadas medias pulperías, cuya diferencia con las primeras estribaba en que pagaban la mitad del tributo al Cabildo.

Para 1811, entre pulperías, “chinganas”, “cafés” y “casas de fresco”, no menos de 150 pertenecían al gremio de pulperos. Negocios que mayoritariamente funcionaban en los bajos de las casas de grandes comerciantes, propietarios y funcionarios del Cabildo.
La baja categoría que significaba el negocio de una pulpería, sugiere que sus propietarios pertenecían a una clase marginal. Sin embargo, no todos los que se identificaban con él provenían de esos sectores sociales. Una variada documentación muestra que muchos de aquellos que se dedicaban al negocio o tenían intereses en él, provenían de una muy diversa condición social.

Artesanos, miembros de las milicias y personajes de la elite económica-política aparecen involucrados de una u otra forma, lo cual confirma la diversificación de intereses y ocupaciones que tuvieron los guayaquileños de la época.

El gremio de pulperos, por lo tanto, estaba compuesto por gente de condición social heterogénea.

Algunas de las personas que poseían pulperías eran miembros de las elites económico-políticas. Consecuentemente, cuando era necesario defender el negocio, sin sentirse disminuidos en su estatuto social se identificaban como miembros del gremio. Ese ha sido históricamente el espíritu comercial del guayaquileño, además, que no había razón para avergonzarse.

La diversificación de actividades e intereses que mantuvieron los guayaquileños dio lugar a que la adopción de una identidad u otra, o la adscripción a un colectivo determinado, que dependiera de las circunstancias y que su significado variara según la persona y posición al interior de un entramado complejo de relaciones.

Este hecho se aplicaba no solo a las elites sino también a los individuos de los sectores subalternos.

El gremio que agrupaba a la clase era el espacio donde los pulperos ventilaban sus conflictos e intereses. Tomada su dirección por individuos de la elite social y económica, dueños de pulperías, desarrolló una importante actividad, al punto que, entre fines del siglo XVIII y principios del XIX, dirigieron un largo y costoso juicio con miras a eliminar el estanco de aguardiente y su monopolio.

Lo cual alcanzaron en 1811, cuando el virrey limeño liquidó tal exclusividad, para conceder a los pulperos el derecho a vender libremente el licor en sus tiendas.

Finalizado el conflicto, los dirigentes intentaron exigir el pago de costas y gastos judiciales al resto de los agremiados. Sin embargo, un numeroso grupo de aquellos propietarios de las llamadas “tiendas mestizas”, liderados por un capitán de las milicias acantonadas en la ciudad se opusieron tenazmente. La consecuencia inmediata fue un terrible enfrentamiento, que llevó a cada grupo a buscar parciales al interior del gremio para enfrentar al oponente.

Este hecho puso de manifiesto el poder y la autoridad, que sobre los intereses de individuos de menor categoría social, los grupos dominantes, en forma soterrada.influenciaban en el manejo del gremio. Este hecho sacó a relucir que lo mismo ocurría con otros negocios de abastecimiento a la ciudad.

Este comercio, aparentemente de menor cuantía, fue el medio por el cual las clases menos favorecidas pudieron incorporarse a la dinámica económica y social, que parecía ser exclusivo de las elites. Este enfrentamiento permitió que algunos individuos de los sectores subalternos, mediante alianzas con las elites capitulares consolidaran el poder económico de Guayaquil.

 
 
 
 
 
 
   
 

 

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