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Entrevista a Alberto Castillo Palma

Posted in entrevistas, músicos ecuatorianos with tags , , on septiembre 14, 2008 by edmolin657

Marimbero por tradición y convicción. Así se define Alberto Castillo Palma, un esmeraldeño que ha dedicado 34 de los 46 años de su vida a la ejecución y construcción de marimbas.

No duda en reconocer que el gusto marimbero lo lleva en la sangre: “Mi madre, Petita Palma, fue mi mejor guía y referente”, dice, con el tono suave que denota la sencillez de su personalidad.

Antes de narrar el cuento de su vida, se acomoda en uno de los  muebles de madera que llenan su sala y dedica una mirada fugaz al centro de mesa: una figura en cerámica de una  marimbera.

Mi pasión
“La marimba. Su permanencia y evolución. Lucho porque nunca muera esta hermosa tradición ”.

Músicos y turistas de todo el mundo llegan a este rincón esmeraldeño, para adquirir marimbas “a su medida” o dejarse encantar por las vivencias de Alberto.

¿Cómo influyó en su vida  ser  hijo de Petita Palma ?

Mi niñez estuvo vinculada indirectamente a la marimba y a sus mentores. Ella despertó en mí la inquietud por este arte.

¿En qué momento la marimba adquirió  mayor importancia para su vida?

Fue cuando tenía 12 años. Mi madre dirigía un programa de radio en la estación Iris. Había música en vivo. Yo la visitaba luego de la escuela y veía cómo los marimberos interpretaban una serie de instrumentos y canciones. Me gustó y les pedí que me enseñaran.

Mi credo
“Dios está por sobre todas las cosas. Es el principio de todo y el que nos acompaña en cada momento ”.

¿Quiénes respondieron a ese llamado musical ?

Varios, pero el que me enseñó a entonar la marimba fue José Castillo. Lo considero el mejor marimbero de todos los tiempos.

¿Qué le hace merecedor de esa categoría?

Era el único que cantaba y tocaba al mismo tiempo y el único que no seguía un patrón musical definido. Improvisaba y creaba mucho en las presentaciones.

¿Fue complicado aprender los secretos que se tejen alrededor de la marimba?

No, aunque los marimberos de aquella época eran muy cuidadosos a la hora de hablar sobre sus conocimientos.

Mi  lugar
“En el salón de clase, frente a los niños, en los talleres
de marimba. Allí hago realidad mis sueños”.

¿Por qué?

La marimba no era bien vista a nivel social y había muchos prejuicios. Además, eran muy pocas las personas que sabían de este instrumento.

Pero… ¿en qué medida ayudó el ser  hijo de Petita Palma?

Ella los convenció. Le preocupaba que la mayoría de marimberos empezaba  a morir y con ellos también la cultura musical de nuestro pueblo.

Usted se convirtió en su interlocutor…

Mi madre siempre me dijo que domine el oficio de los más viejos para que no se pierda. Ellos tenían 70 y 80 años, a pesar de eso tocaban con mucho talento.

Mi tesis
“Que se valore la riqueza
de la marimba y se le dé el
lugar que merece en los círculos  de  música formal”.

Eso explica también  el interés de aprender  a construir marimbas…

Sí. A veces una de las teclas de la marimba se rompía y no encontrábamos quién la arreglara. Teníamos que esperar de tres a cinco días hasta que alguien nos atendiera. Por lo general, los constructores de marimba vivían en la zona  norte  de Esmeraldas.

¿Cuál fue la primera marimba que construyó?

En 1973 llegó  una chica de Alemania. Me dijo que quería una marimba tradicional y yo me ofrecí a elaborarla.

¿En ese tiempo ya  tenía los conocimientos necesarios?

No los suficientes. Fue toda una aventura porque eché mano de los materiales que tenía. Se la hice con serrucho y machete. Un amigo me ayudó para entregarla a tiempo y la vendimos a 1 000 sucres. Ella se fue encantada.

Su vida
en 15 líneas
Alberto Castillo Palma  nació en la ciudad de Esmeraldas, en 1961 . Se vinculó al ámbito musical cuando cumplió 12 años. Es padre de tres mujeres, también marimberas. Su madre, Petita Palma, influyó en su formación. Es director musical del grupo de danza Tierra Caliente. También es   docente en el Conservatorio Municipal de Música de Esmeraldas y dicta talleres a niños de escasos recursos de la provincia. En la ciudad de Atacames dirige la escuela de marimba de la aldea SOS .

¿Qué vino después?

Cada vez construía marimbas más grandes y de mejor calidad.

¿Existe alguna que le traiga algún recuerdo especial?

Hace un año vino de EE.UU. un doctor en música. Me pidió dos marimbas. Una de ellas fue la mejor que he construido. Él incluso  se quedó sorprendido  pues  estaba perfectamente afinada.

¿Es necesario tener un oído educado para afinarlas?

La experiencia me ha dado esa cualidad, pero la técnica también tiene mucho que ver. Mientras más gruesa es la placa de la marimba el sonido es más agudo. Si la placa es fina, en cambio, el sonido se hace mucho más grave.

¿Cuáles son las partes de una marimba?

Una lámina de placas, parecida a un teclado; un armazón y una serie de tubos de resonancia que se ubican bajo cada placa.

¿Cuál es la clave para construir marimbas de calidad?

El material. Por lo general se emplea madera fina como la chonta  para las placas de la marimba. Y caña guadúa o bambú para los tubos de  resonancia.

¿Cuáles son los cuidados que se da a los materiales?

Es importante que el material esté bien seco antes de empezar la construcción. De eso depende la calidad del sonido. Antes, los marimberos decían que era necesario esperar la luna llena para construirlas. Según su creencia, eso les daba mejor resonancia.

¿Cuántas marimbas ha construido en su vida?

El número es incalculable. Pero entre pequeñas, de una octava, y grandes, hasta de cuatro octavas, son más de 2 000.

¿Quiénes han sido sus principales clientes ?

Músicos y turistas de todo el mundo.  Mis marimbas están en Europa, EE.UU., Chile , Colombia, Venezuela… y eso que no tengo correo electrónico.

¿Cómo lo contactan?

Algunos llegan a Quito y ahí los músicos les dan la referencia. Otros vienen directamente recomendados por músicos a los que les he construido marimbas

¿Cuánto tarda en armar una marimba, en promedio?

Por lo general dos semanas, pero no tengo marimbas listas para vender. Solo las hago cuando alguien me las pide.

¿Por qué?

Para mí la construcción de marimbas no es un negocio sino una forma de promover su uso.

¿Qué otras actividades ocupan su tiempo cuando no construye marimbas?

Soy director musical del grupo de música y danza Tierra Caliente. Además, dirijo varias escuelas y talleres de marimba.

¿Quiénes participan en estos talleres?

Niños y jóvenes de escasos recursos de la provincia.

¿Cuál es el motivo de estar  al frente de estos grupos?

El que ha guiado toda mi vida: no dejar que muera la marimba y dejar esa semilla en las nuevas generaciones para que continúen con esta lucha, que a veces es contra viento y marea.

¿Cuáles han sido las principales dificultades?

Hay poco apoyo de las autoridades del Estado y la entidad privada. No se reconoce el valor cultural. Eso no ocurre en otros países.

1.- Un poncho entre los Andes

Posted in historia with tags , , , , , , , on septiembre 12, 2008 by edmolin657

 
   
Los viajes en avión que son largos ponen al revés las manecillas del reloj y te dan la oportunidad de invertir la moraleja y hacer por la tarde lo que dejaste de hacer en la mañana; porque la mañana empieza cuando llegas a tu punto de destino, o no empieza cuando empieza sino cuando acaba, o empieza la mañana cuando en tu reloj ha empezado ya la tarde. En este modo fue la llegada a Quito, al principio de una mañana que había terminado ya y con el viajero que acumulaba el cansancio de una noche doblemente larga.

Tan pronto fueron abiertas las maletas en mi habitación los nudillos de una mano golpearon la puerta por fuera y, al abrirla yo, una sonrisa de flores amarillas me pidió permiso para entrar. La sonrisa era una bandeja llena de zumos y frutas tropicales que se ofrecían a refrescar y dulcificar el principio de mi estancia como huésped. No podía haber un recibimiento más sabroso y más digno de aprecio. Fue esto lo que me retuvo despierto y me ofreció la oportunidad de mirar por la ventana.

El hotel Internacional Quito está elevado sobre la ciudad y al lado opuesto al perfil de Sucre en el monte Pichincha, oposición muy agradecida por mi parte porque este emplazamiento es mucho más exótico y menos patriota, sin representaciones de batallas heroicas; en esta parte el paisaje es el de la calma reflejada en el inmenso valle que parece nacer al mismo pie del hotel.

Sobre mi mesilla, en la cabecera de la cama, veo una tarjeta de visita muy especial en la que se perfila una figura humana desnuda y asexuada, tumbada, recostada en ninguna parte pero horizontal, con un número de teléfono y la sugerencia de poner el cuerpo a la altura de los Andes. En ese momento la bañera ya estaba llena de agua y espuma y calculé que en ella cabría más de una persona; sin embargo decidí no abandonarme en ella y no despreciar la invitación de la tarjeta y el número telefónico.

La ciudad de Quito parece un enorme poncho de los quichuas que hubiera caído del cielo y se quedara aquí tendido bajo el sol vertical del ecuador, en un suelo privilegiado por las cumbres nevadas de los cuatro volcanes que están a sus cuatro puntas.

El baño caliente y perfumado me devolvió la consciencia sobre mi cuerpo. En cualquier parte del mundo ocurre que pagando en dólares se hacen realidad los deseos de confort y es posible sumergirse bajo la espuma de Rochas aunque sea a cuatro mil metros de altitud.

En el instante final de este primer placer que yo me permitía llegó la respuesta a mi demanda telefónica; era una muchacha quiteña vestida de azul, con un sombrerito negro sobre la cabeza y una mochila de colegiala a la espalda. Me pidió hacer uso del cuarto de baño y entró a cambiarse mientras yo me dejaba caer sobre la cama; en pocos minutos volvió a salir como si fuera una alumna de las aventajadas en educación física; me entregué gustosamente a sus manos intuitivas y adiestradas para distender cada músculo, cada hueso y cada nervio mío, para recuperarme del insomnio. Mientras permanecí en la ciudad y cada día que pude volví a solicitar los servicios de esta bella quiteña que me regalaba trofeos de bienestar.

Ojalá pudiera uno encontrar un truco para rebobinar la historia y hacer un nuevo montaje de ella. Yo haría entonces una película de canciones indias de todos los pueblos de América, en la que los conquistadores fueran conquistados, que toda la sangre de las batallas fuera música y la codicia de los explotadores fuera pasión por ser amados de estas gentes que, como escribiera Colón en el principio de su diario, son tan generosas que dan de sí todo cuanto tienen; entonces alcanzaríamos la simbiosis perfecta de la magia y la utopía, la alianza de la naturaleza y la razón; entonces no hubieran surgido monumentos ni a las batallas ni a los mártires.

El turista recién llegado a un país es objetivo esperado por quienes viven de explotar la ignorancia o la buena fe de los demás, por los buscadores de primos a quienes dar el pego con el broche de oro, la esmeralda de ganga, la falsa arqueología y el falso folklore con apariencia de verdadero; si además el forastero es compatriota de quien lo recibe, entonces pagar también por su sensiblería y con ella tendrá que pagar el descaro de quien le ofrece fascinantes aventuras a la vez que le pide no importa qué trozo de patria que lleve en su maleta. Ese fue el pretexto con el que en mi habitación se consumieron tres botellas de brandy jerezano y unas cuantas cajetillas de tabaco negro ardieron, a más de otras tantas desaparecidas sin ni siquiera dejar allí el humo. A veces no es uno solo de estos cazadesprevenidos el que aparece sino varios o una nube de ellos. Pero en este caso se trataba de un tipo especialmente favorecido, porque venía pertrechado de historias asombrosas y todavía nuestras divisas estaban intactas.

Hay palabras misteriosas que encierran mágicos tesoros en su significado, incluso para quienes las escuchan por primera vez. Es fácil que en América una palabra tenga connotaciones exóticas, con un trasfondo de aventura y una promesa de riqueza fascinante, casi siempre dorada.

En Ecuador la sola palabra Llanganati es objeto de mil interpretaciones y descripciones diversas, porque ese nombre es ya toda una leyenda.

La habitación 403 iba llenándose del humo de Ducados y del aroma de Jerez, mientras otra bruma, más espesa todavía, llamada Llanganati, impregnaba el ambiente con historias contadas a retazos por un loco descarado llamado Ernesto, de barba y cabello blanco, con gafas gruesas y verborrea incesante, atragantado con el tabaco y el brandy. No mi generosidad, sino la de mis compañeros me obligó a escuchar hasta altas horas de la madrugada los cuentos de aquel sonado, remedo de viejos buscadores de Eldorado. Las oscuras montañas de que nos hablaba, según salían de su boca, ensombrecían mi cuarto y sentíamos ya la humedad fría de sus nieblas perpetuas, asfixiantes, encubriendo el relumbrón de los ingentes tesoros del Inca que los había sepultado allí y que todavía ningún valiente, ningún audaz aventurero, los había recuperado.

Yo, que no buscaba más aventura que la que en ese momento vivía, estaba deseando ya que cada día me contaran una historia como esta, aunque se agotaran las reservas de mis maletas. El colmo de mi felicidad se hubiera dado de contar con otro narrador, un viejo cura de aldea, por ejemplo, un profesor de instituto sin ganas de comerciar, una bruja, un curandero, un alcalde de municipio minúsculo, insignificante, no un vivaracho presumido y engañabobos como este; pero aquí estaba él con su mórbido relato que me tomó desprevenido y que, por tanto, me era imposible sospechar adónde podría llevarme.

Al llegar a Quito no hay un solo ciudadano que no se esfuerce en proclamar la deliciosa climatología que se disfruta, y recalcan en unas cualidades o en otras según les parezca oportuno; Siempre es primavera aquí, dicen. Tenemos las cuatro estaciones en un día. Lo que venga al caso, por muy diferente que sea. Porque efectivamente en una sola carrera de taxi se puede viajar a través de una tormenta de granizo, de un sol espléndido y de la más espesa niebla.

Pero a mi juicio hay una cualidad más notable todavía que todas estas y es la pureza del aire. Naturalmente es preciso estar acostumbrados a vivir en una de esas ciudades enmohecidas por la contaminación atmosférica para poder sorprenderse ante la pureza del aire de Quito.

Más allá de esto, el extranjero se da cuenta realmente de la climatología de esta ciudad cuando viva en ella una mañana enteramente diáfana, aunque no haga más que caminar por sus calles, pero sobre todo si se dispone a un paseo o excursión por el campo; entonces sabrá lo que significa Ecuador, donde el sol cae vertical sobre la tierra. Además de la proximidad extra del sol, por su verticalidad, atraviesa un cielo tan transparente que abrasa la piel del recién llegado. Por esto los naturales del país tienen la tez de un preventivo filtro solar.

Yo amanecí a mi primera mañana quiteña después de una noche cargada de brumas de historias extrañas. Mezclar alusiones a los tiempos de la conquista, –que en el caso de los incas fue especialmente cruenta, porque, entre otras razones, la sociedad incaica era cruenta ya de por sí– con la persistente quimera del oro, y ambientarlo en la geografía inhóspita y fría de los Llanganati, daba como resultado una cierta desazón.

Esa noche había decidido apartarme del velorio cuando iba a comenzar su segundo capitulo, ese en el que mis compañeros van a morder el anzuelo lanzado por Ernesto, prometiendo organizar una gran expedición a los Llanganati, porque, entusiasmados, allí encontrarán el fabuloso tesoro que hace casi cinco siglos ocultaron los incas para que los españoles no lo cogieran. La expedición habrá de ser filmada para la televisión con todo lujo de medios técnicos y de personal y resultaría, a buen seguro, de un gran interés científico.

El segundo día fui capaz de madrugar tanto como para contemplar al Cotopaxi desperezando su nevado bajo el sol, al otro lado de este valle del Guápulo por donde, otro día de hace siglos, Orellana salió de Quito camino del Amazonas. La niebla en el valle reposaba como si fuera un embalse de nubes, lleno a rebosar, entero, desde mi hotel al Cotopaxi; todo el camino parecía ser llano. La piscina termal bajo mi ventana exhalaba en el amanecer andino sus vapores cálidos acentuando lo paradisíaco del lugar, y una sola bañista, con maillot azul, nadaba en ella cuando eran las seis de la Mañana.

No siempre, pero a veces Sí, despertando pronto se tiene la suerte de ver lo que ocurre a esa hora y que Después no vuelve a ocurrir.

El hotel Internacional Quito es el más frívolo y festivo de la ciudad. Cada temporada taurina se ve lleno de fiesta española, con los toreros hospedados Aquí, sus cuadrillas y chicas guapas, otra raza de manolas, mestizas y mulatas, que son gustosas de acrecentar el folklore y la juerga. Aun fuera de temporada el hotel mantiene su aire desinhibido y jovial, lúdico, con muchos empleados vistiendo trajes indígenas, haciendo gala de una amabilidad permanente y una paciencia sin límites. Vivir en él es un placer, rozando la lujuria que no resulta casual sino acostumbrada; jugoso, fresco y aromático, como la piña tropical, el mango, la naranja y la papaya, dulce como los labios de una muchacha india y exuberante como el saludo del indígena puro, incontaminado, que conserva el vigor de la raza americana y el espíritu montaraz, hombre que lleva dentro algo de dios andino y algo de puma selvático.

Queramos admitir o no como tópicos estas expresiones, por aquello de que cualquiera que no viste nuestro estándar de diseño occidental ya es exótico, lo cierto es que me resulta admirable el hecho de que todavía existan seres humanos con vestigios de raza pura o, al menos, que se parezcan a su tierra, que tengan una forma de vida peculiar enraizada en su lugar de nacimiento. Por esto los europeos y los norteamericanos y los japoneses ya no se me parecen a ningún dios y los encuentro imposibles de mitificar y, hasta cierto punto, inhabitables para la poesía. Llevamos el occidentalismo como una hibridación de raza y hemos perdido la mayor parte de nuestro parecido con la naturaleza. Quienes nos hemos sumergido tanto en la sociedad industrial – consumista nos hemos alejado de la naturaleza tanto que, entre ella y nosotros, resultamos ser unos perfectos desconocidos.

Al indio americano, incluso al mulato y al mestizo de pocas generaciones, no se les quema la piel con el sol porque todavía la conservan bruñida, heredada de sus antepasados, emparentados con los naturales de los ríos y de los montes, con los seres míticos de los bosques y las selvas.

Yo sé que cada vez que voy a América vivo sobreexpuesto a esta impresión de encantamiento, debido a que todavía la veo como la pintan los relatos de viajes del siglo XVI: El Nuevo Mundo; siento que es un mundo que conserva mucho de nuevo respecto al nuestro viejo. Pero en este viaje mi predisposición a creer en la divinidad de los indígenas era aún mayor, teniendo en cuenta que nuestro objetivo más importante eran los indios de la selva virgen: Lo más recóndito de aquello nuevo antiguo, la América original. Por eso el hechizo que me produjo la muchacha mestiza de sombrerito negro fue tal que, cautivando todos los sentimientos míos y reduciéndolos a uno solo y feliz, aniquilando hasta las más pequeñas tristezas o volviéndolas al revés, todo me lo embebió de esa enjundia especial, del encanto, por muchos conocido, cuyo síntoma más frecuente es la continua sonrisa en plena cara.

Galina Andrade, … se me va a reír usted, quería ser rockera; pretendía llegar a formar parte de un grupo de rock que se hiciera famoso. Tenía la voz como la tendrían las pequeñas viborillas si cantaran, era como el tallo de un tulipán, como un hilillo de agua transparente, como el aire dentro de un canuto que sopla el vidrio, era como las indias de los cuentos de los europeos de hace quinientos años. Galina Andrade, con su nombre llegado de las riveras del Mármara y su apellido de oleaje suave y marinero de los mares gallegos, con su piel acharolada por el hibridaje de barcillo con pedigrí, quería ser una chica del rock. Podía. Podía ser lo que quisiera. Ojalá lo sea.

Las etnias de la selva amazónica y de las cejas de la montaña andina, mucho más suaves que las de los altiplanos, eran más agraciadas en su aspecto físico. A estos niveles bajaron los incas de los valles interandinos, a embellecerse, a medida que los iban conquistando. Galina Andrade debía descender de un grupo de estos indígenas que vivían en las lindes de la selva amazónica, cuando algún europeo con mucha suerte pudo cruzar con ellos su sangre. Tenía plumas en las manos y su aliento era el aliento que tiene la sangre dentro de las arterias calientes. Con sus plumas me embrujó como con varitas azules, igual que si en un resquicio de mí hubiera entrado un grano de maíz dulce. Sus manos me estremecían con ese sobresalto que sufren dos hojas verdes al juntarse por medio de una gota de agua.

Mientras yo la conocí, Galina terminó los exámenes de grado y empezaría a estudiar medicina en el curso siguiente. Y … se me va a reír usted, yo, por eso, porque quería tener un grupo de rock. No tuve tiempo de conocer de Galina más que su nombre y su primer apellido, el celofán humectado y brillante de sus labios, la laca de sus uñas, sus bambas y sus camisetas, su mochila de colegiala, y ni siquiera supe qué llevaba dentro; a lo más secreto suyo que llegué fue a verla mirarse en el espejo del pasillo cuando volvía a salir de mi habitación; allí recomponía su sobrerito con las dos manos y se miraba por los dos lados que podía verse, por encima de un hombro y por encima del otro. Quiteña, diecisiete años al nacer. Valdría la pena, para más de uno, ser el eterno escritor de tus versos. Porque todavía no has nacido a la civilización contaminada, la que taladra agujeros en la estratosfera y que despega tanto las capas superficiales de la piel de las profundas de los sentidos.

La banda mocha

Posted in historia, tradiciones with tags on septiembre 6, 2008 by edmolin657

Las Bandas Mochas constituyen manifestaciones artísticas culturales vivas en las comunidades negras asentadas en la cuenca del Río Chota y Mira, así como en las comunidades mestizas de nuestro cantón.

Estas constituyen un grupo de músicos instrumentales parecidos a las Bandas de Pueblo tradicionales, con la diferencia y características de que utilizan instrumentos tradicionales más instrumentos autóctonos como son: bombo, tambor y platillos comunes a todas las bandas y cornetas de penco (cabuyo), hojas de naranja, puros (especie de calabaza seca), e inclusive la mandíbula de asno, que da a la Banda Mocha unos sonidos y timbres especiales y únicos.

El repertorio de las Bandas Mochas es variado: San Juanes, albazos, tonadas, pasacalles, fox incaicos, huaynos, bombas, etc.

Estas bandas son partes importante de los pueblos y caseríos a los que pertenecen, puesto que son quienes animan las diversas festividades de las comunidades, constituyéndose en el centro de la diversión.

El nombre de Banda Mocha se cree que se debe a que utilizan instrumentos recortados como el penco, los puros o también por no ser una banda completa en cuanto a la diversidad de instrumentos metálicos como en las Bandas de Pueblo.

La aparición de estas bandas, al igual que las de pueblo, se sitúan aproximadamente a finales del siglo XIX. Lamentablemente con el pasar del tiempo, estas manifestaciones culturales se van perdiendo, debido al avance incontenible de la tecnología moderna que invade hasta los más recónditos lugares de nuestra geografía, razón por la cual las nuevas generaciones van perdiendo interés por conservar nuestras tradiciones.

En el Cantón Mira, todavía quedan resquicios de esta manifestación cultural, una de ellas es la Banda Mocha “Luz del Carchi” del Caserío Huaquer, que hace poco tiempo, por iniciativa de la Corporación de Cultura de Mira, grabaron un disco compacto, con el empeño de rescatar nuestra música vernácula.

Tuco y Manuco

Posted in notas periodísticas, tradiciones with tags , on julio 31, 2008 by edmolin657
Fecha: 08/05/2006 

“Esto que te voy a contar sucedió hace mucho tiempo, cuando Dios y el diablo andaban juntos, porque antes eran amigos; y si se separaron fue por un lío de faldas”, relata con cadencia y acento costeño el cuentero Alberto Borja para atrapar a su público. Lo que hace no es otra cosa que un oficio que tal vez, también existe desde esa época: el arte de contar un cuento. Como un homenaje a los narradores, cuyo trabajo es mantener la tradición oral, del 8 al 12 de agosto se llevará a cabo en Bucaramanga el Festival Iberoamericano de Cuenteros Abrapalabra, uno de los más importantes en América Latina. “Es una fiesta de la palabra en Colombia, país donde las palabras han sido reemplazadas por las balas para expresar las diferencias”, dijo a SEMANA Pacho Centeno, quien creó el evento en 1992.

Borja, un cartagenero que se acerca a los 60 años de edad, se transforma en un borracho que da serenatas, en un boxeador, en un campesino costeño de sombrero vueltiao y mochila al hombro. Baila boleros y porros y logra que el público escuche la música aunque ésta ni siquiera suene: él la crea con sus palabras y sus movimientos. “Un cuentero es un artista cuando hace que su público vea con él. Esa es la magia de la oralidad: una conversación que día a día se renueva. Por eso un cuento siempre está en transformación”, reflexiona este artista que hace mucho tiempo decidió abandonar sus estudios de medicina para dedicarse al teatro, cuando se dio cuenta de que “la vida está llena de pendejadas que hacen reír”. Por eso, siempre que dice que es cuentero, le causa gracia que le pregunten: “Pero ¿en qué trabajas?”.

Sus vivencias se convierten en historias. Se ha casado tres veces y se burla del matrimonio aunque reconoce que es una “cuestión necesaria. Mi mujer dice que no le gusta mi oficio porque cree que me la paso en fiestas, tomando trago y que me voy a enviciar. Yo le digo que no se preocupe, que llevo 30 años todos los días bebiéndome una botella y no me he enviciado”, bromea. En realidad, su esposa es actriz y elabora con él algunos de los relatos.

‘¿De dónde te salen esas historias?’, le preguntó García Márquez a la cuentera chocoana Amalia Lú Posso

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Narrar historias populares, ser actor teatral, tener por esposa una artista y haberse casado tres veces son algunas de las coincidencias entre Borja y Raymundo Zambrano, un participante ecuatoriano. Pero las palabras varían. “En mi país también se les dice cuenteros a los estafadores, relata. Una vez, saliendo de Buga hacia Rumichaca, en la frontera, me preguntaron a qué me dedicaba. Yo dije que era cuentero y casi me meten a la cárcel”.

Lleva 20 años en el oficio y se ha hecho famoso en su país por ser uno de los integrantes del dúo de humor político ‘Tuco’ y ‘Manuco’, una especie de ‘Tola y Maruja’. “Encontrar un buen cuento es como para un arqueólogo hallar una pieza valiosa”, afirma Zambrano, quien suele buscar esos tesoros entre los campesinos. Incluso creó para ellos un festival de cuenteros para preservar esa memoria. “Creamos un fondo de ayuda económica para los labriegos, porque les debo mucho. Mi papá es uno de ellos, él todavía me cuenta historias, y yo a mis hijos”.

No es fácil entregarse a esta actividad, tan incierta como los mismos cuentos. “Nunca se sabe qué va a pasar, pero eso es lo emocionante, advierte José Campanari, de Argentina. Llevo 26 años en escena y ya pasé hambre en su momento. Fui hasta de esos payasos de supermercado que bailan con el carro de las compras, algo que me encantaba”. Empezó su carrera como actor de teatro mudo, por lo cual sus gestos hablan tanto como sus palabras. Su momento favorito llega cuando “el murmullo del público se transforma de repente en un silencio sonoro porque es el instante en que narrador y público se comunican”.

Su historia de la Creación, en la que adaptó pasajes de la Biblia a la visión de una persona de Chacarita, su barrio en Buenos Aires, ha superado las fronteras. Cuenta que mientras Dios hacía el mundo dejaba imperfecciones pensando: “No importa, después lo arreglo”. Campanari le hace honor a la fama del ego argentino cuando se transforma en Dios y crea a Adán y a Eva con un discurso geométrico: “Un tronco cono invertido, debajo dos

semiesferas que por detrás quedan sin unir. Y para que no estén en el aire, dos cilindros…”. Las diferencias entre sexos aparecen porque le sobran “bolitas y palitos” y decide dejar algunas a la media altura del hombre mientras dice la frase que el público espera para estallar de la risa: “No importa, después lo arreglo”. Su moraleja: “Por eso, gracias a Dios nada ni nadie es perfecto”. Aunque esta historia se publicó en el libro de compilación Que Dios nos pille confesados, Campanari no acostumbra a escribir sus cuentos. “Le narro las ideas al primero que me encuentre, para ver qué cara pone”.

Con él coincide su colega español Cándido Pazó, quien compara la cuentería con el jazz: “No es simple improvisación porque hay una estructura básica que ayuda a ir creando en la escena de acuerdo con la respuesta del público”. Explica que el truco de un buen cuentero es saber escuchar, pues sólo de esa manera “el guardarropa de la imaginación” estará repleto. “No tengo maleta. Se perdió en Madrid o cuando aterricé en Colombia. Pero imagínense que esta camisa blanca es roja”. Así comenzó su presentación en Medellín, cuyo festival, como los de Bogotá e Ibagué, se ha unido al de Bucaramanga para traer los mejores cuenteros al país. “Me siento como Isabel la Católica, que prometió no cambiarse de ropa hasta cuando se acabara la guerra de Granada. Por eso los moros fueron apabullados con semejante arma química”.

Aunque se siente orgulloso de que en España haya un fuerte movimiento de narradores orales, para él Colombia es especial. No importa que en este país ese personaje capaz de ‘echar carreta’ en un bus y en un parque para luego pasar la gorra no siempre sea considerado un artista de la escena. Aun así, “es la tierra con más historias que conozco. Una especie de meca hasta donde los creyentes de la cuentería tenemos que peregrinar para apreciar esa tendencia a la fabulación a partir de la vida muy del estilo de García Márquez”.

Y fue precisamente al Nobel a quien Amalia Lú Posso sedujo en México, durante una presentación privada, con la magia de Chocó. Allí nació y creció esta artista cuya energía demuestra que lleva la fuerza del río Atrato en sus venas.

Sicóloga, dedicada a la academia, recuerda cómo una vez, frente al espejo, mientras se pintaba por primera vez las cejas, vio la imagen de su tía Rosalía preguntando a sus sobrinos “¿me quedaron bien pintadas las cejas'”. Y se vio a ella y a sus primos cuando eran niños respondiéndole: “divinas, perfectas, tía”. “La historia no tendría nada de relevante si la tía no fuera ciega”, cuenta Amalia Lú. También vio la imagen de sus nanas haciendo las mejores representaciones teatrales que jamás presenció: “Oigan bien para aprender, para cuando les ocurra cuenten cómo conté yo y no piensen que es mentira, que lo cuenta quien lo vio”, le narraban de pequeña. Y de recuerdo en recuerdo, decidió volver cuento lo que había nacido para serlo: su vida.

Y si la vida es cuento y cuento que se respete es moraleja, la de estos artistas tiene la suya. Es como Borja cerraría su historia: “Haz lo que te guste, pero hazlo con pasión”.

Posted in poemas with tags , , , , , , on octubre 14, 2007 by edmolin657

La Música en el Ecuador
Artistas y Compositores Ecuatorianos

Tomado del estudio de Mario Godoy Aguirre.
Producción: Hugo Jaramillo Muñoz – David Andrade Aguirre


 
De la música indígena, anterior al período ;colonial, apenas quedan rastros, debido fundamentalmente a que las diversas nacionalidades autóctonas carecieron de un sistema de notación musical. Sabemos con cierto grado de certeza que se trataba de música pentafónica, que utilizaba básicamente instrumentos de percusión y de viento, construidos con materiales propios de cada una de las zonas: caña guadua, materiales vegetales huecos, huesos o plumas de ave para los instrumentos de viento -dulzainas, ocarinas, flautas de pan, rondadores-, troncos, pieles de animales curtidas, lascas minerales para los de percusión -bombos, cajas, primitivos xilófonos-.En la época colonial e incluso hasta inicios de la republicana la música es básicamente de carácter religioso: lírica devota y popular religiosa. Los músicos de la época tenían una estrecha relación con la Iglesia, ya que habitualmente desempeñaban funciones de maestros de capilla o directores de los coros. La música profana se expresaba fundamentalmente en las bandas -parientes cercanas de las murgas españolas-, que se utilizaban en las festividades populares y religiosas para divertir al pueblo, algo de música de cámara se escuchó en los salones de la Real Audiencia de Quito, principalmente gracias al apoyo de determinadas autoridades coloniales. Los escasos compositores orientaban su trabajo hacia la realización de piezas para ser interpretadas en los oficios religiosos -maitines, coros, canciones de alabanza- y las primeras canciones populares, siempre con motivos religiosos. Surgen así los villancicos, que aún se cantan en la actualidad.

El primer compositor del que se tiene noticia en el siglo XVII es Diego Lobato de Sosa quien alcanza una gran figuración en la sociedad de la época. Podemos destacar además hasta mediados del siglo XIX a Francisco Coronel, Manuel Blasco, Mariano Baca, Ignacio Miño, Antonio Altuna, Agustín Baldeón, Juan Agustín Guerrero, Manuel Jurado, Crisanto Castro, entre otros.

El acento en los primeros años republicanos se da en la música popular:  liberada la sociedad del estrecho compromiso con la religión, genera mecanismos fundamentalmente lúdicos, lo que en la música se expresa en la profusión de bandas de pueblo. Existe también un destacado trabajo en la ejecución de música militar, ya que todas las unidades del ejército contaban con cuerpos de música. En los salones del siglo XIX se bailan valses, polcas, mazurcas y pasodobles, música importada de Europa, música galante y ligera. En las fiestas populares se escuchan también pasodobles y valses, pero predomina la música mestiza que tendrá un mayor desarrollo en el siglo siguiente: pasacalles, aires típicos. En los sectores campesinos e indígenas, se conserva un indeclinable amor por los acentos de instrumentos ancestrales: rondadores, pucunas, dulzainas, bombos, y por una música que aunque suena triste para oídos extraños, continua teniendo una significación propia, ceremonial, para los herederos de quitus, cañaris e incas. Obviamente estas expresiones musicales se encuentran fuertemente influenciadas por más de tres siglos de dominación española.

La fundación del primer Conservatorio de Música por el Presidente García Moreno a mediados del siglo XIX, genera los primeros músicos académicos, aunque la formación se orienta únicamente hacia la interpretación. Se destaca Carlos Amable Ortiz quien aporta significativamente al pasillo ecuatoriano y hacia el final de su vida a un ritmo proveniente del sur del continente, el tango. Cabe mencionar las marchas fúnebres de Antonio Nieto, joyas musicales difundidas por las bandas institucionales y de los pueblos.

Hacia el fin del siglo, el estudio de Godoy destaca a Pedro Pablo Traversari Salazar, estudioso de la música, quien conformó una importante colección de instrumentos musicales universales -actualmente se la puede disfrutar en el museo que lleva su nombre en la Casa de la Cultura, en Quito-, aparte de su producción e investigación musical. Corresponden también a este período Nicolás Guerra y Rafael Valdivieso. 

La revolución liberal y la transformación social que produjo, trae consecuencias también para la música: irrumpe una generación que intenta encontrar un lenguaje musical propio, base de la música académica nacionalista. La figura mas destacada es Segundo Luis Moreno Andrade, alumno de Domingo Brescia en el Conservatorio fundado por el presidente Eloy Alfaro. Moreno, aporta significativamente a la historia de la música ecuatoriana. Otros músicos académicos de esta generación son Francisco Salgado, Sixto María Durán, Alberto Moreno Andrade y Salvador Bustamante Celi.

La formación académica de los nuevos músicos y la profunda influencia que significó la apertura del Ecuador hacia el mundo, se refleja en los primeros años del siglo XX, en los cuales, compositores con buena formación académica incursionaron en la música de cámara y sinfónica, dejando de lado lo estrictamente popular, pero sin renegar de sus raíces. El músico más trascendente de la primera parte del siglo y uno de los más importantes del Ecuador, es Luis Humberto Salgado, compositor ecléctico entre “los aires típicos  y la forma sonata”, compuso cerca de 150 obras. Influenciado no solo por los clásicos sino por las nuevas formas tonales y seriales, Salgado dejó para la posteridad piezas de impecable factura como su “Sanjuanito futurista”, composiciones de cámara, obras sinfónicas y numerosas obras de música popular.  Otro personaje destacado es Belisario Peña Ponce, compositor de himnos sacros, jaculatorias y misas.

Esta es la época en que alcanza esplendor el pasillo, con un numeroso grupo de compositores que convierten a esta melodía en la más representativa del acervo popular del Ecuador.  Cuentan para ello con un ritmo que ya tenía preferencia entre la población y utilizan letras de los grandes poetas de la época -especialmente de los modernistas de la “generación decapitada” Medardo Angel Silva, José María Egas, Arturo Borja, Ernesto Noboa, cuyos poemas han sido musicalizados y profusamente difundidos, al igual que mucho de los posmodernistas como Alfredo Gangotena, Jorge Carrera Andrade, Miguel Angel León, Gonzalo Escudero, Abel Romeo Castillo, César Andrade y Cordero, Remigio Romero y Cordero, etc.-, así como otras de su propia inspiración.

Pertenecen a esta generación José Ignacio Canelos con su aporte al pasillo y a la música sacra, Juan Pablo Muñoz Sanz, Aurelio Ordóñez González, Carlos Brito Benavides, compositor del difundido pasillo Sombras, Francisco Paredes Herrera, compositor y poeta; Segundo Cueva Celi; Guillermo Garzón Ubidia, Angel Leonidas Araujo, Jorge Araujo Chiriboga, Rudecindo Inga Vélez, que populariza el fox incaico, Víctor Valencia, Miguel Angel Casares, César Baquero, quien difunde el pasacalle, Luis Aníbal Granja, entre muchos otros compositores. El pasillo encuentra en Enrique Ibáñez y Nicasio Safadi, el dueto Ecuador, a sus mejores intérpretes de la época inicial, cuando se graban -en discos de carbón, en los Estados Unidos-, las primeras canciones ecuatorianas.

Hacia la cuarta década del siglo, se vive el esplendor de los intérpretes de la música ecuatoriana, especialmente del pasillo. Carlota Jaramillo es la figura ceñera de la época, por su excepcional voz y el intenso dramatismo de su interpretación. Se debe señalar también a los conjuntos orquestales de Luis Aníbal Granja, Víctor Salgado y Blacio Jr.

Los cincuenta constituyen un momento de transición: el pasillo sigue reinando pero en frontal competencia con ritmos extranjeros que incursionaron en el mercado gracias a la enorme popularidad de la radio:  boleros, tangos, valses y ritmos tropicales como la guaracha, el merecumbé, la cumbia. La producción fonográfica, pero en especial los espacios en vivo de la radio, tornan extraordinariamente populares a intérpretes como el dueto de Luis Alberto Valencia y Gonzalo Benítez, Hnos. Montecel, las Hnas. Mendoza Sangurima, Hnas. Mendoza Suasti, Los Coraza y Marco Tulio Hidrobo.

En la composición, especialmente de música popular, se destacan Cristóbal Ojeda Dávila, Gonzalo Vera Santos, Marco Tulio Hidrobo, Leonardo Páez, Rafael y Alfredo Carpio, Clodoveo González.

Otros músicos importantes son el guitarrista y director de coros Carlos Bonilla Chávez; Enrique Espín Yépez, heredero de la técnica Szeryng, con amplia trayectoria y reconocimiento internacional; Claudio Aizaga Yerovi, creador de una importante obra para piano y ballet; Luis Mata Mera, conocido por sus importantes arreglos corales de música popular ecuatoriana; Carlos Rubira Infante, figura representativa de la música popular lleva a su apogeo al pasacalle. Debe mencionarse también a un compositor de música indígena andina de destacada participación: Julián Tucumbi Tigasi.

Cabe destacar a intérpretes de gran trascendencia como Julio Jaramillo Laurido, quien no descolló como compositor (su obra es escasa) pero sin lugar a dudas, es uno de los personajes más importantes y reconocidos de la música popular latinoamericana del siglo XX; Olimpo Cárdenas, Fausto Gortaire, Los Montalvinos, Los Locos del Ritmo, Los Embajadores, Los Indianos, Los Brillantes, Los Reales, el Dúo de los Hnos. Miño Naranjo y Eduardo Zurita.

Lo más destacado del siglo es la presencia de compositores académicos con importante trayectoria tanto en el país como en el exterior.  Se destaca Mesías Maiguashca, con larga trayectoria en Alemania, quien alcanza reconocimiento internacional por su aporte a la música electroacústica. Importantísimo es el aporte del enorme compositor Gerardo Guevara, con sólida formación musical, cuya obra impacta por su contenido social con textos de escritores como Jorge Enrique Adoum, Carrera Andrade y Pablo Neruda. Carlos Alberto Cobo Andrade, en cuya obra se percibe una fuerte influencia de la música tradicional andina; Milton Estévez, compositor y promotor cultural, propulsor del Departamento de Investigación, Creación y Difusión del Conservatorio de Música de Quito; Edgar Palacios, excepcional intérprete de la trompeta, fundador del Sistema Nacional de Música para Niños Especiales; Terry Pazmiño, Hugo Oquendo y César León, virtuosos guitarristas; Diego Luzuriaga; Julio Bueno Arévalo, Marcelo Ruano, ganador de varios premios internacionales; Arturo Rodas. A esta generación pertenece Alvaro Manzano, destacado Director de la Orquesta Sinfónica Nacional.

Entre los compositores e intérpretes populares se destacan Segundo Bautista Vasco, quien es uno de los mejores intérpretes de guitarra, requinto, piano y acordeón. Igualmente cabe mencionarse a Homero Hidrovo, virtuoso de la guitarra con alto nivel técnico.  Polibio Mayorga, compositor de música popular bailable. Y los grupos que impulsan la Nueva Canción Ecuatoriana y Latinoamericana, de los cuales Jatari y Pueblo Nuevo son los más destacados. También aparecen solistas como Jaime Guevara, Abdullah Arellano, Hugo Idrovo, Ataulfo Tobar, los Hnos. Diablo y Héctor Napolitano. En las interpretación vocal clásica cabe destacar a Galo Cárdenas, Francisco Piedra, Beatriz Parra, Hernán Tamayo, Astrid Achig y Juan Borja.

La música indígena y negra se enriquece también con la presencia del imbabureño Enrique Males, el chimboracence Rosendo Aucancela, el amazónico Carlos Pascual Alvarado, el esmeraldeño Segundo Quinteros.  Sin embargo lo más destacable es la presencia de un nutrido grupo de nuevos compositores que tientan caminos tanto en la música popular como en composiciones académicas, revalorizando la herencia musical ecuatoriana y redescubriendo ritmos, instrumentos y letras del acervo de nuestra cultura.