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Breve Historia de las Bandas de Pueblo

Posted in historia, músicos ecuatorianos with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , , , on septiembre 14, 2008 by edmolin657

Por: Manuel Espinosa Apolo

Las llamadas “bandas de pueblo” constituyen expresiones vigorosas de la cultura popular andina, y en su constitución y desarrollo es posible descubrir también, como en otras manifestaciones culturales de nuestro país, la concurrencia de tradiciones propias de los Andes y del Mediterráneo. Pues, si por un lado las bandas de pueblo constituyen agrupaciones musicales que reúnen instrumentos de procedencia sur-europea, ya sea porque fueron inventados o perfeccionados en aquella región, la música que producen, el modo de hacerlo y su función básica, son propias de las regiones altas de Sudamérica: melodías pentafónicas en las que predomina el aspecto monódico por sobre el armónico, ya que casi todos los instrumentos entonan la misma melodía, amén de su íntima vinculación a la fiesta religiosa, es decir, al tiempo sacro.La afición andina prehispánica por los instrumentos de vientoLos antecedentes más remotos de las bandas de pueblo pueden ser rastreados a un lado y otro del océano.

En los Andes antes de la llegada de los españoles, casi todos los instrumentos eran de viento (aerófonos), excepto unos pocos de percusión. Los de alta resonancia y sonoridad (trompetas), nacieron en las actividades cinegéticas o de caza y se perfeccionaron al interior de las actividades bélicas. Entre los ejércitos andinos la presencia de caracolas marinas, trompetas de arcilla o piedra, llamadas kipas y pututus en tiempo de los incas, eran fundamentales, ya que servían para anticipar la presencia de los ejércitos a su paso por una u otra llacta, además de servir para comunicar a los soldados determinadas órdenes en el campo de lucha, convocar a las batallas o celebrar las victorias.

Los instrumentos de entonación más dulces como las flautas, hechas de caña, hueso, plumas, arcilla y metal, sean globulares (ocarinas), tubulares horizontes y verticales (pingullo, quena, piroró); flautas de pan (huaira-pura, payas y antaras), en cambio fueron inventos de los campesinos y los pastores, razón por la cual se utilizaron para menesteres más cotidianos y básicos, sobre todo para el enamoramiento, así como para celebrar la vida o llorar su ausencia, de ahí que fuesen los instrumentos prevalecientes a la hora de amenizar las francachelas de las cosechas o acompañar las ceremonias de sacrificios y duelos.En los Andes, no obstante, no han quedado evidencia de agrupaciones musicales que reunieran instrumentos de diversa índole, pero si de grandes conjuntos que se reunían para tocar un mismo tipo de instrumentos. Es el caso de las llamadas sicuriadas de Bolivia en las cuales grupos de hasta 30 individuos tocan una misma melodía con sicus o sicuris de diferentes tamaño, o de las llamadas payadas de Imbabura, en las cuales algunos músicos entonan ritmos de la localidad en sus pequeñas zampoñas llamadas “payas”.Esta clase de agrupaciones musicales debieron ser comunes en los Andes antes de la llegada de los españoles, y su repertorio debió incluir los mismos ritmos que aun hoy día siguen tocando con ciertas variaciones las bandas de ciertos pueblitos de la sierra. No hay duda que la vocación y pasión por los instrumentos de viento es una vieja afición andina. De ahí que los instrumentos de viento europeos hayan sido acogidos con gran entusiasmo por las gentes andinas, al punto que las viejas ocarinas, pingullos, quenas, piroros, pututus, kipas, antaras y payas fueron substituidos por los saxofones, clarinetes, trompetas, armónicas, acordeones y órganos.

El legado de los ministriles

En el mediterráneo occidental, los instrumentos de soplo y entonación fuerte como cornetas, cornetines y cornos provienen también de los ejércitos, de ahí que hayan formado parte fundamental del equipaje que trajeron los conquistadores al Nuevo Mundo. En las crónicas de Indias, como aquéllas que narran la conquista del Perú, se hace clara referencia al llamado “corneta”, un soldado encargado de tocar el ataque y la retirada, en las múltiples refriegas y batallas sucedidas entre los invasores y los indios. Por el Inca Garcilaso sabemos que los ejércitos conquistadores como el de Gonzalo Pizarro, incluían en sus filas no solo a un “corneta” si no a toda una banda de guerra conformada por cornetas y tambores.En el transcurso de los siglos XIV y XV los instrumentos aerófonos de guerra dieron lugar a otros instrumentos no militares como los sacabuches y trompetas, que junto a otros instrumentos antiguos como chirimias y oboes pasaron a incrementar el arsenal musical europeo.Documentos del s. XV señalan la existencia de ensambles de oboes y “sacabuches” (antiguos trombones) en Italia. Estas agrupaciones musicales solían escucharse en las ciudades durante las fiestas religiosas, sobre todo en aquellas ceremonias solemnes y fastuosas, dentro de las capillas y catedrales, ya que constituían el marco musical de la polifonía sacra. Sin embargo fue en el s. XVI, en España, en donde este tipo de ensambles se propagaron exitosamente. Sus integrantes fueron conocidos como “ministriles”.
Sucedió para entonces que todas las iglesias de España, siguiendo el ejemplo de la Catedral de Sevilla que conformó su conjunto musical en 1526, empezaron a contratar músicos instrumentistas para reforzar sus coros y aportar música puramente instrumental en momentos determinados de la liturgia. De esta manera, en ningún otro país europeo llegó a existir tantos grupos instrumentales de este tipo.Estas agrupaciones musicales tocaban motetes, villancicos, himnos y antífonas marianas utilizadas en procesiones; salmos escritos en fabordón y ocasionalmente Magnificats y secciones del Ordinario de la Misa .Los ministriles tocaban tanto instrumentos de cuerda como de viento. Entre los primeros destacaban los de cuerdas frotadas: violines, violas de gamba; de cuerdas pulsadas: laudes y vihuelas. Entre los de viento habían grupos de flautas dulces pequeñas y grandes; instrumentos de doble lengüeta como los orlos de Alemania (una especie de oboe) y chirimias de todos los tamaños (de la soprano a la bajo). Asimismo tocaban cornetti tanto pequeñas como grandes y sacabuches ya sean de latón o de plata.

Los ministriles dominaban la ejecución y sus técnicas de ejecución solían pasar de padres a hijos. En el Nuevo Mundo hubieron también ministriles. Estos eran indios dirigidos por maestros españoles.

En los primeros colegios que fundaron los padres franciscanos en Quito para la educación de indios, mestizos pobres y españoles huérfanos: San Juan Bautista (1552) y San Andrés (1558), se enseñó junto a la lectura y la aritmética, el uso de instrumentos y canto. Fray Jodoco Ricke al hacerse cargo de la dirección del Colegio de San Andrés junto con Andrés Lazo, enseñó a los indios a tañer instrumentos de tecla, cuerda y viento. Entre estos últimos se destacaban: sacabuches, chirimias, flautas, trompetas y cornetas, además el canto de órgano y llano . Después de 10 años de vida del Colegio San Andrés, ya existían en su cuerpo docente profesores indígenas de instrumentos de viento. Fue el caso de Diego Gutiérrez indio natural de Quito, de Pedro Días nativo de Tanta y Juan Mitima indio de Latacunga. A partir de 1550 el obispo de Quito Bachiller Don Garci Díaz Arias trajo para la catedral de Quito músicos españoles a quienes encargó la enseñanza de violín, flauta y oboe . No cabe duda entonces que, en el Quito del s. XVI, existieron orquestas de instrumentos de vientos cuyos ejecutantes eran indígenas, mestizos y españoles pobres; orquestas formadas para tocar al interior de las iglesias y acompañar la liturgia.1 Douglas Kirk, “Los ministriles españoles”, en el CD: Los Ministriles. Spanisch Renaissabce wind music, Piffaro. The renaissance band, Archiv Produktion, Alemania, 1997.
2 José María Vargas, Historia de la Cultura Ecuatoriana, T. I, Clásicos Ariel, Guayaquil, s.f., p. 22
3 Segundo Luis, Moreno La Música en el Ecuador, Municipio del Distrito Metropolitano de Quito, Departamento de Desarrollo y Difusión Musical, Quito, 1996: 48.

El nacimiento de las “bandas”

Sin embargo estos conjuntos musicales tuvieron una existencia corta. El éxito del órgano y los instrumentos de cuerda terminaron acallando a los viejos sacabuches, chirimias, cornetas y trompetas. Al transcurrir la Colonia, solo el órgano y el violín fueron permitidos dentro de la iglesia y excepcionalmente el laúd. Otros instrumentos como la vihuela, la guitarra o el arpa fueron considerados instrumentos sensuales y por ende expulsados de los templos.Fuera de las iglesias sin embargo, éstos instrumentos fueron rápidamente acogidos por las gentes del pueblo, y los indios que habían aprendido a tañerlos en los Colegios religiosos se constituyeron en sus propagadores. Fue así como junto a las flautas indígenas empezaron a sonar en las festividades andinas, las arpas, vihuelas, violines y tambores. En el s. XVIII, no había parcialidad, comunidad o reducción de indios que no tuviese su propio conjunto musical, elemento básico de todas las celebraciones religiosas que incluían procesiones, danzas y francachelas. Si no había un conjunto propiamente dicho había por lo menos un tamborilero que tocaba el pingullo y la caja, convocando a las fiestas y animando el baile de los danzantes. A este dúo de instrumentos igual que a las agrupaciones de más de dos músicos, se empezó desde entonces hasta la actualidad a llamarlos “banda”. Palabra de origen gótico (bandwo = signo, bandera), que se utilizó en la Europa medieval para denominar a una parcialidad o cuerpo de músicos de a pie que formaba parte de los ejércitos.
El nacimiento de las bandas de pueblo en nuestro país se remite por tanto a la formación de estas agrupaciones indígenas en la colonia, las mismas que aparecían en las diversas fiestas del calendario religioso, tocando viejas melodías andinas, al aire libre, en plazas, patios y atrios, sin sobrepasar, eso si, los umbrales de las grandes puertas de iglesias y basílicas.

La súbita aparición de las bandas militares.

En el periodo independentista las bandas militares hicieron una súbita presencia en el territorio ecuatoriano. En 1818 con la llegada del batallón Numancia, se oyó en Quito y otras ciudades y pueblos de la sierra tocar por primera vez a una banda militar. El Numancia había sido enviado de Bogotá a Lima por el virrey de Santa Fe Juan de Samano, se trataba por tanto de un batallón realista que poseía una excelente banda de músicos. En su paso por el Ecuador la banda del Numancia actuó en casi todas las ciudades de la sierra, realizando innumerables presentaciones. Sin duda constituyó un verdadero acontecimiento; pues, sólo entonces se conocieron ciertos instrumentos cuya existencia ni siquiera se había sospechado: picolos, cornos, oficleides (tubas antiguas), serpentones (bombardón antiguo); todos ellos instrumentos de viento confeccionados en bronce; a más de clarinetes, liras, bombos, redoblantes y platillos. Ya la combinación instrumental misma de la banda y su efecto atronador, fueron -al decir de Segundo Moreno- novedades que tenían embelesados tanto a los muchachos como a las personas mayores. Después de la Batalla de Pichincha (24 de mayo de 1822) la música militar se hizo más frecuente en las ciudades, gracias a la presencia de los diversos batallones del ejército libertador. Sin duda estas bandas despertaron el gusto por esta clase de música, motivando en el pueblo la formación de agrupaciones musicales que intentaban imitarlas. Con ellas nació además un nuevo rito social: “la retreta”. Se trataba de una función de música al aire libre realizada por las bandas militares, a las tardes y noches en las plazas principales de las ciudades. Mientras las bandas tocaban, las familias acomodadas paseaban, los niños jugaban y las gentes del pueblo las escuchaban y miraban asombrados.
Una vez que terminaron las batallas de la independencia muchos de los músicos de las bandas militares se quedaron sin ocupación pero no necesariamente sin sus instrumentos; por esta razón la mayoría de los músicos licenciados pasaron a formar parte de las agrupaciones musicales de las ciudades y pueblos, transmitiendo sus conocimientos a sus compañeros, al mismo tiempo que motivaron e impulsaron la formación de agrupaciones musicales del tipo banda. Igual papel cumplieron algunos directores de las bandas militares, quienes contribuyeron al desarrollo profesional de las bandas civiles .De esta manera, en el ultimo tercio del s. XIX, las bandas de tipo militar se hicieron frecuentes en las ciudades y su calidad musical mejoró con la introducción de nuevos instrumentos de viento y bronce inventados en Europa en la segunda mitad del dicho siglo: saxofones, tubas, bombardones. No sólo los batallones militares y policiales tenían sus respectivas bandas sino también los municipios, las sociedades obreras o las cofradías, cuyos integrantes llevaban uniformes de tipo militar a juzgar por las gorras adornadas con insignias, el tipo de chaquetas o el color de los uniformes, por lo general azul, café o plomo. Vestimenta que hasta el día de hoy se destaca en las bandas de los municipios serranos y costeños.
En el ámbito rural, la moda de las bandas militares también llegó a finales del s. XIX e inicios del s. XX. De esta manera, muchas de las antiguas agrupaciones musicales campesinas e indígenas cambiaron los viejos instrumentos nativos y europeos por los instrumentos introducidos por las bandas militares. Sin embargo este cambio no se hizo de golpe y porrazo si no paulatinamente. En un primer momento, dentro de una misma agrupación musical los instrumentos antiguos como flautas, violines y guitarras convivieron con los clarinetes, trombones, saxos o tubas. De ahí que en el cuento “Banda de Pueblo”, José de la Cuadra nos presenta a una agrupación musical montubia que a inicios del s. XX combina instrumentos tradicionales como la flauta y el requinto, con los nuevos instrumentos: trompeta, trombón, barítono y bajo . No obstante a medida que va avanzando el s. XX, estos irán desplazando totalmente a los primeros. En un comienzo los principales proveedores de los instrumentos provenientes de las bandas militares fueron los antiguos reclutas y desertores parroquianos que habían aprendido en el ejército a tocarlos, al mismo tiempo que los más decididos, ya sea una vez licenciados o antes de que ello suceda, se atrevieron a fugar con sus instrumentos de vuelta a sus pueblos .4 Marco Godoy, Las bandas de pueblo, , Promuart, Quito, 1993, p. 10
5 José de la Cuadra, “Banda de pueblo”, en: : Hornos y Repisas, La Gran Literatura de los 30, Vol. 2, Editorial El Conejo, Quito, 1985, pp.66

Consolidación y desarrollo de las bandas de pueblo

A la primera mitad del s. XX corresponde la etapa de consolidación y expansión de las bandas de pueblo. En esta época las bandas empezaron a proliferar en los pueblos y anejos de la sierra y la costa, y fue a inicios del s. XX que la denominación “banda de pueblo” se empezó a aplicar a las agrupaciones musicales pueblerinas que tratando de imitar a las bandas militares de los regimientos urbanos habían incorporado algunos de sus instrumentos de bronce. En dicha denominación había algo de desprecio citadino, ya que era evidente en los músicos rurales la precariedad de sus instrumentos y técnicas de interpretación. Pues a las bandas de pueblo iban a parar los instrumentos desgastados y desechados por las bandas militares, al mismo tiempo que sus ejecutantes tocaba al oído -incluso hasta hoy día muchos de ellos se resisten a aprender nota. Por otra parte no llevaban uniformes, por lo que su aspecto evidenciaba el origen humilde de los mismos, la mayoría campesinos o artesanos pueblerinos: carpinteros, herreros, zapateros etc., de condición mestiza e indígena. A los ojos de las clases altas urbanas, estas bandas debió parecerles una reunión ruidosa de palurdos campesinos, es decir, una caricatura grotesca de las bandas militares a las que estaban acostumbrados escuchar en la ciudad.
Esta apreciación era hasta cierto punto justificable, ya que hasta bien entrado el s. XX, ciertas bandas de pueblo no incluían más de 3 miembros, que podían incluir instrumentos como un saxofón, un bajo y un redoblante, algunas de las cuales producían unas “tocatas infames” -al decir de José de la Cuadra- al extremo que las personas entendidas podían haber pensado que se “había desatado en la tierra los ruidos espantosos del infierno o una abierta tempestad de mar de altura”, pero igual la gente de los pueblos bailaba y se regocijaba . Las bandas que lograba agrupar a más de 8 miembros, eran escasas y se consideraban agrupaciones grandes, por lo que su prestigio era considerable.

La secularización de las bandas de pueblo.

Ya en la primera mitad del s. XX, particularmente en la costa, las bandas de pueblo dejaron de aparecer solamente en las fiestas religiosas. En esta región, antes que en la sierra, las bandas de pueblo se convirtieron en agrupaciones semiprofesionales que tocaban por contrato tanto para participar en fiestas religiosas, en serenos, entierros o bailes organizados por los campesino ricos.De esta manera, las bandas de pueblo se convirtieron en agrupaciones itinerantes o trashumantes que recorrían, en temporada de verano, infinidad de pueblos y caseríos. En la época de lluvias sus integrantes volvía a sus tareas en el campo. Las agrupaciones no tenían nombre propios, solamente eran conocidas por el nombre del director o jefe del grupo. Así una banda de pueblo -como en el caso del cuento de José de la Cuadra- podía ser conocida como la “banda de Nazario Moncada”.6 José de la Cuadra, op., cit., p. 69.
La bandas de pueblo, desde entonces, constituyen grupos firmemente cohesionados; pues sus miembros están unidos por lazos de parentesco y compadrazgo. La banda misma representa una escuela en sí, pues la mayoría de sus integrantes se forman musicalmente dentro de ella, ya que su ingreso a las agrupaciones empieza desde niños. De ahí que muchas bandas tengan entre sus miembros chicos de 5 años, quienes por lo general tocan instrumentos de percusión como güiros o redoblantes. Cuando sean jóvenes o adultos terminaran tocando algún instrumento de bronce.Es frecuente que los mismos músicos padres sean quienes introduzcan a sus hijos en las agrupaciones, pues en muchos casos, éstos terminan remplazando a sus progenitores cuando por su edad ya no pueden tocar o después que han fallecido. Al interior, todos comparten los conocimientos y experiencias musicales, quien más sabe enseña a los demás, y más que criterios musicales propiamente dichos prima una sabiduría básica para repartirse los instrumentos. Los jóvenes tocan los instrumentos que exigen mayor soplido: trompetas, trombones, bombardones y tubas, o ese instrumento que exige cierta contextura física: el bombo. A los viejos se les encargan los instrumentos que exigen menor soplo: saxos y clarinetes. A los niños los instrumentos de percusión livianos: güiros, redoblantes y platillos.
Anteriormente, las bandas de pueblo como cualquier agrupación, contaba con un jefe que no necesariamente era el que más sabía de música si no el de mayor respetabilidad entre los integrantes. Últimamente este lugar ha sido ocupado por el músico más experimentado, el que hace las veces de director y al cual suele llamársele “músico mayor”. Además del jefe o director, hay un encargado de realizar los contratos. En el centro de la sierra se le llama “guashayo” .Esta fuerte cohesión, sumado al hecho de que los músicos son hombres forjados en las duras faenas del campo, explica por qué las bandas de pueblo son capaces de tocar en las condiciones y circunstancias mas adversas sin doblegarse: caminando por caminos culebreros o subiendo escalinatas agobiantes; arrimados en rincones húmedos o soportando las arremetidas del viento en los descampados; hasta altas horas de la noche y en las frías madrugadas; aguantando la inclemencias del clima, garúas, soles caniculares y heladas que a veces cubren de escarcha a los instrumentos; en los cajones de camiones ganaderos o en los techos de buses y “chivas”.7 Pablo Narváez, la vuelta del músico, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Chimborazo, Riobamba, 1997, p. 49-50.
Para soportar las duras jornadas, el aguardiente se ha convertido en fiel aliado de sus integrantes; “mientras más se bebe más se sopla con ganas” comentaba un viejo músico, ya que sin duda el alcohol a más de estimulante constituye una importante fuente de provisión de calorías. Pero al mismo tiempo, el aguardiente es un enemigo declarado de los instrumentos, pues cuando la borrachera llega, no falta alguien quien infrinja un golpee mortal a su herramienta de trabajo o simplemente la pierda, lo que constituye una verdadera tragedia puesto que para obtener los instrumentos sus ejecutantes han tenido que vender un terreno, alguna cabeza de ganado o endeudarse con el chulquero durante un buen tiempo de su vida. De todas maneras y al fin de cuentas, el aguardiente hace más sobrellevadera la vida del músico, sobre todo su “vuelta”, cuando terminadas las atenciones y olvidados por priostes o contratistas, los integrantes de la banda quedan abandonados a su suerte, teniendo que regresar a sus casas como sea. Peripecia que se conoce como “la vuelta del músico”.

Urbanización y orquestación

Desde la segunda mitad del s. XX, una nueva etapa marca la historia de las bandas de pueblo: su orquestación. Hondamente afectadas por la urbanización, las bandas de pueblo han modificado su rostro, obligadas a actualizarse o adaptarse a la vida moderna, lo que ha supuesto no obstante su resurgimiento y por tanto una suerte de apogeo.El avance incontenible de las urbes a los pequeños pueblos de indios y parroquias rurales ubicadas en los márgenes de las ciudades serranas, ha convertido a las bandas de pueblo en agrupaciones profesionales plenamente integradas a las necesidades del mercado. Es por esta razón que las bandas de pueblo ya no están presentes solo en las diversas fiestas de sus pueblos, parroquias o barrios sino también en diversos espacios de la ciudad, ya sea en fiestas particulares, inauguraciones de locales comerciales o animando y decorando una chiva turística.
Para volverse más competitivas algunas de estas agrupaciones musicales han adoptado como modelo a seguir el de las orquestas de música tropical, aunque al hacerlo han perdido interés para la industria turística que, deseosa de resaltar el folklore local, se interesa más bien por aquellas bandas “más rústicas” o de fisonomía rural. Es así como ciertas bandas de pueblo han adoptado uniformes de colores vivos; han introducido instrumentos eléctricos como bajos y sistemas de amplificación; algunas incluso cuentan con vocalistas y sus integrantes bailan mientras interpretan las melodías. Asimismo en su repertorio han incluido ritmos extranjeros tropicales, sin embargo y a pesar de todo ello, siguen sonando como bandas de pueblo, al mismo tiempo que el vinculo con una determinada localidad, parroquia o barrio sigue incólume. Porque sobre todo las bandas de pueblo se deben a un determinado sitio, lo que queda claramente evidenciado en sus denominaciones. Así por ejemplo en Quito son famosas: “La banda de Cotocollao”; “La Banda de la Magdalena”, “La banda juvenil de Santa Clara de San Millán”; “La Banda de Cotocog”, “La banda de Llano Chico” etc. etc. En fin, las bandas de pueblo siguen estando muy ligadas a sus lugares de origen, de ahí que participan casi siempre en las festividades religiosas, sociales, civiles y oficiales de la localidad a la que se deben. Es más, cuando ciertas fiestas religiosas convocan a diversas bandas de pueblo, éstas van allí en representación de sus respectivos barrios, parroquias o comunas, estableciéndose una especie de competencia. Es entonces cuando la otra acepción de “banda”, esto es, insignia, bandera o emblema puede también aplicarse a estas agrupaciones musicales.
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1.- Un poncho entre los Andes

Posted in historia with tags , , , , , , , on septiembre 12, 2008 by edmolin657

 
   
Los viajes en avión que son largos ponen al revés las manecillas del reloj y te dan la oportunidad de invertir la moraleja y hacer por la tarde lo que dejaste de hacer en la mañana; porque la mañana empieza cuando llegas a tu punto de destino, o no empieza cuando empieza sino cuando acaba, o empieza la mañana cuando en tu reloj ha empezado ya la tarde. En este modo fue la llegada a Quito, al principio de una mañana que había terminado ya y con el viajero que acumulaba el cansancio de una noche doblemente larga.

Tan pronto fueron abiertas las maletas en mi habitación los nudillos de una mano golpearon la puerta por fuera y, al abrirla yo, una sonrisa de flores amarillas me pidió permiso para entrar. La sonrisa era una bandeja llena de zumos y frutas tropicales que se ofrecían a refrescar y dulcificar el principio de mi estancia como huésped. No podía haber un recibimiento más sabroso y más digno de aprecio. Fue esto lo que me retuvo despierto y me ofreció la oportunidad de mirar por la ventana.

El hotel Internacional Quito está elevado sobre la ciudad y al lado opuesto al perfil de Sucre en el monte Pichincha, oposición muy agradecida por mi parte porque este emplazamiento es mucho más exótico y menos patriota, sin representaciones de batallas heroicas; en esta parte el paisaje es el de la calma reflejada en el inmenso valle que parece nacer al mismo pie del hotel.

Sobre mi mesilla, en la cabecera de la cama, veo una tarjeta de visita muy especial en la que se perfila una figura humana desnuda y asexuada, tumbada, recostada en ninguna parte pero horizontal, con un número de teléfono y la sugerencia de poner el cuerpo a la altura de los Andes. En ese momento la bañera ya estaba llena de agua y espuma y calculé que en ella cabría más de una persona; sin embargo decidí no abandonarme en ella y no despreciar la invitación de la tarjeta y el número telefónico.

La ciudad de Quito parece un enorme poncho de los quichuas que hubiera caído del cielo y se quedara aquí tendido bajo el sol vertical del ecuador, en un suelo privilegiado por las cumbres nevadas de los cuatro volcanes que están a sus cuatro puntas.

El baño caliente y perfumado me devolvió la consciencia sobre mi cuerpo. En cualquier parte del mundo ocurre que pagando en dólares se hacen realidad los deseos de confort y es posible sumergirse bajo la espuma de Rochas aunque sea a cuatro mil metros de altitud.

En el instante final de este primer placer que yo me permitía llegó la respuesta a mi demanda telefónica; era una muchacha quiteña vestida de azul, con un sombrerito negro sobre la cabeza y una mochila de colegiala a la espalda. Me pidió hacer uso del cuarto de baño y entró a cambiarse mientras yo me dejaba caer sobre la cama; en pocos minutos volvió a salir como si fuera una alumna de las aventajadas en educación física; me entregué gustosamente a sus manos intuitivas y adiestradas para distender cada músculo, cada hueso y cada nervio mío, para recuperarme del insomnio. Mientras permanecí en la ciudad y cada día que pude volví a solicitar los servicios de esta bella quiteña que me regalaba trofeos de bienestar.

Ojalá pudiera uno encontrar un truco para rebobinar la historia y hacer un nuevo montaje de ella. Yo haría entonces una película de canciones indias de todos los pueblos de América, en la que los conquistadores fueran conquistados, que toda la sangre de las batallas fuera música y la codicia de los explotadores fuera pasión por ser amados de estas gentes que, como escribiera Colón en el principio de su diario, son tan generosas que dan de sí todo cuanto tienen; entonces alcanzaríamos la simbiosis perfecta de la magia y la utopía, la alianza de la naturaleza y la razón; entonces no hubieran surgido monumentos ni a las batallas ni a los mártires.

El turista recién llegado a un país es objetivo esperado por quienes viven de explotar la ignorancia o la buena fe de los demás, por los buscadores de primos a quienes dar el pego con el broche de oro, la esmeralda de ganga, la falsa arqueología y el falso folklore con apariencia de verdadero; si además el forastero es compatriota de quien lo recibe, entonces pagar también por su sensiblería y con ella tendrá que pagar el descaro de quien le ofrece fascinantes aventuras a la vez que le pide no importa qué trozo de patria que lleve en su maleta. Ese fue el pretexto con el que en mi habitación se consumieron tres botellas de brandy jerezano y unas cuantas cajetillas de tabaco negro ardieron, a más de otras tantas desaparecidas sin ni siquiera dejar allí el humo. A veces no es uno solo de estos cazadesprevenidos el que aparece sino varios o una nube de ellos. Pero en este caso se trataba de un tipo especialmente favorecido, porque venía pertrechado de historias asombrosas y todavía nuestras divisas estaban intactas.

Hay palabras misteriosas que encierran mágicos tesoros en su significado, incluso para quienes las escuchan por primera vez. Es fácil que en América una palabra tenga connotaciones exóticas, con un trasfondo de aventura y una promesa de riqueza fascinante, casi siempre dorada.

En Ecuador la sola palabra Llanganati es objeto de mil interpretaciones y descripciones diversas, porque ese nombre es ya toda una leyenda.

La habitación 403 iba llenándose del humo de Ducados y del aroma de Jerez, mientras otra bruma, más espesa todavía, llamada Llanganati, impregnaba el ambiente con historias contadas a retazos por un loco descarado llamado Ernesto, de barba y cabello blanco, con gafas gruesas y verborrea incesante, atragantado con el tabaco y el brandy. No mi generosidad, sino la de mis compañeros me obligó a escuchar hasta altas horas de la madrugada los cuentos de aquel sonado, remedo de viejos buscadores de Eldorado. Las oscuras montañas de que nos hablaba, según salían de su boca, ensombrecían mi cuarto y sentíamos ya la humedad fría de sus nieblas perpetuas, asfixiantes, encubriendo el relumbrón de los ingentes tesoros del Inca que los había sepultado allí y que todavía ningún valiente, ningún audaz aventurero, los había recuperado.

Yo, que no buscaba más aventura que la que en ese momento vivía, estaba deseando ya que cada día me contaran una historia como esta, aunque se agotaran las reservas de mis maletas. El colmo de mi felicidad se hubiera dado de contar con otro narrador, un viejo cura de aldea, por ejemplo, un profesor de instituto sin ganas de comerciar, una bruja, un curandero, un alcalde de municipio minúsculo, insignificante, no un vivaracho presumido y engañabobos como este; pero aquí estaba él con su mórbido relato que me tomó desprevenido y que, por tanto, me era imposible sospechar adónde podría llevarme.

Al llegar a Quito no hay un solo ciudadano que no se esfuerce en proclamar la deliciosa climatología que se disfruta, y recalcan en unas cualidades o en otras según les parezca oportuno; Siempre es primavera aquí, dicen. Tenemos las cuatro estaciones en un día. Lo que venga al caso, por muy diferente que sea. Porque efectivamente en una sola carrera de taxi se puede viajar a través de una tormenta de granizo, de un sol espléndido y de la más espesa niebla.

Pero a mi juicio hay una cualidad más notable todavía que todas estas y es la pureza del aire. Naturalmente es preciso estar acostumbrados a vivir en una de esas ciudades enmohecidas por la contaminación atmosférica para poder sorprenderse ante la pureza del aire de Quito.

Más allá de esto, el extranjero se da cuenta realmente de la climatología de esta ciudad cuando viva en ella una mañana enteramente diáfana, aunque no haga más que caminar por sus calles, pero sobre todo si se dispone a un paseo o excursión por el campo; entonces sabrá lo que significa Ecuador, donde el sol cae vertical sobre la tierra. Además de la proximidad extra del sol, por su verticalidad, atraviesa un cielo tan transparente que abrasa la piel del recién llegado. Por esto los naturales del país tienen la tez de un preventivo filtro solar.

Yo amanecí a mi primera mañana quiteña después de una noche cargada de brumas de historias extrañas. Mezclar alusiones a los tiempos de la conquista, –que en el caso de los incas fue especialmente cruenta, porque, entre otras razones, la sociedad incaica era cruenta ya de por sí– con la persistente quimera del oro, y ambientarlo en la geografía inhóspita y fría de los Llanganati, daba como resultado una cierta desazón.

Esa noche había decidido apartarme del velorio cuando iba a comenzar su segundo capitulo, ese en el que mis compañeros van a morder el anzuelo lanzado por Ernesto, prometiendo organizar una gran expedición a los Llanganati, porque, entusiasmados, allí encontrarán el fabuloso tesoro que hace casi cinco siglos ocultaron los incas para que los españoles no lo cogieran. La expedición habrá de ser filmada para la televisión con todo lujo de medios técnicos y de personal y resultaría, a buen seguro, de un gran interés científico.

El segundo día fui capaz de madrugar tanto como para contemplar al Cotopaxi desperezando su nevado bajo el sol, al otro lado de este valle del Guápulo por donde, otro día de hace siglos, Orellana salió de Quito camino del Amazonas. La niebla en el valle reposaba como si fuera un embalse de nubes, lleno a rebosar, entero, desde mi hotel al Cotopaxi; todo el camino parecía ser llano. La piscina termal bajo mi ventana exhalaba en el amanecer andino sus vapores cálidos acentuando lo paradisíaco del lugar, y una sola bañista, con maillot azul, nadaba en ella cuando eran las seis de la Mañana.

No siempre, pero a veces Sí, despertando pronto se tiene la suerte de ver lo que ocurre a esa hora y que Después no vuelve a ocurrir.

El hotel Internacional Quito es el más frívolo y festivo de la ciudad. Cada temporada taurina se ve lleno de fiesta española, con los toreros hospedados Aquí, sus cuadrillas y chicas guapas, otra raza de manolas, mestizas y mulatas, que son gustosas de acrecentar el folklore y la juerga. Aun fuera de temporada el hotel mantiene su aire desinhibido y jovial, lúdico, con muchos empleados vistiendo trajes indígenas, haciendo gala de una amabilidad permanente y una paciencia sin límites. Vivir en él es un placer, rozando la lujuria que no resulta casual sino acostumbrada; jugoso, fresco y aromático, como la piña tropical, el mango, la naranja y la papaya, dulce como los labios de una muchacha india y exuberante como el saludo del indígena puro, incontaminado, que conserva el vigor de la raza americana y el espíritu montaraz, hombre que lleva dentro algo de dios andino y algo de puma selvático.

Queramos admitir o no como tópicos estas expresiones, por aquello de que cualquiera que no viste nuestro estándar de diseño occidental ya es exótico, lo cierto es que me resulta admirable el hecho de que todavía existan seres humanos con vestigios de raza pura o, al menos, que se parezcan a su tierra, que tengan una forma de vida peculiar enraizada en su lugar de nacimiento. Por esto los europeos y los norteamericanos y los japoneses ya no se me parecen a ningún dios y los encuentro imposibles de mitificar y, hasta cierto punto, inhabitables para la poesía. Llevamos el occidentalismo como una hibridación de raza y hemos perdido la mayor parte de nuestro parecido con la naturaleza. Quienes nos hemos sumergido tanto en la sociedad industrial – consumista nos hemos alejado de la naturaleza tanto que, entre ella y nosotros, resultamos ser unos perfectos desconocidos.

Al indio americano, incluso al mulato y al mestizo de pocas generaciones, no se les quema la piel con el sol porque todavía la conservan bruñida, heredada de sus antepasados, emparentados con los naturales de los ríos y de los montes, con los seres míticos de los bosques y las selvas.

Yo sé que cada vez que voy a América vivo sobreexpuesto a esta impresión de encantamiento, debido a que todavía la veo como la pintan los relatos de viajes del siglo XVI: El Nuevo Mundo; siento que es un mundo que conserva mucho de nuevo respecto al nuestro viejo. Pero en este viaje mi predisposición a creer en la divinidad de los indígenas era aún mayor, teniendo en cuenta que nuestro objetivo más importante eran los indios de la selva virgen: Lo más recóndito de aquello nuevo antiguo, la América original. Por eso el hechizo que me produjo la muchacha mestiza de sombrerito negro fue tal que, cautivando todos los sentimientos míos y reduciéndolos a uno solo y feliz, aniquilando hasta las más pequeñas tristezas o volviéndolas al revés, todo me lo embebió de esa enjundia especial, del encanto, por muchos conocido, cuyo síntoma más frecuente es la continua sonrisa en plena cara.

Galina Andrade, … se me va a reír usted, quería ser rockera; pretendía llegar a formar parte de un grupo de rock que se hiciera famoso. Tenía la voz como la tendrían las pequeñas viborillas si cantaran, era como el tallo de un tulipán, como un hilillo de agua transparente, como el aire dentro de un canuto que sopla el vidrio, era como las indias de los cuentos de los europeos de hace quinientos años. Galina Andrade, con su nombre llegado de las riveras del Mármara y su apellido de oleaje suave y marinero de los mares gallegos, con su piel acharolada por el hibridaje de barcillo con pedigrí, quería ser una chica del rock. Podía. Podía ser lo que quisiera. Ojalá lo sea.

Las etnias de la selva amazónica y de las cejas de la montaña andina, mucho más suaves que las de los altiplanos, eran más agraciadas en su aspecto físico. A estos niveles bajaron los incas de los valles interandinos, a embellecerse, a medida que los iban conquistando. Galina Andrade debía descender de un grupo de estos indígenas que vivían en las lindes de la selva amazónica, cuando algún europeo con mucha suerte pudo cruzar con ellos su sangre. Tenía plumas en las manos y su aliento era el aliento que tiene la sangre dentro de las arterias calientes. Con sus plumas me embrujó como con varitas azules, igual que si en un resquicio de mí hubiera entrado un grano de maíz dulce. Sus manos me estremecían con ese sobresalto que sufren dos hojas verdes al juntarse por medio de una gota de agua.

Mientras yo la conocí, Galina terminó los exámenes de grado y empezaría a estudiar medicina en el curso siguiente. Y … se me va a reír usted, yo, por eso, porque quería tener un grupo de rock. No tuve tiempo de conocer de Galina más que su nombre y su primer apellido, el celofán humectado y brillante de sus labios, la laca de sus uñas, sus bambas y sus camisetas, su mochila de colegiala, y ni siquiera supe qué llevaba dentro; a lo más secreto suyo que llegué fue a verla mirarse en el espejo del pasillo cuando volvía a salir de mi habitación; allí recomponía su sobrerito con las dos manos y se miraba por los dos lados que podía verse, por encima de un hombro y por encima del otro. Quiteña, diecisiete años al nacer. Valdría la pena, para más de uno, ser el eterno escritor de tus versos. Porque todavía no has nacido a la civilización contaminada, la que taladra agujeros en la estratosfera y que despega tanto las capas superficiales de la piel de las profundas de los sentidos.