José María Roura Oxandaberro


PINTOR.- Nació en Barcelona en 1.882 y fueron sus padres legítimos Francisco Javier Roura y Mariana Oxandaberro, españoles. Desde niño tuvo inclinaciones para el dibujo pero su padre se empeñó en que estudiara una profesión útil y lo llevó a la Facultad de Química y Farmacia de la Universidad de Barcelona donde culminó los cursos y estableció una botica, aunque por muy poco tiempo, pues en 1.906 abandonó definitivamente las fórmulas y prescripciones y se trasladó a París, capital mundial del arte, donde existía un gran ambiente para el desarrollo de todas las manifestaciones del espíritu.

De Francia pasó a Italia en plan de aprendizaje y nuevamente en París fue contratado por una galería alemana llamada “Casa de Artes” para viajar al Africa en busca de paisajes y gentes de exotismo, ofreciéndole un ventajoso contrato, pues le aseguraban la compra de todas sus obras al óleo, a plumilla y a tinta china; pero como por los relatos que había oído a su madre y de las conversaciones con el joven poeta Aurelio Falconi Zamora, sabía que iguales panoramas de exotismo existían en América, viajó en 1.908 a Venezuela donde pintó una serie de grabados sobre la casa natal del Libertador. Posteriormente estuvo en Panamá antigua y realizó un notable trabajo de sus ruinas. Siguió a Bogotá y perennizó la quinta de Bolívar, que había cobijado sus amores con Manuelita Sáenz, todo ello para la Casa de Artes.

En 1.910 arribó a Guayaquil y se dedicó a trabajar sus idílicos rincones montubios. En su anhelo de copiar todo cuanto veía recorrió los pueblecitos de la costa marítima y por los montes avanzó a Quevedo, Mocache, Palenque y otros poblados, majando lodo y ensueños, recobrando visiones de un paisaje que se iba perdiendo en esas comarcas al terrible empuje del progreso. Luego pintó por casi cuatro años en el oriente e investigó la vida de los aborígenes a los que curaba gratuitamente.
En 1.914 la “Casa de Artes” liquidó por la guerra y Roura quedó sin el apoyo económico que le había permitido vivir. Entonces se estableció en Quito, intervino en la II Exposición anual de la Escuela de Bellas Artes y obtuvo el premio en Dibujo, También pintó dos series de aguafuertes y contrajo matrimonio con Judith Cevallos el 17.

Con ella recorrió las principales capitales de América (Lima, Santiago, Buenos Aires, México, las costas de California) presentando numerosas exposiciones y siempre en afán trashumante, pues amaba la libertad que dan las aventuras; sin embargo, no se alejaba demasiado de su hogar y poco a poco fueron naciendo ocho hijos. “Su sueño era comprar un barco y vivir con su familia en él, mientras se trasladaban de un sitio a otro, moviendo sus manos y sus pinceles.

En 1.923 visitó Venezuela donde hizo algún dinero. De regreso casi adquirió una casa que vendían barata en Quito, pero prefirió invertir en el famoso barco. Con tal motivo bajó a Guayaquil y se fascinó con las antiguas casas del barrio del Conchero – llamado Villamil – salvadas del Incendio Grande de 1.896. Una colección de primorosas plumillas fue expuesta el 9 de septiembre de 1.925 en los salones de la biblioteca del colegio Vicente Rocafuerte, causando el revuelo artístico y cultural que era de esperarse, porque su creación coincidió con una nueva forma de pensar y de mirar la realidad, que ya estaba incubándose. Por eso se ha dicho que de allí surgió en 1.930 los cuentos del cholo y del montubio, inicio en el Ecuador de una nueva forma narrativa llamada del realismo social, por la crudeza de situaciones y personajes, que no solamente fueron populares sino también místicos y legendarios como el don Goyo de Demetrio Aguilera Malta y los Sangurimas de la saga dramática de José de la Cuadra.

El 26 fundó una Academia de Dibujo en Boyacá entre Ballén y Aguirre, casa de la familia Alvares García. Dictaba dos horas de clases al día, una por las mañanas y otra por las tardes. Los fines de semana salía con sus alumnos para mirar el paisaje de las Peñas, el Conchero, el Mercado Sur de hierro, los Cerros del Carmen y Santa Ana, el estero Salado, las canteras cercanas, las casitas viejas de caña y tuvo entre sus alumnas a numerosas y distinguidas damitas de sociedad. Sus cursos comprendían clases de dibujo, pintura y grabado (Aguafuerte, punta seca, madera y linóleo) así como arte decorativo aplicado al hogar y a las industrias.

El 27 también comenzó a dictar clases en el Vicente Rocafuerte y con Enrico Pacciani, Profesor de Escultura, fundó la sociedad “Allere Flamma” con una Exposición de Esculturas y Dibujos de las que queda un hermoso Catálogo. El 28 trabajó con Pacciani y con el Profesor de Historia, Pedro José Huerta, el proyecto de urbanización del Barrio del Conchero y la restauración de sus casas antiguas de madera, dibujándolas en su totalidad, pero no encontraron el debido apoyo municipal y el asunto fracasó.

Entre sus mejores amigos se contaban Pedro Maspons y Camarasa, Onofre Castel, Segundo Espinel Verdesoto, que comenzó como su alumno y a quien becó e hizo su ayudante. Otros alumnos suyos fueron Eduardo Solá Franco, Monserat Maspons y Bigás, su hija Judith Roura Cevallos, etc.

Hay que destacar sus viajes a la zona central de la provincia de los Ríos donde casi no existían médicos; por eso, aparte de dibujar también recetaba males menores, ganando la amistad y gratitud de las gentes.

Por esos años las faldas habían subido de los tobillos a las rodillas poniendo al descubierto las hermosas piernas de las mujeres y era lo más chic usar medias blancas de seda, que Roura adornaba con mariposas amarillas o con frutas de todos los colores, para los cocktails dominicales del salón Fortich o los paseos al aristocrático Jockey Club.

El 32 visitó las Islas Galápagos y pintó una serie titulada “Las Islas Encantadas”. Las series de Guayaquil y Quito llamó “Guayaquil Romántico” y “Quito Colonial”, pero su especialidad eran los árboles, sobre todo los de color rojo subido que le emocionaban perdurablemente. Igualmente las marinas, pues siempre fue el eterno enamorado del mar.

Durante los tres años de la guerra civil española trabajó al lado del Cónsul republicano Castel en pro de la causa leal, colaborando en diversos programas de ayuda como el llamado “Socorro Rojo” para enviar comestibles y vituallas a los combatientes.

Poseía gran destreza y habilidad para el dibujo, sus líneas sinuosas y ondulantes llenaban las composiciones de hermosísimos detalles. Con el óleo su cromática se tornaba brillante, alegre, cálida y acorde con la naturaleza americana y llegó a crear hermosos cuadros de árboles del litoral, especialmente ciruelos, algarrobos, mangos, samanes, guasmos, guayacanes, matapalos, palmeras, tamarindos, acacias, etc.

Todo rezumaba su amor a la naturaleza, al aire, a la atmósfera, dentro de un temperamento liberal, espontáneo, armonioso, emotivo, rápido, que le distinguía. Se ha dicho que su arte estuvo libre de todo academicismo formal y sus obras son explosivas de naturalismo, sobre todo cuando retrata el frescor de la selva, la desolación de las Galápagos, las fiestas montubias, la majestuosidad de los páramos andinos y los grandes ríos del litoral.

Por eso descolló entre los pintores extranjeros en el Ecuador tales como León Camarero, Carlos Libero Valente, Raúl María Pereira, Paul Bar, Luigi Casadío, Hans y Else Michaelson, Enrico Pacciani. Jan Schreuder, Ezzio Patay y Lloyd Wulf.

Falleció en Guayaquil el jueves 17 de enero de 1.947, de solamente 65 años de edad y está enterrado en el Cementerio general. Su apodo era “Pep” diminutivo en catalán de Pepe y su lema favorito “Von vent y barca nova”.

Hablaba poco y casi no se le entendía por su marcado acento y una rara forma nasal conque entonaba las palabras. De estatura más que mediana, contextura gruesa y robusta, frente amplia, melena encrespada, calvicie pronunciada y con mucho pelo a los lados. Los labios gruesos, la nariz roma, los ojos claros, el pelo café y una gran corbata de lazo, anunciaban al simpático artista bohemio de armonías cromáticas y visuales, al genial plumillista del Guayas del ayer y al dibujante pintor.

“Sencillo, alegre, amiguero y de espíritu aventurero como su abuelo materno, quien había sido Capitán de Navío y pudo recorrer toda América”. Activo, bonachón e incansable, amaba los viajes y vivía embelesado en su arte. Dos enormes cuadros, prácticamente murales, se conservaban hasta hace veinte años en el gran comedor de una vieja casona guayaquileña de los Castel, pero ignoro donde estarán ahora. Lamentablemente no dejó discípulos inmediatos pero si una escuela y un estilo que se ha venido remozando con el tiempo y se repite a través de numerosos seguidores suyos tardíos. Por eso Roura está considerado un precursor de la plástica ecuatoriana contemporánea, especialmente en el arte difícil y de gran acabado de las plumillas en tinta china.

Fuente: Biblioteca Rodolfo Pérz Pimentel

 

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: