Gonzalo Zaldumbide

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GONZALO ZALDUMBIDE GOMEZ DE LA TORRE
DIPLOMATICO Y ESCRITOR.- Nació en Quito el 25 de Diciembre de 1882. Hijo legítimo del ilustre poeta Julio Zaldumbide y Gangotena y de Rosario Gómez de la Torre Nájera, quiteños.Huérfano de padre, a los cinco años, viajó con los suyos a Ibarra y allí estudió la primaria, viviendo largas estancias en la idílica hacienda “Pimán”, que inmortalizaría en su novela “Égloga Trágica”.Después siguió la secundaria en el Teodoro Gómez de la Torre y de regreso a Quito entró al San Gabriel de los padres jesuitas hasta graduarse de Bachiller en Humanidades Clásicas. De 19 años pasó a estudiar derecho en la Universidad Central y se hizo notar por unas traducciones de los poetas franceses Leconte De L’lsle y Apeles Mestres. Por eso, cuando el 15 de Mayo de 1902 se fundó la Sociedad Jurídica Literaria al amparo de la Universidad Central y comenzó a publicar una Revista, publicó en el primer número de ella su poema “El anarquista”, habló de sus neurosis de fin de siglo y del papel que jugaban los jóvenes en la sociedad moderna y al inaugurarse el curso lectivo de 1902 al 3, fue escogido para leer el discurso de orden y aprovechó la oportunidad para comentar el Ariel de José Enrique Rodó, “dando un toque de rebato a los hombres de talento para que salvasen a América de las corrientes de morboso desaliento”. El presidente de la República, General Leónidas Plaza y su Canciller “premiaron la intervención del elegante y valiente joven” con una beca para que terminara sus estudios en París.

En 1903 escribió una elegía a la muerte de su amigo Rafael Rúales que ejercía la presidencia de la Sociedad Jurídico Literaria y un ensayo monográfico sobre la soberanía nacional, publicado en la revista de esa sociedad, en dos partes, que le mostró mas literato que jurista.

En 1904 aplaudió la aparición de la novela “A la Costa” de Luis A. Martínez y viajó a París, pleno de humanismo, residiendo entre los grandes de la literatura europea a los que trató muy cercanamente durante esos años, los mejores de la bella epoque.

 

El 5 pasó a recorrer España, luego siguió a Suiza y a Italia, bebiendo en las fuentes de la cultura europea. El 8 escribió “La Ilusión de viajar” a su amigo Luis Robalino Dávila y dio a la luz su primer estudio crítico de gran envergadura titulado “En Elogio de Henrie Barbusse” – autor de la novela El Fuego- que por entonces era casi un desconocido en el mundo de las letras hispanas. Igualmente publicó “La Evolución de Gabriel D’Annunzio”, el grande poeta del amore, así como el cuento “La parábola de la Virgen Loca y de la Virgen Prudente”.

El Elogio y la Evolución habían aparecido poco antes en París y le situaron entre los jóvenes críticos mas promisorios, al punto que Cansino Assens asegura que no se puede hacer – una crítica de la obra de Barbusse sin tener en consideración el estudio de Zaldumbide. Mas, intempestivamente en 1909 y cuando hubiera podido producir mucho en favor de las bellas letras, regresó al Ecuador, quemó papeles y se recluyó en Pimán a escribir una novela sobre el retorno, con exquisito y brillante estilo cuasi modernista, dentro de un ambiente romántico muy del siglo XIX que acababa de terminar, bordeando la prosa poética al describir morosamente las emociones de los personajes, el celaje de los paisajes y la majestad del entorno bucólico del campo de Imbabura. Novela al estilo de “María” de Jorge Isaac, que también acusa los síntomas de una desencantada desesperanza. Zaldumbide tituló a su obra “Égloga Trágica”, justamente por eso y porque además sus personajes actúan con un fatalismo trágico y piensan como refinados decadentistas. Por ello la Égloga constituye una hermosísima aberración en nuestra literatura, pues no solo inauguró otra etapa de relatística feudal sino porque a través de su publicación fragmentaria desde París en 1915 y bajo el seudónimo de R. de Arévalo, “influyó en buena proporción en el desvío de algunos modernistas de la generación decapitada”.

Sin embargo el retiro en el campo le duró poco, pues en 1911 inició su larga carrera diplomática al ser designado secretario, de la Misión ecuatoriana en Lima, donde permaneció hasta 1913. en que regresó a Francia como Primer Secretario; pero no se crea que olvidó a las bellas letras, pues el 13 prolongó las Anécdotas de mi vida de Miguel Valverde. el 19 el poemario Voces de Adolescencia de Gonzalo Cordero Dávila y también escribió sobre Manuel J. Calle.

Mientras tanto, al llegar los días de la Gran Guerra, se negó a abandonar París, que iba a ser bombardeada a distancia por los cañones Krupp y como además escribió un hermoso artículo sobre el heroísmo de los franceses, mereció el formal agradecimiento de parte del gobierno de esa nación.

Para entonces ya era considerado un escritor de poesía con textura y personalidad profunda, de prosa tersa, armónica, de estilo parco, moderno y penetrante, de equilibrio de lenguaje e ideas, de aristocrático buen gusto.

Para 1918 redescubrió en un artículo aparecido en la revista de la S.J.L. de Quito al gran poeta Juan Bautista Aguirre Carbo, autor de la “Carta a Lizardo”, al que había podido llegar a través de los estudios biográficos del crítico argentino Juan María Gutiérrez, pero “le quedaba como una fascinante empresa y como un verdadero reto, dar con aquel cuaderno de versos que recién llegó a localizar veinte años después, permitiéndole el estudio final sobre Aguirre y su definitiva restitución a las glorias de las letras en 1942.

En 1921 ingresó a la Academia ecuatoriana de la Lengua como el gran crítico nacional que nos representaba tan dignamente en París. Para entonces había terminado su enamoramiento a Merceditas Moría Flor, a quien estuvo a punto de pedir en matrimonio, y había contraído nupcias con la pianista igualmente guayaquileña Isabel Rosales Pareja, que le deslumhraba con su arte y belleza. De su matrimonio nacería únicamente su hija Celia, también notable pianista, quien vive en la actualidad en Quito.

En 1921 comentó el Diccionario inédito de Alcedo y el 22 introdujo un proyecto sobre reforma de la enseñanza, terminó sus gestiones en Francia y pasó de Encargado de Negocios a Roma, aunque por poco tiempo, pues el 23 regresó como Ministro plenipotenciario a Francia y allí quedó hasta el 27, que fue enviado a Washington, a negociar aunque infructuosamente un arreglo limítrofe que pusiera término a nuestras diferencias con el Perú dentro de la Fórmula Mixta.
Por esa época inició sus tres estudios críticos, que junto al del padre Aguirre, le han proporcionado fama internacional. Me refiero a los que compuso en honor de José Enrique Rodó, Juan Montalvo y Gaspar de Víllarroel, dentro de la corriente del pensamiento arielista de los años 20 al 30 los dos primeros y el último netamente erudito y fruto de sus investigaciones y pesquisas bibliográficas en España. Por ello vendría al caso dividir los estudios críticos en dos partes diferentes, Montalvo y Rodó como fruto de apetencias intelectuales vitalizadas con la lectura de libros sociales; Aguirre y Villarroel como cosecha del pasado, resurgimiento y reinvindícación de una escuela culterana que también floreció en América y que había sido mal comprendida y peor interpretada por los críticos del siglo XIX. En eso Zaldumbide fue un verdadero zahori para descubrir el oro de entre el polvo de siglos de olvido.

En 1926 había contribuido con sus propios medios a la edición de Páginas Selectas” del malogrado Medardo Ángel Silva que aparecieron en París bajo el título de “Cardiograma de una generación”. El 27 escribió sobre el crítico y poeta Remigio Crespo Toral. (1)

El 29 pronunció el Discurso de Orden en la Fiesta de la Lira de Cuenca, fue llamado a Quito a posesionarse como Ministro de Relaciones Exteriores y elaboró una nueva estrategia internacional con el Perú, a base de descubrir hasta donde podría ir el Ecuador en sus concesiones para un arreglo limítrofe definitivo.

El 30 viajó a Ginebra como Delegado Permanente del Ecuador en la Sociedad de las Naciones. El presidente Ayora quiso designarle su sucesor pero se cayó en 1931 aparatosamente.

 


(1) En una entrevista para “El Telégrafo” se declaró contrario al americanismo literario pues creía que el Ecuador y Latinoamérica era una continuidad de Europa. “Se quiere a todo trance vestirnos de plumas y taparrabos para hacernos aparecer más originales. Dígase lo que se quiera, nosotros tenemos más de Europeos que de Indios”.

El 33 pronunció en el Instituto de España en los Estados Unidos una conferencia sobre el “Significado de España en América” y también un cordial “Elogio de Bolívar”. Su esposa había regresado a París donde falleció a fines de esa década.

El 34 fue declarado Hijo adoptivo de Cuenca en una visita apoteósica que realizó a esa ciudad. La recopilación de sus discursos y otros artículos tales como: Un gran poeta ignorado. Regreso a Cuenca, Reminiscencias y Confidencias, aparecieron en “Zaldumbide en Cuenca de los Andes” en loo páginas. En 1937 regresó al Perú de Ministro Plenipotenciario y habiendo sido notificado de que el gobierno de esa nación estaba despachando armas a la frontera, para invadirnos, pidió una conferencia privada al presidente, quien le entregó una carta personal para el dictador Alberto Enríquez Gallo, proponiéndole abandonar la Fórmula Mixta en Washington y llegar a un acuerdo directo. Zaldumbide viajó a Quito y de común acuerdo con el Canciller Luis Bossano, obtuvo un telegrama de Enríquez para Frankiin Delano Rooseveit, renunciando a la mediación norteamericana.

Vuelto a Lima, poco después ocurrió un incidente fronterizo en las islas de Matapalo. El nuevo Presidente ecuatoriano Manuel María Borrero pido la intervención de Rooseveit y éste se excusó. Allí saltó la liebre, se hicieron las averiguaciones en Cancillería y no se encontró la copia del famoso telegrama. Zaldumbide fue llamado a Quito y se produjo la sesión reservada en la Asamblea Nacional Constituyente, donde tuvo que explicarse sólo, pues Bossano no pudo ser localizado por haber viajado a una hacienda de la provincia del Chimborazo. El asunto se hizo escandaloso por unos días. Vuelto a Pimán, no regresó a Lima, perdiendo su Misión; mas la política cambió y un año después Mosquera Nérvaez lo envió como primer Embajador a Colombia y allí se estuvo durante los aciagos días de la invasión en 1941.

El 40 pronunció en Bogotá una conferencia sobre el Prócer Antonio de Villavicencio. El 42, el nuevo Canciller Francisco Guarderas Pérez, su amigo desde la infancia, le envió con iguales funciones al Brasil y residió en Río de Janeiro hasta el 45.

Viudo prematuramente, vivió ilusionado de Teresa de la Parra Sojo, una de las más lindas mujeres escriores de América, que firmaba bajo el pseudónimo de “Ifigeria”.

En 1947 la Academia Argentina de las Letras editó “Cuatro Grandes Clásicos Americanos” con sus estudios sobre Rodó, Montalvo, Villaroel y Aguirre. Esa recopilación volvió a ser editada el 51 por el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid.

El 48 asistió a un Congreso del Comité Franco Americano con sede en París y siguió a España invitado por el gobierno de Franco al Congreso Hispanoamericano de Historia.

En 1950 su pariente político el presidente Galo Plaza lo nombró Embajador en Londres. El 51 pasó con igual rango a Chile. El 54 y estando nuevamente en Quito, el académico José Miguel Leoro anunció la novela secreta de Zaldumbide, que perurgido por numerosos amigos, se decidió a publicarla entera en 1956, en 336 páginas como “novela en cuatro actos”, con prólogo de Francisco Guarderas, bajo el título ya citado de “Égloga Trágica”.

Pronto la crítica conservadora la acogió con frenético entusiasmo. Una segunda edición data del 57 con estudio introductorio del Jesuita Miguel Sánchez Astudillo. Espinosa Pólit escribió un análisis de su estilo y lo tituló “Dieciocho clases de Literatura” y Tobar Donoso dividió al siglo XX de las letras ecuatorianas en antes y después de la publicación de “Égloga Trágica”. Empero otros autores como Juan Viteri Durand hicieron notar sus fallas estructurales —léase el Manto de Academus— y algunos amigos del propio Zaldumbide se la criticaron amistosamente. Por ello su autor acordó suprimir algunos capítulos innecesarios o que retardaba el desenlace, y así apareció en edición definitiva en Méjico, en 1968. De allí en adelante la novela dejó de agitar a la opinión y hoy se halla casi olvidada.

El 58 pronunció en Quito un discurso de “Homenaje a Carlos V en el cuarto centenario de su muerte” pues se vivían etapas conservadoras y el falangismo español se empeñaba en sostener un-imperialismo elitista y cultural alejado de la realidad hispanoamericana. El 59 escribió otro discurso: “Carlos Montúfar, mensajero de conciliación enviado tarde”. El 60 aparecieron las “Páginas .de Gonzalo Zaldumbide seleccionadas por el crítico Humberto Toscano, con erudita Introducción del padre Sánchez Astudillo, en dos tomos.

Por entonces solía reunir en la biblioteca de su casa, a un selecto comité de amigos literatos compuestos invariablemente del Padre Sánchez Astudillo, S.J. Humberto Toscano, Hugo Moncayo, Francisco Guarderas y algún otro amigo. A las dos pasaban a almorzar y a las 5 acababan la reunión. En ocasiones asistían otros escritores como Francisco Tobar y García, algún extranjero de paso por Quito, etc.

Ocupaba la presidencia de la Academia ecuatoriana de la Lengua y era considerado uno de los mejores estilistas de las letras patrias; sin embargo había cesado en su tarea de crítico, ejercida a conciencia desde sus primeros años hasta la década de los 40 y frente a nuevas figuras como Benjamín Carrión, cuyo pensamiento representaba el triunfo de la revolución populista de Mayo del 44, ya nada podía ofrecer, pues por su alejamiento del país había perdido el pulso de las nuevas generaciones y su figura venerable y señera solo era una sombra del pasado, que algunos puristas y eruditos trataban de mantener a toda costa, ignorando la realidad nacional.

De Zaldumbide quedan páginas de crítica antológica, su estudio sobre el Padre Aguirre indudablemente es lo mejor de todo lo suyo, pero no se quedan atrás en penetración psicológica, en madurez de juicio y en acierto estilístico, sus trabajos sobre Rodó, Villarroel y Montalvo, así como su Égloga, novelita, modernista, paisajista, trágica y al mismo tiempo bellísima.

Y el caballero español que siempre fue, de frases galanas y porte distinguido, que atraía con sus modales diplomáticos, murió en Quito en 1965, de casi 83 años de edad, de vejez que no da otra cosa, cerrando todo un ciclo de vida intelectual.

Era alto, delgado, tez muy blanca y pelo cano en su vejez. Hablar reposado y con parsimonia, siempre con las palabras debidas pues poseía un amplísimo léxico. Tuvo madera de crítico, prestancia internacional y sus múltiples viajes y cultura europea le convirtieron en un ecuatoriano de afuera, extraño en su propia casa. Égloga Trágica es la mejor prueba de ello, como novela escrita por un patrón extasiado frente al exotismo ecuatoriano representado por la tierra, el paisaje y su gente.

También es importante anotar su colaboración desde 1902 en la revista de la “Sociedad Jurídico-Literaria”. El 12 en “Letras” de Isacc J. Barrera y entre el 25 y el 29 en “América”, órgano mensual de la Sociedad Amigos de Montalvo.

Está considerado uno de los más ilustres estilistas ecuatorianos de todos los tiempos con Solano, Montalvo, Calle, etc.

G. Humberto Mata en su “Zaldumbide y Montalvo”. Cuenca, 1966, Pág. 62 dice: “Don Gonzalo esmeró en la elegancia de su prosa: por sibaritismo que adereza la pose de un auto retrato verbal. Muchas veces observé en Ud. posturas forzadas pero que Ud. suponía que eran selectas, para impresionar a sus circunstantes. Se advierte enseguida lo fingido, lo antinatural. Ud. mismo declaraba: No soy sino un escritor ocasional e intermitente, nunca aspiré a ejercer de escritor profesional, preciso es repetirlo. Tanta insistencia suya pudo provenirle de su subconsciencia que sabía que Ud. era escritor, insisto, de la aristocracia hacendada, cuya mejor nobiliatura cifraba en mandar sus hijos a educarse en Europa.

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