María Leonor Madinya Andrade


POETISA.- Nació en Guayaquil el 15 de febrero de 1.936. Hija de Eloy Madinyá Veintimilla, profesor y luego empleado y de Adelaida Andrade Valero, guayaquileños.

Poco tiempo después de su nacimiento sus padres se separaron y pasó al cuidado de su madre quien contrajo nupcias con Víctor Manuel Herrera Pérez, que le enseñó las primeras letras y las cuatro reglas al punto que la rectora de la Escuela Fiscal No. 23 “José Mejía Lequerica” Sra. Ana Rosa Vera de Salazar, al tomarle el examen de ingreso, declaró gratamente sorprendida que la niña estaba apta para cursar el segundo grado en 1.943.

Fue una alumna aprovechada y brillante aunque bastante enfermiza y de carácter hipersensible y melancólico y tuvo que superar numerosos problemas de adaptación en la escuela y en el hogar. “Era triste y pensierosa y mi maestra mandó a llamar a mi madre para darle las quejas porque prefería quedarme sin jugar en los recreos y ella creía que podía estar débil o enferma. A los ocho años y estando sentada en una hamaquita oyendo la radio, me puse, de improviso, a llorar. Una tía me preguntó ¿Por qué estas triste? Y no supe responderle. Por eso me decían cariñosamente la viejita, pues amaba el silencio. En quinto grado y durante una excursión escolar miré la ciudad desde el cerro y me sentí tan pequeñita que rompí a llorar. Así era yo, vivía triste y a veces me quedaba en clase pensando en mi padre a quien no veía. Yo comprendía que mi buen padrastro no era mi padre y hubiera querido que él lo fuera, pero de verdad”.

“Mi madre era buenísima conmigo, me cuidaba y atendía en todo lo posible, aunque siempre tenía que compartirla con alguien. Solo después de su muerte la siento enteramente mía”.

“A los once años y durante un paseo por la hacienda San Eloy de mi tío y Padrino Miguel Andrade Valero, ubicada en el Salitre, me senté al pie de un árbol verde y frondoso, cerré los ojos y sentí que las hojas murmuraban, vivían y conversaban entre ellas. Fue una sensación maravillosa y pasó rápidamente. Desde ese momento comencé a escribir versos porque me gustaba la naturaleza y sentía la grandeza de Dios”.

“Seguí la secundaria en el Instituto Particular Justino Cornejo situado cerca de la iglesia San Agustín, cuyo rector era el Profesor Oswaldo Hinostroza Firmat. Unas amigas me llevaron a una Biblioteca pública porque yo quería leer novelas románticas y une entusiasmé con María, Cumandá, y Romeo y Julieta, copiando las partes que más me agradaban en varios cuadernos”.

“En 1.953 y de sólo 17 años terminé la secundaria y fui a visitar a mi sobrina Nancy Herrera que vivía con sus tías en el Milagro; pero, al bajar del tren, fui casualmente empujada y caí a un hoyo profundo del alcantarillado. No recuerdo qué tiempo permanecí inconsciente porque me pegué en la cabeza. Al fin me pudieron jalar con una soga y al llegar a la casa me bañé y dormí porque sentía un gran dolor. A la mañana siguiente amanecí mareada pero en la tarde acepté una invitación al cine. En las siguientes semanas tuve problemas con mi visión y finalmente dejé de ver con el ojo derecho”.

“Mi madre me llevó a la consulta del Dr. José Miguel Varas Samaniego y fui asilada en la Sala Santa Lucía del Hospital General donde permanecí casi cinco meses sometida a un tratamiento. Después el Doctor Juan Durango López diagnosticó que mi mal no era físico sino emocional”.

“Egresé y aunque algo podía ver todavía, rompí libros y cuadernos. Dos años después, intempestivamente sufrí un fortísimo dolor de cabeza y perdí el conocimiento. Al recuperarme veía menos que nunca y todo borroso y de color amarillo; luego de varios días de tratamiento intensivo veía como del color del arco iris y poco después perdí totalmente la vista”.

“Entonces me encerré en un estado depresivo del que no quería salir y así estuve desde el 56 hasta el 58 viviendo en una villa que tenía un hermoso jardín, pero sin salir de mi pieza que mantuve con las ventanas cerradas, hasta que un día oí llorar a mi madre junto a mi puerta y me dije a mí misma que eso no podía continuar así, que me estaba destruyendo y también a mis familiares, abrí puertas y ventanas y comencé a vivir de nuevo. Varias semanas después me atreví nuevamente a caminar por las calles. En mi primera salida concurrí a misa en San Francisco, comulgué y me serené”.

“Mi amiga Sara de Velásquez Schiacaluga me buscó un profesor de Braille para que aprendiera a leer y a escribir en ese método maravilloso y me trajo a Matías Alcívar Franco, quien me enseñó con gran paciencia. Después terminó mi aprendizaje con Byron Eguiguren Ordoñez y para 1.959 ingresé a la Escuela Municipal de Ciegos que aún funciona frente al parque Forestal, bajo la supervisión del Club de Leones, donde cursé cuatro años y completé el curso de aprendizaje. Mientras tanto mi madre y mi sobrina Nancy, que ya vivía con nosotros, me leían en casa para distraerme, porque la literatura en Braille es difícil de conseguir en el Ecuador”.

“En 1.960 trabé amistad con Francisco Pérez Febres Cordero a quien admiraba por sus poesías. Una tarde me visitó y al entrar a la sala se dio cuenta que estaba escribiendo una poesía, la leyó y como le pareció que estaba bien, la hizo publicar en el suplemento literario del Universo. Así empecé a ser conocida, al igual que Carmita Varas de Granja, que también publicaba por entonces bajo el seudónimo de María Lorena”.

“En 1.962 inicié un espacio de una hora semanal en Radio Cristal con música y poesía. Carlos Armando Romero Rodas hacía de animador, porque según me decía, gozaba con el programa. Yo recitaba poesía propias y ajenas y allí conocí a Rodolfo Santillán con quien he venido trabajando hasta hoy”.

Entonces frecuentaba la casa de Ilena Espinel que me calificaba de joven romántica y soñadora, promesa para el futuro y allí traté a muchas personas, entre ellas a su hermano Gonzalo, quien me confesó un día que él también escribía, pero que eso no lo sabía nadie, ni su madre ni su hermana. Yo, al principio no le creía, porque siempre había sido muy juguetón conmigo; pero, al día siguiente, me visitó con un cuaderno y me leyó lo suyo. Yo lo invité a Música y Poesía, donde se dio a conocer como poeta. Y como siempre he llevado en mi pecho el soneto guardado, él lo comprendió y me dijo que debía “escribir solamente sonetos”.

“En 1.963 ofrecí un recital en la Sociedad Tungurahuense con poesías de Neruda y al finalizar se me acercó el Arzobispo Cesar Antonio Mosquera y me presentó al Cónsul de Chile, Juan Zúñiga Arancibia, que me felicitó calurosamente. Al mes siguiente Monseñor Mosquera visitó mi casa para pedir a mi madre que me dejara acompañarle a donde el cónsul, pues me tenía una agradable sorpresa, consistente en una beca por tres años para estudiar tiflología en el Instituto Superior anexo a la Universidad de Santiago, donde también realicé un curso de Arte Dramático. Y tan bueno fue conmigo el Arzobispo, que hasta me recomendó al Convento de los Sagrados Corazones, para que me tuvieran en calidad de interna. Igual debo decir del profesor Roberto Kaifer, quien hizo que las radios Corporación y Minería me contrataran como animadora de programas culturales, interviniendo en audiciones de importancia como las del grupo Vocal y Musical T.N.T. y del conjunto de Argentino Ledesma. También hicimos una obra de radioteatro titulada: Doña Lucía Godoy. El papel de ella o de Gabriela Mistral, que es lo mismo, me correspondió a mí”.

“Una tarde me encontré en la Biblioteca de la Universidad de Santiago con los cuentos de Oscar Wilde escritos en Braille y lloré al comprender que mi vida no estaba terminada como yo equivocadamente suponía, que podía valerme por mí mismo, que había un mundo por delante que conquistar y muchas cosas buenas y útiles por hacer y sobre todo, tanto que leer y apreciar; si leer, aunque fuera no vidente. En otras palabras, volví sentirme útil y activa”.

“En 1.966 regresé a Guayaquil graduada y dispuesta a afrontar la vida a través de mí misma, a trabajar para no ser un estorbo para nadie. Entonces fui presentada como recitadora y poetisa en el programa Radial y Cultural “Vida porteña” de Sixto Vélez y Vélez y al escuchar mis versos Aurora Estrada, la más alta voz de la poesía femenina ecuatoriana de este siglo, se emocionó tanto, que desde entonces se convirtió en mi segunda madre. Ese año fundé en Radio Cenit mi programa “Música y Poesía” que acaba de celebrar sus primeros veinte años de ininterrumpida existencia gracias a la invalorable ayuda de Rodolfo Santillán, Francisco Pérez Febres Cordero y Washington Delgado Cepeda. También ingresé a “Cultura y Fraternidad” y allí conocí y traté a una mujer maravillosa que tuvo gentilezas conmigo que nadie ha tenido, pues llegó a quererme como algo suyo y hasta me leía la Biblia. Me refiero a la escultora Angelita Name de Miranda. No me puedo quejar, pues, muchos me han querido y protegido y he tenido la fortuna de encontrar buenos amigos y amigas a lo largo de toda mi vida”.

“Aurora me obligó a publicar mi primer poemario que salió con el título de “Palpitar de un sueño”, en 62 páginas, con prólogo de Rafael Blacio Flor e Ignacio Carvallo Castillo.

El 68 publiqué “Ventana del Alba” en 30 páginas con nuevas poesías y obtuve el premio del Ministerio de Educación. Esta segunda obra salió con prólogo de Aurora y fue mi consagración. La provincia del Guayas me designó representante ante el Primer Congreso de Mujeres celebrado en Quito y para 1.974 apareció mi tercer poemario “Dialogar íntimo” en 84 páginas prologado por Pérez Febres-Cordero.

“En 1.970 el Dr. Gonzalo Medina Murillo me instó a publicar para el Núcleo de Babahoyo de la C.C.E. a medias con él y así salió un librito muy hermoso bajo el título de “Pórtico entre dos almas” en 62 páginas con poesías de ambos”.

Ya María Leonor Madinyá era un nombre en el panorama cultural ecuatoriano. Su biografía había aparecido en el “Diccionario de la Literatura” de los hermanos Barriga López. Los periódicos reproducían sus versos y se la consideraba una de las primeras sonetista del país, supersensible, soñadora, romántica y nostálgica, por sus notas íntimas, por su poesía cantarina y perfecta, en fin, por su cadencia tan natural en ella.

De allí que el Instituto de Ciegos “Luis Braille” abscrito a la Universidad Federico Villareal de Lima, la invitó a seguir varios cursos libres en la capital del Perú, que combinó magistralmente con recitales de su poesía en dicho país y vivió intermitentemente en esa capital desde 1.976 hasta 1.983, optando la licenciatura en Psicología Clínica Tiflología.

Hoy prepara la publicación de su quinta obra que llamará “Arias del Corazón”, con poesías inéditas recogidas desde la muerte de su madre y otras nuevas. De ella ha opinado en verso su amigo Gonzalo Espinel diciendo: “Esta niña sin luz, esta María, que ya no puede herirla ni la aurora/ tiene un valiente corazón que adora/por el que sigue viviendo todavía…”

De estatura mediana, tez canela clara, ojos café, pelo castaño y liso, posee un permanente mirar desde lo profundo de su corazón destinado especialmente a los niños y a los ancianos, a lo bello y lo imposible, con una concepción cristiana muy elevada de la humanidad, ejemplo vivo para los que deben superar deficiencias físicas y lograr el ideal.


LUIS BRAILLE.- PEDAGOGO FRANCES.- Inventor de un revolucionario sistema de escritura en relieve para ciegos, nació en Coupvray (Francia) en 1.809.
Como consecuencia de un accidente ocurrido en el taller de su padre que era artesano, a los tres años perdió la vista.
La apesadumbrada familia lo matriculó en el Instituto Nacional de Niños Ciegos, donde se usaba un sistema de lectura mediante el alfabeto corriente en relieve que no permitía la escritura.
Cuando cumplió los 15 años conoció el método Barbier de lectura nocturna, usando en campañas militares. Con el indicado antecedente el acucioso y práctico Braille redujo dicho código de 12 a 6 puntos en relieve, incluyendo una serie de contracciones. Así surgió su sistema de lectura que pronto alcanzó enorme difusión a tal punto que casi de inmediato se elaboró un método de escritura mediante unas marcar de papel (1.829).
El sistema ha llagado a ser utilísimo para la escritura musical, la taquigrafía, las matemáticas y otras ciencias. La mayor parte de las lenguas que se hablan en el mundo aplican el importante legado de Luis Braille, fallecido en 1.852.
Numerosos Instituto de educación para invidentes perpetúan su nombre.

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