Velasco Ibarra (parte 2)

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Nuevamente en Buenos Aires, Velasco vivió en suma pobreza pero rodeado del cariño de su esposa y del respeto de la sociedad bonaerense que reconocía en él al maestro, al filósofo y al pensador continental. 

En 1960 volvió a la palestra política y derrotó al conservador, Gonzalo Cordero Crespo también por amplia mayoría, en binomio con el Dr. Carlos Julio Arosemena Monroy, pero al poco tiempo estalló el grave escándalo denominado de la Chatarra, material bélico adquirido con sobreprecio por el Ministerio de Defensa. Arosemena se erigió en el fiscal de la conciencia ciudadana liderando una oposición tenaz desde el Congreso. Velasco cometió el error de clausurarlo pocos días antes de que finalizara sus labores, medida que fue rechazada por el pueblo y por la Fuerza Aérea y dio como resultado sangrientos enfrentamientos con el populacho y fue derrocado el 7 de noviembre de 1961 de manera que tuvo que regresar a Buenos Aires. Arosemena duró dos años hasta 1963 en que ascendieron los militares con el apoyo de los Estados Unidos y la central de Inteligencia Americana CIA. en 1966 subió interinamente Clemente Yerovi Indaburu, para dar paso el 67 al presidente constitucional Otto Arosemena Gómez que llamó a elecciones por el período 68-72. Velasco estaba viejo pero no anciano y en las elecciones triunfó como era su costumbre, aunque por pequeño márgen de votos contra el candidato liberal Dr. Andrés F. Córdova y empezó a gobernar sin problemas. 

El país tenía una economía más o menos estable, aunque se rumoraba las ingentes riquezas provenientes del petróleo y esto hizo que la codicia de algunos militares se alborotara y le apoyaran en un proyecto descabellado de dictadura personal que abortó exitosamente el 22 de Junio de 1970 ocasionando que el Vicepresidente de la República Dr. Jorge Zavala Baquerizo pasara a la clandestinidad por varias semanas y que el Congreso Nacional dejara de sesionar, también dispuso la destitución del Alcalde de Guayaquil Francisco Huerta Montalvo y del Prefecto Provincial Assad Bucaram, quien se había convertido en líder nacional por su honorabilidad e inteligencia. 

Su dictadura nació marcada por el sino del fracaso pues se apoyaba estrictamente en los militares. El pueblo jamás aceptó ese tipo de maniobras que en ningún caso llevaban a nada útil, ya que la constitución preveía los mecanismos legales conducentes a la superación de cualquier crisis; sin embargo, Velasco confiaba plenamente en los adulos del alto mando, el 71 devaluó la moneda y de allí en adelante los continuos abusos y desaciertos de su impulsivo sobrino y Ministro de Gobierno Jorge Acosta Velasco, le llevaron de tumbo en tumbo hasta que el 15 de Febrero de 1972 fue derrocado por el General Guillermo Rodríguez Lara, su incondicional admirador y adulón hasta la víspera. A ese golpe militar el pueblo denominó “El Carnavalzo” por haberse ejecutado en esas fiestas. 

De 79 años de edad y sin un céntimo en el bolsillo, pues la pensión mensual de ex presidente de la República la había cedido años atrás a unas monjas de Quito, Velasco viajó a Panamá y de allí nuevamente a Buenos Aires, sin retomar las cátedras por su avanzada edad. 

Vivía para sus lecturas y sus libros, hablando poco en su hogar. Su fiel y amorosa esposa lo cuidaba y protegía y juntos formaban una gentil pareja que se querían aunque sin hijos, pero la desgracia azotó ese hogar cuando la tarde del 7 de Febrero de 1979 doña Corina falleció accidentalmente atropellada por un bus y Velasco no pudo soportar tanta soledad y tristeza. 

Sus sobrinos Acosta Velasco lo trajeron el día 15 y en el aeropuerto de Quito exclamó: “Vengo a meditar y a morir” y así ocurrió pocas semanas después el viernes 30 de Marzo, a causa de una úlcera perforada, tenía 86 años de edad y las gentes dieron en decir que “había muerto de amor”. Fue el final de una romántica historia que había durado 42 años. Murió pidiendo perdón y perdonando según confidencias de su amigo el sacerdote dominicano Luis Tipan Rojas que lo ayudó en sus últimos momentos.

Alto y delgado. Blanco, pelo y bigote cano. Sus gestos violentos y teatrales pero no estudiados sino naturales, al punto que un sobrino de él los ha heredado. Viril y elegante, siempre tuvo fama de ello. Parco para el beber y el comer, a duras penas un consomé, alguna ensalada verde, una copita de vino. Sus trajes impecables y de casimir inglés, corbatas excelentemente anudadas. Buen lector, expositor y orador de salón y barricada. Amplio y generoso en sus concepciones filosóficas, creyó en el alto destino del género humano y en el fin último de la divinidad. Soñador eterno, tenía fe en la juventud y en los militares, que siempre se le portaron con gran bellaquería. Defensor de sus inmediatos colaboradores que también traicionaban sus ideales. Erró mucho por no ser un buen administrador y su vehemencia le llevaba a cometer excesos y a avasallar a los congresos, improntus que el pueblo calificaba de locuras, cuando en realidad eran actos primarios originados en su insufrible egolatría. 

Fue amado por las clases populares y las amó con igual intensidad al punto que sinceramente sufría por ellas cuando no podía hacer todo lo que ambicionaba en su beneficio. Su talento clarísimo, su erudicción europea, tuvo don de gente y de mando, caballerosidad sin límite, honradez a toda prueba; jamás poseyó apetencias económicas pues era todo espiritualidad, patriotismo, decoro, dignidad y pobreza; no aceptaba chistes ni chascarrillos, ni se supo que fuera un conquistador aunque era gentilísimo con las damas que mucho lo quisieron en secreto y en su primera magistratura mantuvo un affaire con una lejana sobrina.

Desarrolló la vialidad del país, construyó escuelas, visitó los pueblos más alejados a lomo de mula o en caballo, con frío o calor, animosamente, llevándoles un mensaje de ecuatorianidad inolvidable. Amó las obras públicas y edificó puentes, camino y edificios. Respetó a la historia y a sus figuras cimeras, veneró la memoria del Libertador, de Rocafuerte, García Moreno y González Suárez. Siempre se expresó bien de Montalvo.

No dejó partido alguno pues antes de morir declaró “El velasquismo muere conmigo” lo que revela egolatría o quizá; una humildad verdadera. Jamás ganó un centavo con su pluma pues prodigaba artículos, escribía libros y los obsequiaba. Sus libros le revelan fino estilista y pensador profundo. Un gran hombre, quizá el mayor ecuatoriano del siglo XX. Tuvo un entrañable amor a su madre y a doña Corina a quienes admiraba con vehemencia. 

Creyente sincero y cristiano espiritualista e iluminado, tradicionalista, al final de sus días llegó a extrañarse de cosas tan sencillas como ver un cura con bigotes, cosa que le produjo una sorpresa inaudita y se repetía: “ ¿Un cura con bigotes?”. 

No ha tenido un crítico ni un biógrafo, aunque sus familiares publicaron sus obras completas en varios volúmenes. 

Tiene estatuas y bustos en muchos puntos de la Patria pero nunca dialogó ni con el pueblo ni con los jóvenes, sino consigo mismo y era tan grande su poder de convicción que las gentes creían participar de un diálogo cuando solo era un monólogo. 

Sus ideales entraban siempre en contradicción con la realidad que él llamaba razones políticas y de haber tenido un ámbito mayor, un escenario mejor, hubiera brillado en el mundo. 

Lamentablemente y en forma concomitante con todos sus buenos atributos, poseía un carácter inestable, cambiante e impulsivo y más ansias locas de poder, al punto que a veces esta megalomanía adquiría la categoría de delirante y entonces erraba pues confundía el alto destino histórico de la Patria con sus obsesiones personales, siempre insatisfechas de mejor poder, por eso nunca se avino con los Congresos ni toleró a los presidenciales, pues se sentía el único llamado, el mesiánico, aparte de que su sexualidad errática de aquellas que Gregorio Marañón calificó de estados intersexuales, le llevaba a próximos y a continuos arranques y euforias que a veces se tornaban incontrolables. 

Su formación conservadora, respetuosa de las jerarquías, permaneció inmanente en su pensamiento; más la permanente revitalización de sus lecturas le hicieron superar esas fallas, aunque manteniendo siempre tensiones que se traslucían en violentas emociones cuando solo eran la prueba exterior de su genialidad que sobrevivía a los cambios de su tiempo. 

No creyó en la democracia como forma de gobierno sino como tesis filosófica y en el diario gobernar a veces se llevaba por el sentimiento y tomaba el atajo fácil de la dictadura, pues no pactaba, por principio, con la oposición. 

Esteta en lo más puro de la concepción, amaba lo bello y lo verdadero. Creía en un Dios justo, luchó por el triunfo de la verdad que para él siempre fue la equidad. Su anecdotario, entresacado del pueblo que aún lo recuerda, no tiene fin. En las exageraciones se parecía mucho a su padre a quien; sin embargo, trataba de no recordar, por sus excesos de eticismos.

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