Marlon Brando en la Habana

A La Habana me voy”, dijo una mañana de marzo de 1956, el famoso actor norteamericano Marlon Brando, quien sin más equipaje que  camisa,  pantalón y abultada billetera, tomó el avión rumbo a la capital cubana para comprar –según dijo– “una buena tumbadora, unos bongoes y aprender a bailar rumba”.

El modesto hotel Packard, situado en la esquina de Cárcel y Paseo del Prado, frente al Castillo del Morro, fue el lugar escogido por el astro cinematográfico para alojarse de incógnito durante su primera visita a La Habana.

Se registró en la carpeta como Mister Baker, pero como era de esperar, los periodistas, siempre a la caza de noticias, lo descubrieron, y desde entonces un tropel de admiradores y fotorreporteros le persiguieron a todas partes.

Por aquella época, Marlon Brando ya era arrastrado por el torbellino de la fama. Tenía 32 años y había ganado su primer Oscar con la cinta Nido de ratas.

Sin embargo, sus palabras de entonces pueden resultar acaso demasiado simples para quien se convertiría en uno de los más grandes actores de todos los tiempos.

“La tumbadora es una verdadera ganga. ¡Noventa pesos! Es cara para un cubano pero para un americano, siendo auténtica, es muy barata. Yo tengo seis como estas. I love tumbadoras.”

Un fotógrafo acciona la cámara repetidas veces y Marlon Brando pregunta, con cierta inquietud:

“¿Usted está seguro de que las fotos son para una revista cubana?

Está bien entonces. Lo digo porque si es para una revista de Norteamérica no me gustaría salir tocando la conga. Allá no lo interpretan como ustedes; es diferente.

Allá lo verán como una excentricidad exhibicionista más.”

La charla entre el periodista y la estrella fluye con naturalidad. El Stanley Kowalski, de Un tranvía llamado deseo, confiesa estar en Cuba por la música, para escucharla de viva fuente. Algunas palabras las pronuncia en español.

“¿Por qué no nos llegamos a los cabarets de la Playa?”, la pregunta parte sorpresivamente del propio Marlon Brando, quien comenta: “tengo ganas de oír música cubana, de la buena. Podríamos ir al Chori o algo así. No quiero ir a los cabarets elegantes porque no me sentiría cómodo”.

No es de extrañar que se le viera esa noche con sus amigos cubanos, de recorrido por los cabarets de La Habana, donde movió el cuerpo en un estallido de excitación y alegría, al ritmo de la rumba y el cha cha cha.

Como era de esperarse, los fotógrafos trataron de hacer la noche con el astro, pero este la emprendió a puñetazos contra unos cuantos, aunque la sangre no llegó al río. El actor pudo terminar con felicidad su noche habanera.

Del anecdotario de Marlon Brando en La Habana hay unos cuantos sucesos, poco conocidos, y que, casi medio siglo después, merecen recordarse.

Cuentan que en Tropicana, el actor trató de comprarle la tumbadora al instrumentista de la orquesta de Armando Romeu. El asunto no prosperó para contrariedad de Brando.

Entonces el otrora pelotero de las Grandes Ligas de Color, Sungo Carreras, que, por cierto, acompañó a Marlon en su periplo nocturno por La Habana, lo llevó a casa del fotógrafo Constantino Cala.

“Mira Constantino, este señor es Marlon Brando y quiere comprarle tu tumbadora -le dijo Sungo, y agregó.- Te dará todo el dinero que quieras.”

A lo que Constantino respondió: “Qué va hermano, esta tumbadora es un regalo de Chano Pozo, el más grande de todos los tiempos.” Y ahí terminó la conversación.

No se sabe si al fin Brando pudo hacerse de una tumbadora de la calidad de aquellas, pero se conoce que esa noche, junto a Sungo y Constantino, fue a ver al popular percusionista Chori en el Choricera Club.

Dicen que el célebre actor pudo hacer realidad en esa ocasión uno de sus sueños; nada menos que tocar junto al Chori, aunque este, al principio, puso reparos a actuar con un no profesional, así fuera el mismísimo Marlon Brando.

El asunto fue que, para sorpresa de muchos, el futuro Don Vito Corleone, resultó un buen percusionista, para asombro del Chori, que como buen profesional, no perdonaba una a la hora de enfrentarse a los “cueros”, ni siquiera a un mito de la talla de aquel.

Luego de aquellas horas de desenfreno, entrevistado por la revista Carteles en el lobby del hotel Packard, las respuestas del actor son espontáneas:”toco desde hace quince años la tumbadora…A mí me gusta extraordinariamente La Habana de noche…El mar es muy curioso. Es como el cielo. Uno puede ver las cosas que quiera imaginar…

Pasada la madrugada, Marlon Brando se encuentra en el cabaret

Sans Souci, con su amiga la cantante Dorothy Dandridge, quien le preguntó intrigada:” ¿Qué te ha traído por La Habana, Brando?

Y el astro respondió: “estaba en Miami por asuntos de negocios y de pronto… ¡se me ocurrió comprar una tumbadora!”.

Aquella primera estancia de Marlon Brando en La Habana duró tres intensas noches tras las cuales el actor norteamericano se volvió a los Estados Unidos con el mismo pantalón y camisa, dispuesto a repetir gustoso la experiencia de bailar rumba … en casa del trompo.

Dicen que años después, en una entrevista, el genial actor Marlon Brando, mencionó a La Habana como uno de los lugares más inolvidables de su vida.

 

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: