3.- Chivito, Cantuña y Rumiñahui


   
Una forma elemental de acreditarse en el entendimiento de un país y sus gentes es conocer su lengua. De no ser así, ocurre que muchas de las interpretaciones dadas a los hechos locales empiezan siendo erróneas, y cayendo en un error de este tipo difícilmente se sale.

Ernesto Galárraga, personaje quijotesco que exhibía repetidamente tarjetas de la Cámara española de Comercio a modo de presentación y credencial irrefutable, nos iba refiriendo la leyenda de Llanganati en una dosificada serie de entregas. Debiera dedicarse a cobrar sus cuentos contados en vez de cobrar las huacas falsas que vendía por auténticas, y no ayudar así al turista a cometer delitos que no eran delitos, porque sacaba del país de forma ilegal piezas arqueológicas que no eran tales y se dejaba allí dólares a cambio, que sí lo eran.

Aquella noche Ernesto Galárraga, alias Chivito, nos sorprendió junto a la barra del bar en el hall del hotel. Un grupo de indígenas con su poncho rojo ponían música viva de quenas, guitarras y tambores, y cantaban canciones que hablaban de otros indios y otros tiempos y de cóndores que sobrevuelan las quebradas de los Andes, y de ríos que recorren la América entera con paciencia infinita. Yo tenía en la mano, para mi deleite personal, la copa del dry martini. Nuestro inseparable compañero nocturno había venido esta vez con una gran cartera de cuero repleta de papeles, fotocopias, cartas y más carpetas con más papeles, mapas, planos, fotografías e incluso diapositivas cuya imagen era necesario adivinar en la penumbra del bar. Dijo haberse retrasado por tener que venir en taxi desde su casa en el campo; era mucho más fácil escucharle con el martini en la mano. Como en las noches anteriores también en esta su Interés se centraba en los mismos puntos: Fumar nuestro tabaco, vendernos sus estatuillas de cerámica sacadas de tolitas inexistentes y convencernos de la veracidad sobre la historia de los Llanganati por él contada. Era un tipo de puro esqueleto ecuatoriano mestizo, procedente de la tercera generación de emigrantes Españoles que ya no llegaron a ser indianos porque cayeron en América cuando las naciones eran repúblicas y no virreynatos coloniales. Tenía una garra personal difícilmente resistible, fruto de una prolongada brega en buscarse la vida. A medida que se lo conocía ofrecía más variedad en su carácter. En noches sucesivas agotó todas las posibilidades de vendernos más huacas falsas, agotó las razones de extraernos más regalos de brandy y tabaco, a la vez que desveló su afición al whisky con hielo siempre que se le invitaba. Su trato con nosotros empezó a ser familiar cuando abandonó la primera actitud de sanguijuela descarada y se ofreció como guía desinteresado. Ocurrió en el momento de conocer las funciones de cada uno en el equipo de rodaje y percatarse de quién era la jefa de producción, que no había participado en las sesiones nocturnas de la habitación 403. Tan pronto como saludó a la productora, sacó a relucir su antigua profesión de periodista turístico, que había ejercido en algunos periódicos e instituciones de la capital y de la que ahora estaba jubilado. El ofrecimiento causó efecto tan de inmediato que al día siguiente Chivito se sentó con nosotros en la mesa del desayuno. Su condición de madrugador acostumbrado no le permitía desayunar con nosotros por haberlo hecho antes ya en su casa. Pero esta condición y esta costumbre tan radical la modificó a la segunda oportunidad que tuvo y también vino a dar cuenta del suculento bufete que el restaurante del hotel ofrecía cada Mañana; él lo hacía por cuenta de producción. La Dodge Wagon que era nuestro medio de transporte le deparaba una espléndida ocasión de disfrutar del asiento delantero, al lado del conductor, donde nadie de nosotros hasta ese día había querido sentarse.

Chivito conocía todas las calles de Quito y los metros que medía cada cuadra. Conocía los puntos kilométricos de los caminos de tierra, donde, por supuesto, no existían puntos kilométricos. Se dirigía a los guardias municipales como si supiera de todos ellos sus nombres y apellidos. Con sesenta años que tenía, parecía estuviera esperando su primera oportunidad; y es que hay seres humanos, por extraño que resulte a veces, que Después de toda una vida aún tienen ganas de vivir otra.

Yo soy callado y Chivito era locuaz; él era descarado y yo soy tímido; por esto tuve de él, al principio, una impresión que me lo hacía distante, me produjo incluso rechazo; su trato me pareció inapetente si bien no llegué a intentar evitarlo. Y fue esto último una suerte para mí, porque al final terminó siéndome, y lo es hoy, un ser entrañable. Yo llevaba siempre a mano el guión del documental que rodábamos y quizás esto nos acercó espontáneamente, hasta el punto de que, en la tercera jornada de rodaje en que viajó con nosotros, no solo no eludí el relato de sus historias sino que yo mismo me aficioné a ir tirándole del hilo.

Nunca llegué a saber cuánto cobró Chivito por su colaboración en la filmación de estos programas, ni siquiera si cobró algo o no cobró nada. Tengo la impresión de que su inteligencia y su astucia eran mayores de la medida que al principio le dimos, y que él no solamente consiguió vendernos su baratillo de arqueología sino que compró nuestra confianza y nuestro afecto de la manera más sutil, haciendo el mejor negocio en la compra y en la venta.

Cuando hacíamos exteriores, se cubría la cabeza con una gorra visera como la de los capataces en las ganaderías de reses bravas; llevaba siempre un jersey de pico sobre la camisa; sus gruesas gafas con montura de pasta le ayudaban a clavar los ojos en él mientras te hablaba. Demostró además un aguante físico incansable durante las largas caminatas del rodaje, en las que llegaba antes que nadie al punto más elevado de una colina, plantaba el trípode de la cámara y quedaba erguido con los brazos cruzados, tieso, como las llamas cuando levantan el hocico de pacer en el suelo. Su piel era incombustible bajo el sol, a pleno día, mientras que yo me quemaba una y otra vez, a pesar de mí precioso sombrero de paja toquilla y de mi crema protectora. Sin embargo aguanté en pie, a solas junto a él, en plena plaza de San Francisco, mientras me inició en la leyenda del indiecito Cantuña.

Tiene esta plaza ese trazado arquitectónico perfecto, común a todas las plazas españolas en las ciudades de América; la mejor herencia urbanística que la cultura europea, ya desde la época de la Grecia arcaica, ha transmitido al resto del mundo. Pero la plaza de San Francisco es aún más peculiar, pues se asemeja a un gran altar al servicio de un soberbio relicario que tiene detrás, la propia iglesia de San Francisco de Quito. Y todo tiene su explicación.

La mayoría de estas plazas, que en España se conocen como Plaza Mayor de tal o cual ciudad, en Hispanoamérica son llamadas Plaza de Armas, y su estructuración es aún más forzada para dar asiento a las principales actividades de la vida de la ciudad, del municipio y de la provincia, y aún del estado o la república; acogen la actividad del comercio en el espacio para sus mercados; centran el ejecutivo del poder político en la casa del cabildo; el ejecutivo militar en la capitanía general; y, por su puesto, y sobre todo, centran la soberanía eclesiástica en la catedral o la basílica correspondiente. Uno de los ejemplos más claros de esto, y acaso el más bello, es la Plaza de Armas de Arequipa, en el Perú. Con el tiempo, la historia de las repúblicas ha ido desplazando los distintos centros de poder a otros enclaves urbanos; pero en la Época fundacional española y en la posterior colonial, cuando la vida política y social giraba en torno a la municipalidad, –aquella vieja democracia municipal que habiendo sido tan respetable podría haber pasado de ser colonial y criolla a ser americana íntegra y habría beneficiado mucho, y posibilitado mejor, la democracia de todos los pueblos de América– las características de estas plazas eran más definidas y visibles.

Pues bien, la Plaza de San Francisco es como una Plaza de Armas, pero no lo es; allí no hay palacio de armas que centre este poder; tampoco es una Plaza Mayor, en el sentido de esta denominación en España, porque no tiene una casa consistorial que la presida; ni siquiera es esta la plaza de la catedral, porque esa está en otra plaza. Para mayor abundancia en la antítesis, tampoco es la plaza del mercado, aunque hoy un vasto comercio campesino se extiende por los alrededores a ras de suelo. En su momento los constructores de esta plaza, deliberadamente, se proponen que no sea un lugar de mercadeo, pues la dejan desprovista de soportales, que son los elementos arquitectónicos funcionales por antonomasia para tal actividad. Y el último fin al que pueda sustraerse una plaza pública, en cualquier ciudad, es que sirva al menos para reunión y concentración de los pobladores de la ciudad o de los forasteros. Pues ni eso; porque si hay una plaza en todo el mundo más inhóspita que todas las demás para celebrar una reunión convencional de gentes esa es, sin lugar a dudas, la plaza de San Francisco de Quito.

¿Cuál es entonces la utilidad de esta plaza tan singular?

—Ninguna. Es un puro lujo, una ostentación.

Hay algún documento gráfico, de tiempos pasados, en el que se ve la plaza concurrida por comerciantes, más abundantes que los dos o tres tenderetes que se ponen ahora. En primer lugar es de sospechar que al fotógrafo le apeteciera más inmortalizar la plaza con gente, en vez de vacía, y aprovechara el momento para ello. Por otra parte, las calles adyacentes, donde el mercado se asienta hoy, no son una ubicación atractiva para un negocio que quiera ser presentable.

La plaza de San Francisco es, pues, un sacrificio, una inmolación. Y un verdadero sacrificio fue para mí permanecer a pie enjuto, en medio de aquel cuadrilátero, gran parte de la mañana, bajo un sol despiadado, mientras Chivito me desmenuzaba, hilo por hilo, el tejido legendario del lugar. Pero para entonces Chivito ya era mi amigo y el deleite suyo por hablar y el mío por escucharlo eran parejos.

La plaza es un cuadrado casi perfecto, situado en un segundo nivel por debajo del de la iglesia, delante de la cual una amplísima balconada hace de intermedio entre los dos espacios, plaza e iglesia; flanqueada en los tres lados restantes por calles de intensa circulación, cada una de ellas también en niveles distintos, hacen que el acceso a la plaza sea por escalones. Su suelo, lo mismo que su contorno, es de roca dura de gran calidad y resistencia, cortada en piezas rectangulares engarzadas a la perfección. Es pues la plaza un cuerpo pétreo cuya geometría y solidez han conseguido aquello que sus constructores se propusieron, enaltecer el cuerpo de la iglesia franciscana y provocar su respeto y veneración.

¿Quién pudo, en qué términos y con qué medios, acometer esta obra tan singular?

Hay un prototipo de personaje dado en la América hispana que sería el empresario más apropiado para llevar a cabo acciones de estas características; es el indiano, la persona que llega de España a las Indias y se hace dueño de una gran fortuna en muy poco tiempo.

¿Quién es este indiano que está detrás de esta gran empresa?

—Ni más ni menos que el mismo indio Cantuña a quien la leyenda popular confunde con el diablo, por ese afán que los crédulos y los incrédulos excesivos tienen en travestir las historias y hacer milagrosas las que no los son.

En el diario EL COMERCIO, de Quito, del catorce de agosto de 1957, hay una portada con fotografías y grandes titulares sobre un sensacional y misterioso hallazgo dentro de la iglesita situada al lado mismo de la mayor de San Francisco, la dedicada a Nuestra Señora de los Dolores, conocida más que por este nombre por el de iglesita de Cantuña. Debían renovarse las viejas tablas que hacen el suelo de esta humilde capilla y, al hacerlo, parte del suelo se hundió dejando ver una gran bóveda subterránea construida con ladrillos; dentro de ella, y dispersados sin ningún orden, había huesos humanos.

Estos tipos de criptas sepulcrales se dan frecuentemente en iglesias de Hispanoamérica, hechas no a modo de un enterramiento ortodoxo con ataúd, con losa que lo cubre y lo señala, sino que, abierto un hueco bajo el suelo, allí se depositó el cadáver, seguramente embalsamado y encerrado en una caja. Es difícil determinar con exactitud la finalidad que tenía este alojamiento del muerto, ya que, si los cerramientos eran herméticos en principio, no tiene sentido que les dejaran hecha una puerta y escalinata de acceso; y si el cierre no era definitivo sino accesible, los cadáveres debieran haberse embalsamado mejor, protegidos mejor en ataúdes y así sus restos hoy no aparecerían descompuestos y dispersos.

Un ejemplo muy completo de estos sepulcros se pueden ver en la Iglesia de la Compañía de Jesús en El Cuzco, en una de cuyas sepulturas están los restos, se supone, de uno de los Almagro.

Pero la bóveda descubierta bajo el suelo de la iglesita de Cantuña tenía dimensiones muy superiores a los que se conocían en otras iglesias. No era lógico que tal obra fuera hecha para un enterramiento individual. A pesar de ello, la opinión pública y los periódicos, por esa fecha, no lo relacionan con otro motivo. Fue necesario el paso del tiempo y sacar a la luz la historia olvidada de esa iglesia humilde, de la menos humilde de San Francisco y la del propio convento de los franciscanos.

En el año 1964 y en las páginas de otro periódico de Quito, el Ultimas Noticias, reaparece la historia de Cantuña, su iglesita, la de San Francisco, el convento de los Franciscanos y, por fin, el indiano junto con el oro de sus riquezas. ¿Cuáles?

—Riquezas que formaron parte del tesoro de Atahualpa.

Esta teoría, a todas luces verosímil, de que parte del oro escondido de los incas vino a financiar la obra insigne de la plaza de San Francisco, viene explicada en una serie de artículos del Últimas Noticias titulada Historietas de Quito, firmadas con el nombre de El Quitense y que corresponde al investigador y escritor ecuatoriano Luciano Andrade Marín.

El Quitense desempolvó antiquísimos libros de la ciudad en la Crónica de la Compañía de Jesús del padre Juan de Velasco, el primer historiador del Ecuador, y da con la clave para desvelar el secreto de la bóveda sepulcral de la iglesita de Cantuña.

Parece ser que el indiecito al que pertenece el nombre sin apellidos nació en el reino de Quito cuando estaba en las postrimerías de su esplendor y que al tiempo de la conquista sería un niño de doce o trece años. Así lo relata Juan de Velasco.

Cantuña nació y vivió en Quito y allí estaba cuando ocurrió el desastroso final de Atahualpa. La retirada de la ciudad por parte de los indios, ante la invasión de los Españoles que capitaneaba Benalcázar, supuso su devastación total. Los testimonios que le llegaron al historiador, escritos por él hacia el 1750, hablaban del Cantuña adulto, mayor de edad, mientras vivía con los franciscanos, y lo describían como un hombre deformado físicamente, lesionado por accidente sufrido siendo aún Niño, por quemaduras y otras heridas. Lesiones que le pudieron ser ocasionadas en el incendio de su vivienda, cuando Quito ardió entero aquel año de 1534. Cantuña era, además, huérfano, sin que se le conociera un solo familiar.

La burda tradición oral, que tramó una leyenda tópica en torno a la iglesia y plaza de San Francisco, atribuía a Cantuña la edificación de todo ello en una sola noche, por obra y gracia de un pacto con el diablo; su firma está en un bloque de piedra que falta de colocar en el suelo.

¿Dónde nació esta tradición? ¿Qué motivos fueron su origen?

Desde luego no es difícil imaginar cómo un jorobado deforme, pero hábil y rico, inspiraría recelos de alianzas diabólicas, y si además fuese indio, como lo era Cantuña, con mayor razón aún para aquellos creyentes predispuestos a la superstición. Si por otra parte tal obra monumental fue realizada en un corto espacio de tiempo y con gran alarde de medios, muchos malpensantes no se recatarían en fomentar celos y discusiones a cuál más disparatados.

Pero esta parte de la leyenda es aclarada textualmente por el propio historiador Velasco, quien dice que los frailes recibieron gran cantidad de oro para la obra de un convento e iglesia entregado generosamente por el indio Cantuña, su protegido, quien lo había heredado de su señor el indiano Hernán Suárez. Bien entendido que indiano, aquí, tiene la acepción que a esta palabra se le ha dado tradicionalmente en España, y no significa que fuera indio sino que era un español enriquecido en las Indias.

Continuamos la narración de Velasco, porque amplía el campo de la sospecha de El Quitense investigador, cuando dice no sólo que Cantuña donó gran cantidad de oro a los frailes por causa de haberlo heredado de su amo, sino que el tal amo enriquecióse grandemente cuando el huérfano indio, que estaba viviendo en su casa y a su servicio, tenía la edad de veintitantos años; sin que por otra parte explique cómo el señor Suárez amasó tal fortuna.

En esos artículos del periódico se aprecia a Cantuña como de ser un indio tullido pero inteligente; y no cabe la menor duda acerca de esto último, con tal que sea verdad alguna de las proezas que tanto la leyenda como la historia dicen de él. Pasando de la intuición al terreno de la lógica, por ser Cantuña un niño de mente despierta, como suelen ser los niños, quedó impresionado al ver cómo su casa y su ciudad desaparecían bajo las llamas, vio el trasiego del oro que sus compatriotas llevaban de un sitio para otro, primero hacia el rescate de su rey prisionero y luego hacia el escondite en la huida; vio la muerte de su familia y cómo se quedaba solo; y si fue capaz de sobrevivir a todo ello ya era más que inteligente, era audaz; vio llegar a los Españoles y los conoció fundando un nuevo Quito sobre las ruinas del viejo; por ese inteligente afán de supervivencia fue capaz de adaptarse a ellos, convivir con ellos y ganarse su cariño y su amor, al menos respecto de su amo Hernán Suárez o Juárez.

Añade una apreciación anecdótica Velasco, diciendo que Suárez era un caballero más bien solitario y por eso terminó amando como a un hijo al feo Cantuña. Según los cronistas oficiales, la población española de Quito fue hecha por poco más de doscientos hombres y ni una sola mujer; eran, pues, hombres solitarios todos ellos.

Tocado el indio Cantuña por una cierta dosis de cariño, y teniendo en cuenta que bien la Habrá necesitado, no dudaría en revelar a su padre adoptivo cuanto supiera del tesoro que sus parientes de sangre guardaran un día ante sus ojos.

Notoria es la afición que aquellos Españoles tuvieron por fundir cuanto oro caía en sus manos, tanto si las piezas de oro eran soles, alhajas, espejos o dioses, como si eran pepitas, o piedras grandes o pequeñas, sacadas de sus yacimientos naturales. Todo pasaba a hacerse lingote.

Cantuña heredó de su amo la gran fortuna, además de la casa de su propiedad, que era situada contigua al convento de los frailes. Y la fortuna heredada no podía se otra sino aquella de la cual el indio hizo a su amo partícipe; es decir, el tesoro de los incas, cuyo escondite Cantuña conocía y que los dos juntos fueron reciclando.

¿Dónde tenía lugar este reciclado?

—Naturalmente en la propia casa de Juárez o Suárez, puesto que no iban a pregonar el secreto llevando el oro a la fundición de casa ajena. En la casa contigua al convento de los franciscanos.

Al postrer tiempo de su vida, Cantuña sería un anciano necesitado de compañía por su soledad, además de por las dificultades físicas que lo habían llevado a la invalidez en su deformado cuerpo. Murió en el año 1574. De haber sido niño en el 1533 moriría de unos cincuenta y tantos años de edad.

La capilla conocida hoy como de Cantuña es contigua a la iglesia de San Francisco. De la dedicación que los frailes rindieron a Cantuña es palpable el hecho de que le dieron a él sepultura en el propio convento; en el corredor bajo se señala esta sepultura con una preciosa lápida.

Cantuña vivió pues dentro del convento en sus últimos años, y se hizo merecedor de tan grande reconocimiento porque el gran tesoro que poseyó endosólo generosamente a los franciscanos; con la misma mano con que lo tomó y lo entregó a su amo Hernán Juárez, y a la muerte de este lo recobrara, con esa misma mano lo donara al final. Un abultado tesoro inca salió de su escondite por obra de un quiteño y fue a parar a manos de los frailes, quienes con ello construyeron su gran convento, su fastuosa iglesia y su soberana plaza, y les sobró, además, para construir otra iglesia como perenne tributo a la generosidad del indio que a ellos los hiciera ricos.

Hoy conocemos la iglesia de Cantuña; ¿pero dónde está su casa que era contigua al convento?

—La casa de Cantuña no es otra que la iglesia de Cantuña.

¿Qué significa el socavón abierto en el suelo de la iglesia?

—Nada más y nada menos que el horno de fundición del oro del indio Cantuña.

Teniendo en cuenta cómo sería en aquel entonces el solar de la plaza y el convento, según los dos niveles actuales, la casa de Cantuña estaría más elevada y, por tanto, un hueco que excavaran en el suelo aún podría servir de horno por donde circulara el aire para la combustión del carbón y la fundición del oro. Los guairas incas fueron hornos de fundición de metales que los Españoles siguieron utilizando hasta principios del siglo XVIII; hecho este que corrobora el conocimiento avanzado que ellos tenían de la técnica de fundición, conocimiento al que no iban a ser ajenos ni el indio Cantuña ni el indiano Juárez o Suárez.

Tiempo Después de que Chivito me contara esta historia, y aún Después que yo me peleara por ella dentro de libros antiguos, he caído en la cuenta de ese olor a viejo que tienen las cosas de la conquista y la colonia hispanoamericana; no ya solamente por el lenguaje suyo en el que rancias palabras y estilos castellanos perviven hoy en día, porque a esa edad del siglo XVI allí se transplantaron, sino por las cosas mismas, su solera de siglos que conserva lo rancio de lo rancio. Incluso en lo novedoso que allí llegó se denota un cierto valor añadido de antigüedad; véase sino en el barroco de la arquitectura y la imaginería, cuyas obras parecen ser de una época anterior a la que son, si las comparamos con sus contemporáneas de la España.

Lo cierto es que todo lo colonial español desprende un aroma inconfundible de añejo, de vieja historia, y está recubierto de una pátina sombría imposible de decapar. No es esto un menosprecio de esa cualidad; es una apreciación.

Ahora que he podido verlo de lejos, he comprendido con exactitud la sensación de comodidad que aquel día yo tenía en el cuerpo, vestido sencillamente con unos jeans y una camiseta, porque la historia es mucho más complicada, y la historia estaba allí mismo bajo mis pies. La tierra es quien mejor guarda los secretos; en su corteza sedimentan acontecimientos unos sobre otros; los hombres, sin embargo, llegamos a olvidarnos de nosotros mismos o depositamos los recuerdos en clave que acabamos por ignorar en la siguiente generación.

A falta de restos literarios del quechua y quichua antiguos, es necesario irse a estudiar el nombre de los lugares para, extrayendo de ellos su significado, levantar la verdadera historia. La toponimia es una narración sintetizada, más aún en casos como en el de la lengua quechua y otras americanas antiguas, donde amplios conceptos están encerrados en palabras breves.

Voy buscando la razón por la que los indios quiteños, que al fin y al cabo no eran más que súbditos recientemente conquistados y dominados por el inca Atahualpa, se aprestaron a pagar por él una cantidad tan exorbitante de riquezas para liberarlo de la prisión de los Españoles. ¿Cómo unos vasallos pueden entregar voluntariamente un tributo semejante por su señor? No es suficiente la hipótesis de que el lugarteniente militar de Atahualpa, Rumiñahui, fuera el tirano que cuenta el cronista oficial español y que obligara a los indios sometidos a dar de Sí todo el oro y riqueza que poseyeran.

El Emperador Inca Atahualpa,

conquistador del antiguo reino

Sinchi de Quito.

Busto de gran tamaño

situado en las afueras

de Riobamba, en el camino

 a las laderas de Cacha

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Quién era, para los indios quiteños, el emperador Atahualpa y quién era su capitán Rumiñahui?

El imperio del Cuzco transandino era un inmenso aunque frágil edificio político, pluriétnico y pluricultural. Pero algo había en esa pluralidad con una fuerza cohesionadora tan potente como para federar a los pueblos vencidos por el poder central; y este algo es razón suficiente para provocar un extenso estudio antropológico de los imperialismos y, más todavía, un estudio de Historia comparada.

A la muerte de cada emperador la cúpula política del Tahuantinsuyu se desmoronaba por completo y el poder imperial se veía forzado a renacer de sus propias cenizas; este poder no era precisamente hereditario de forma indiscutible, sino más bien al revés. Así venía ocurriendo desde la fundación del Cuzco. Y así hubiera ocurrido a la muerte del grandioso Huayna Capac, poco antes de 1530, si en esas fechas la expedición de Francisco Pizarro no hubiera desembarcado en las costas del Perú.

Al morir Huayna Capac no solo se desmoronó un poderío; más aún, se inmoló voluntariamente con él. Dos hijos de este emperador y de madres distintas se dispusieron a luchar encarnizadamente por la supremacía: Huáscar y Atahualpa.

En torno a los emperadores, que tenían que refundir el poder y reconstruirlo tan rápidamente, se movían grandísimas riquezas, influencias y otros poderes con gran agilidad; los favores y los servicios prestados se pagaban a muy corto plazo y tan generosamente como se pudiera. Las alianzas se establecían de inmediato y tan estrechamente como las guerras de conquista lo requerían; la infidelidad política y la enemistad se hacían pagar hasta llegar a la aniquilación cruenta y despiadada de los adversarios. En el ínterin de la conquista del poder a la hora de la sucesión imperial, el aliado, el partidario y el súbdito lo eran de su señor hasta el límite de su ser y su tener.

En el momento del apresamiento de Atahualpa por Pizarro la guerra interna del Tahuantinsuyu estaba a punto de concluir y, además, en favor de Atahualpa; es pues creíble que en torno a él hubiera concentrada una muy considerable riqueza.

La mayor parte de la guerra de conquista la hicieron para Pizarro los propios indios adversarios de Atahualpa. Las cosas terminaron así: Huáscar preso de Atahualpa y este, a su vez, preso de Pizarro.

Los tres generales que dirigían el poderoso ejército de Atahualpa en el norte del imperio del Cuzco, en torno a Quito, los tres brillantes sinchis, se llamaban Quisquis, Challcuchimac y Rumiñahui.

Desde 1527, año en que Pizarro conoció las costas del Perú, hasta principios del 1533 en que decidió pasar a tierra, el conquistador extremeño se dedicó a acechar y estudiar escrupulosamente no solo la vida de los pobladores andinos sino hasta los entresijos de su entramado político: El complicado sistema de alianzas étnicas entre los indios lo conocía Pizarro tan bien que supo manejarlo en su provecho, igual que los emperadores incas lo habían hecho antes que él.

Estos sinchis significativos eran la cabeza de cada una de estas alianzas que Atahualpa había ido estableciendo en la frontera norte del Tahuantinsuyu.

No es probable –no se puede probar– que Atahualpa naciera en la ciudad de Cuzco ni que naciera en lo que entonces era la frontera norte del imperio, el reino de Quito. Son estas dos probabilidades que la historia nos da. Pero es casi seguro que su madre fue una oclla procedente de una etnia Quiteña, una doncella que Huayna Capaz tomó como otra esposa más, de entre las princesas indígenas del nuevo reino que incorporó al Tahuantinsuyu. Atahualpa vivió desde su niñez en esta provincia norteña; esto sí es algo conocido y probado.

La parecida edad de Rumiñahui y Atahualpa y la, acaso, proximidad geográfica de sus orígenes y la proximidad política que ambos demostraban cuando llegaron los Españoles, hacen que sea difícil desdecir la opinión de algunos investigadores, y la versión de algunas tradiciones locales, que señalan que entre ellos dos existía un parentesco muy próximo. Por otra parte, la rapidez con que Rumiñahui se proclama rey al apresamiento de Atahualpa… ¿no hace sospechar que aquel lo fuera ya antes, por su linaje?

¿Qué quiere decir el nombre propio Rumiñahui? Algunas explicaciones de los cronistas oficiales no pasan de ser pueriles y se dejan llevar del cuento de la clase de tropa de conquistadores gañanes. Rumiñahui no es un nombre propio sino un apodo en lengua quichua, apodo que se refiere a uno de sus ojos deformado o a una arruga en esa parte de la cara.


   

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