Recordando a Pepe Jaramillo

Por: Alfonso Murriagui
       
   
     
 

Conocí a Pepe Jaramillo en 1953, en una cantina que había en la esquina de las calles Ambato y Borrero, una calle empedrada y muy inclinada, que termina en donde hoy comienza la Avenida 5 de Junio. En esa cantina vendían los clásicos hervidos de mora o naranjilla, con una copa doble de aguardiente de caña, traído en zurrón de caucho, a lomo de mula, desde Nanegal. Cuando entré al local, vistiendo el uniforme de soldado del Instituto Geográfico Militar, situado a dos cuadras, en la calle Ambato, él estaba cantando ese hermoso y entonces ya viejo pasillo “Filosofía”, que comienza con esta romántica afirmación:“Del pecado de amarte no estoy arrepentido / aunque un oscuro abismo nos separe a los dos…”

Casi sin sentir me había tomado mi primer canelazo y, para pedir el segundo, coloqué los 20 centavos en la rockola y marqué dos canciones: “Filosofía”, para repetírmelo, y el “Romance criollo de la Niña Guayaquileña ”, que tan bien cantaba el Pepe.

Entonces, las pocas rockolas que había en Quito repetían permanentemente las canciones de moda interpretadas por Olimpo Cárdenas, Pepe Jaramillo, Carlos Rubira Infante, las hermanas Mendoza Sangurima, guayaquileños todos, y también de los quiteños Benítez y Valencia, Carlota Jaramillo y las Hermanas Mendoza Suasti que, junto a Leo Marini, Jorge Negrete y Pedro Infante, sonaban permanentemente para alimentar la bohemia, popular y tranquila, del Quito “municipal y espeso” de esos años. En ese tiempo Julio Jaramillo todavía no “sonaba”.

Mi ilusión de conocer a Pepe Jaramillo, en persona, se hizo realidad tres o cuatro años después de haberlo oído en la cantina de la calle Ambato, y fue una noche que andaba de serenatas y que, por lo mismo, concurrí con mi jorga de La Loma , al Salón Casa Blanca, situado en la “24 de Mayo”, el lugar de la bohemia quiteña, en busca de algún artista que quisiera ir a cantar al pie del balcón de nuestras “pollas”. Cuando entramos, en una mesa situada casi en el centro del salón, estaban cinco personas y una de ellas cantaba acompañándose él mismo con su guitarra. Mi sorpresa fue inmensa, era Pepe Jaramillo, cantando “El Montubio”, ese hermoso pasillo que evoca al “hijo de las campiñas del litoral”.

Desde entonces he sido admirador de Pepe Jaramillo que, para mí, junto con Olimpo Cárdenas, son los mejores intérpretes de la música nacional que ha tenido el Ecuador. Claro que “despuecito” vino el Julio, una mezcla de los dos y que, por su simpatía y popularidad, se convirtió en el ídolo de la canción nacional.

Pepe Jaramillo fue el cantor del litoral y específicamente de su “Guayaquil amada”. Testigo de esa afirmación es el disco LP “Serenata Huancavilca”, grabado a comienzos de la década de los sesenta, en el que constan las canciones emblemáticas de los guayaquileños: “Guayaquil de mis amores”, “Pequeñita”, “Romance Criollo de la Niña Guayaquileña ”, “El dolor de la ausencia”, “El Montubio”, “Y ya no he de volver”, “Guayaquileña”, “Filosofía”, “Solo y Triste”, “Se va mi amor”. Este disco es una síntesis sentimental de la música costeña, en donde están claramente diferenciados los rasgos del hombre del litoral, fuerte, decidido, que lucha, sueña y muere, abrazado al ardiente paisaje tropical.

Pepe Jaramillo nació en Guayaquil, en l933 y se inició en la música cuando tenía quince años, en un programa radial que salía al aire en el puerto en los años 40, denominado “Tribuna Libre del Arte”, emitido por la Radio Ortiz. Su voz lozana, de timbre varonil y cálido acento, fue educada por Carlos Rubira Infante, de quien, tanto Pepe como Julio, aprendieron a tocar la guitarra, a cantar y, sobre todo, a amar la música nacional.

Pepe Jaramillo tuvo la virtud de abrir su pecho y sus canciones a la fraternal iniciativa de compartir sus éxitos personales con otros artistas contemporáneos, por ello hizo dúo con los más destacados intérpretes de la época: además de cantar con su hermano Julio, lo hizo con Carlos Rubira Infante, con Olimpo Cárdenas, con Daniel Santos, con Hilda Murillo y son especialmente hermosas las interpretaciones que hizo junto a Fresia Saavedra de los pasillos “Voces del Corazón” y “Amanecer Cordial”, este último con letra de Medardo Ángel Silva y la música de Carlos Silva Pareja.

Tenía que ser un viernes l3, mal día según los entendidos, día en el que no se “debe ni casarse ni embarcarse”, día fatal en que Pepe Jaramillo sufrió, a las nueve de la mañana, un derrame cerebral que le llevó a la tumba cinco días después, poniendo punto final a la dinastía de los Jaramillo, dos hermanos que se consagraron por sus maravillosas voces y estilos personales, y que encumbraron a los sitiales más altos del arte popular a la Música Ecuatoriana.

La noticia de la muerte de este gran artista ecuatoriano se propagó, con asombro y dolor, en la ciudad de Quito, en la que el cantante vivió los últimos veinte años. Músicos, teatreros, cantantes, poetas, pintores, amas de casa, jubilados, lustrabotas, desfilaron ante su féretro y entonaron, entre sollozos, las mejores canciones del repertorio del querido artista, desaparecido ya definitivamente.

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