Anécdotas de Don Eloy

CARIÑOSO RECUERDO A SU AMADA AUSENTE
En otra ocasión, años atrás, estaba Alfaro junto a varios compañeros de aventura en medio de la selva esmeraldeña, huyendo de la persecución desatada en su contra por el Gral. Reynaldo Flores Jijón. Una tarde hicieron un alto para ver a un comerciante que pasaba por medio río; lo detuvieron para conversar y al despedirse, este les regaló una gran lata de salmón importado de Canadá. Es un manjar -exclaman todos- hay que abrirlo inmediatamente; pero Don Eloy, que lo había pedido para examinarlo, dijo muy grave: «Nada de eso, este salmón lo comemos mañana que cumple años mi Anita en Panamá y hay que celebrarlo dignamente».

ALFARO Y LOS DOS SANTOS MANABITAS
Después del 95 Don Eloy se hallaba en la capital reorganizando la administración pública. Una delegación manabita presidida por ese gran liberal que llamó Pedro Córdova le visitó. Alfaro les solicitó nombres para las designaciones y el señor Córdova le contestó:

«Bien podría colocarse en la gobernación a Don Helio Santos, para Bahía y como Jefe Político a Don Julio Santos y otro de los Santos …» pero don Eloy le interrumpió diciéndole: «Basta ya de Santos», agregando en tono festivo … «Al paso que va usted en esa procesión de Santos, no me va a dejar ni una urna para colocar a San Lucas y San Andrés, los dos únicos santos manabitas que conozco…»

Todos rieron de la gracia, porque es conocido en Manabí que los apellidos San Lucas y San Andrés existen regados en toda la provincia y especialmente en Jipijapa.

SALVA JOYAS DE LA VIRGEN
En la segunda administración llegó a Quito Fray Pedro Armengol Valenzuela como superior de la Comunidad Mercedaria y luego de un breve estudio de las pertenencias del convento, encontrando que poseía numerosas joyas que en los inventarios constaban como propiedad de la Santísima Virgen, por ser regalos efectuados a ella en épocas pasadas, decidió venderlas para hacer fondos y construir un templo en Pasto (Colombia).

Fray Benjamín Bernardo Bravo, de la misma orden, corrió donde el presidente, su gran amigo, y le refirió el suceso, pintándoselo con los más fuertes tonos porque las joyas no debían salir del país. Don Eloy ordenó la vigilancia inmediata de los bienes de la Virgen patrimonio del pueblo ecuatoriano y sacó del país al abusivo superior. Años después y estando Alfaro en el panóptico, el padre Bravo, que había sido separado de la orden por mandato de Roma, tuvo el privilegio de darle la estremaunción al cadáver, abriendose campo a codazos y entre los asesinos, que lo respetaron porque se trataba de un sacerdote y de paso… alfarista hasta el fin, aún con riesgo de perder su vida.

OBSEQUIO A LAS IMAGENES DEL QUINCHE
En 1896 estaba el caudillo en Quito cuando la oposición intentó derrocarlo trayendo a la imagen de la Santísima Virgen que se veneraba desde la colonia en la Villa del Quinche, con el Niño Dios en brazos.

Al efecto, una bien llevada campaña de prensa anunció el arribo de la imágen vengadora, que repondría a los verdaderos cristianos en el poder, entiéndase ultramontanos. Alfaro rió pensando en la revuelta y llamó a una comadre que tenía en Quito de visita, para que organizara fuerzas de choque. Felizmente las cosas no pasaron a mayores porque las alfaristas se mezclaron en la procesión y tomando la delantera a las conservadoras se adueñaron de la fiesta; pero el Viejo Luchador había visto la imágen y mandó a fabricar en Jipijapa varios pares de artísticos sombreros de paja toquilla con que regaló a la Virgen y al Niño para que se los pusieran cada vez que viajaban por la república. Y así se ha hecho desde entonces, en su recuerdo.

CAUDILLO ATENTO CON TODOS
Cierta ocasión recibió en audiencia a una afligida madre de familia que le lloró al oído que su único hijo, pagador de un regimiento de la policía, por efectos de la bebida había perdido el dinero del rancho y sería degradado si Alfaro no intercedía por él.

«Pobre madre» -exclamó Don Eloy y se retiró un momento-. Regresando luego y contestó: «Si su hijo no repone inmediatamente las sumas dilapidadas sufrirá gravísimas consecuencias» y le dio la mano en señal de despedida, depositándole al mismo tiempo la cantidad necesaria para tapar la falta, extraído de su peculio personal.

HAY QUE SER BUEN HIJO
Cuando Alfaro entró triunfante en Quito en 1895, después del triunfo de Gatazo, pasó revista a los prisioneros de guerra detenidos en los calabozos capitalinos, topándose con un muchacho de no más de 13 años llamado Luis Pareja y Cornejo.

– ¿Por qué estás aquí?
-Por pelear en su contra. General.
-¿Ah sí?; ¿Y por qué? ¿Acaso eres conservador?
– No mi General, pero mi padre sí lo es y tengo que estar a
a su lado siempre.
– Bien, bien. ¿Quién es tu papá?
– El Mayor Elias Pareja y Larrea …

Has cumplido con tu deber, los buenos hijos deben estar siempre al lado de sus padres, ayudándoles en todas sus empresas. Eres un muchacho de aspiraciones que puede llegar a la Presidencia de la República. ¿Quieres ir a estudiar al exterior? Mi gobierno puede darte una beca para las milicias de Chile. Anda, consulta con tu familia y llévame la respuesta a palacio.

Y sacó al chico del grupo, poniéndole en la puerta, libre.

Días después lo recibió en Audiencia y el joven agradeció la invitación pero no la aceptó:

¿Qué quieres entonces? Preguntó el caudillo.

– La libertad de mi padre. General, que está en el Corinto (1) con muchos ecuatorianos más.

(1) Corinto es una ciudad de Costa Rica donde el Mayor Pareja estaba exilado.
¡Así! se hará de inmediato! llamando al Ministro del Interior doctor Luis Felipe Carbo y Amador le ordenó que telegrafíe a Costa Rica indultando a los ecuatorianos expatriados e instándoles a regresar con sus gastos pagados por el gobierno.

Demás está que informe que no quedó uno por allá y que a poco, más de treinta padres de familia de ideas conservadoras y ex combatientes del depuesto régimen, retornaron a sus hogares, a disfrutar de un gobierno liberal, democrático y no tan malo como se habían imaginado.

CORDIAL DESPEDIDA
Y así, entre tantas anécdotas, me han dado las siete de la noche, hora propicia para regresar a mis diarias labores y con un efusivo «hasta pronto» me despido de mi distinguida anfitriona que insiste en que regrese para contarme más relatos de su tío Don Eloy.

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