Crónicas de Guayaquil

CRONICAS DE GUAYAQUIL
El primer Cronista que dio noticias de Guayaquil fue Cristóbal de Molina quien narró los trabajos de la ciudad para surgir del medio inhóspito que la rodeaba. Molina fue de los segundos conquistadores del Perú, partidario del bando almagrista y sufrió serias persecuciones. En su obra “Conquista y población del Perú” escrita en Lima en 1552, indica que el pueblo de la Culata no durará mucho tiempo y se quedará sin gente porque en sus cercanías hay una montaña formadas por árboles de mangle, muy altos, derechos y tan duros que hacen pedazos las hachas conque se trata de cortarlos y la tierra está llena de surtidores y manglares que tornan difícil la vida.

Después de esta lectura se comprenderá la lentitud con que Guayaquil surgió en sus primeros años pues sus pobladores ni siquiera contaban con instrumentos de labranza adecuados y sus rudimentarias hachas eran ineficaces y se rompían al punto que debió serles muy duro comenzar: sin embargo, el Sochantre Molina, parece que juzgó muy a la ligera, sin considerar la fuerza de carácter y la tenacidad de nuestros mayores y cuan asombrado quedaría hoy si reviviera, viéndonos tan adelantados, cuando nos desahució en su Crónica.

También se habla de Guayaquil en el Capítulo V titulado “Descripción breve de toda la tierra del Perú” que forma parte de la obra “Descripción y población de las Indias”, escrita entre 1596 y 1607 por Fray Reginaldo de Lizarraga, sacerdote aventurero y jovial, bautizado como Baltazar, nombre que cambió cuando entró a religión. Lizarraga era un viejo conocedor de estas comarcas a las que había llegado cincuenta años antes con sus padres, recorriéndolas a gusto y antojo y observando todo con atención. Lo que menos le atraía en Guayaquil eran sus casas abiertas, de madera y con techos de hojas de bijao, que permitían la cría de insectos y sabandijas como sapos muy grandes, culebras, víboras venenosas y ratones en cantidad, etc. Cuenta que “estando sentado a la mesa y en casa de personas pudientes, observó con toda la familia a una culebra en el techo corriendo tras un ratón y que casi se desmayó del susto; sin embargo, el anfitrión no se tomó la molestia de comentar el incidente, explicando al final de la reunión que las culebras eran beneficiosas en casa como exterminadores de ratas y que en todos los hogares había alguna en el techo dedicada a ese honorable pasatiempo”. ¡Cosas del país!

También protestó por “la cantidad de zancudos y mosquitos, de lo más inoportunos y fastidiosos, que no le permitían descansar en paz ni de noche ni de día, con sus eternos ataques y zumbidos”; opinó desfavorablemente de “la forma y situación de la ciudad, endilgándole frases despectivas por estar en un mal asiento con figura de silla estradiota y para colmos, solo se podía arribar a ella con marea creciente y salir en menguante, por ser mucha la correntada de la ría.”

¡Observó sucesos y cosas beneficiosas anotándolas cuidadosamente para la historia chica. Pintó “sus alrededores con grandes bosques de mucha y muy buena madera que se exporta a la ciudad de los Reyes. “Dice que la carne de puerco es sana, la de aves bonísima y el agua agradable y hasta medicinal porque en las cercanías del cerro crece en forma silvestre el arbusto de la zarzaparrilla, de donde se obtiene una cascarilla con fines depurativos que sirve para curar las enfermedades contagiosas de la piel y sobre todo las venéreas”, contando que “para la persona afectada del mal francés o bubas no hay nada mejor en la tierra.”

“Yo vi un hombre enfermo de sífilis en el valle de Riobamba, que ni siquiera podía comer con sus manos y que en hamaca fue traído a Guayaquil. A los seis meses le reconocí en Lima totalmente curado, como si nunca hubiera estado afectado y a otros muchos más he visto volver sanísimos del puerto. Suficientes excelencias éstas para contrarrestar las plagas referidas” -apunta Fray Reginaldo- pero nosotros no estamos de acuerdo con tan distinguido viajero en eso de diagnosticar sífilis al pobre riobambeño, porque pudo adolecer de reumatismo y al llegar a un clima caliente mejoraría con el tiempo y en Lima, que tiene clima seco, curaría totalmente.

“El maíz es muy blanco y aunque no se da el trigo, la gente se conforma consumiendo panes de fruta pan o yuca, que son blancos, suaves y me gustaron más que el de trigo. Las naranjas y limas son sabrosas, pero las badeas realmente superan en gusto a todas las demás frutas de Guayaquil, pues son tan grandes como un melón y de color verde, su interior es blanco y suave, con pepitas unidas entre si por un caldillo y cuando todo esto se come me parece en gusto a las uvas moscatel de España.” ¡Ah goloso! Cuántos “come y bebe” te habrás mandado al buche. Si me parece estar viendo a Fray Reginaldo, gordo y gozador como buen turista, probando la comida y metiendo sus curiosas narices hasta en el techo donde se asustó con las culebras y ratones. Y así, Fray Reginaldo se despidió de Guayaquil y pasamos con él hacia el golfo, para que nos siga relatando sus curiosas aventuras.

“Los caimanes, enormes bichos, son muy dormilones y cuando duermen no hay quién los despierte. Cerca de Panamá ocurrió el caso de tres doncellas que fueron a un estero a bañarse y ya escurridas se sentaron sobre una peña de la orilla como a eso de las siete de la noche, hora en que todo está obscuro por falta de luz. En eso, una de las bañistas se hincó la mano diciendo: ¡Qué peña tan espinosa! Y empezó a palparla tomando la cola del caimán y alzándola para verla mejor; aquí su sorpresa fue grande porque jamás se imaginó estar sentada sobre una bestia y dando voces llamó a sus compañeros que con espadas mataron al saurio, que seguía dormido y ajeno a los sucesos del cuento.! Que rico sueño el de ese caimán! opinó nuestro guía y ¡Qué suerte la de las niñas agregamos nosotros, porque de haberse desvelado el saurio, no habría escapado ninguna de ellas.

“Los caimanes son muy amigos de comer perros y caballos y al distinguirlos en las balsas las siguen mucho trecho en espera de agarrarlos para darse un banquete descomunal, digno de su apetito. Cuando están cebados con carne ya no gustan del pescado y es de ver los esfuerzos que realizan para conseguirla, esperando largas horas en la orilla a ver si agarran en sus mandíbulas algún bicho viviente, llámese pájaro, animal o gente. ¡Así son de caprichosos!”

“Existen tres clases de naturales. Los Huancavilcas son blancos, limpios en sus vestidos, bien dispuestos con el resto de la población y de recto parecer. Se dedican al comercio y usan arcos y flechas así de continuo. Otros indios hay llamados Chonos o Chonanas que habitan en la región de Daule, belicosos, portan arcos y flechas, son de tez curtida, tiene el cabello sujeto en alto y terminando en moño y el cogote nuca trasquilado, por eso los demás los afrentan al grito de Perros Chonos cocotados, que les enfurece enormemente, como es de suponer. Entre ellos se practican vicios nefandos (sodomía) cuyo único castigo es el fuego.”

“Otros indios hay que llaman lampunas pero las gentes les dicen Perros lampunas come – obispo” por haber saboreado la carne de Fray Vicente Valvcrdc, Obispo del Cusco en tiempo del Marques Francisco Pizarro.

“Estos, lampunas son de origen distintos a los Huancavilcas y desde antaño tenían punto tocado con sus vecinos de la ribera opuesta del golfo: los Tumbecinos, a quienes decían traidores por ser parte del Incario y los punaes en cambio se preciaban de mayor antigüedad y ser chimúes. Son grandes marineros y tienen fama de construir las mejores y más livianas balsas de toda la Mar del Sur. Labran chaquiras de oro de finas y retorcidas hebras que las mujeres de España tienen en gran estima y usan como collares para sus gargantas.”

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