Tuco y Manuco

Fecha: 08/05/2006 

“Esto que te voy a contar sucedió hace mucho tiempo, cuando Dios y el diablo andaban juntos, porque antes eran amigos; y si se separaron fue por un lío de faldas”, relata con cadencia y acento costeño el cuentero Alberto Borja para atrapar a su público. Lo que hace no es otra cosa que un oficio que tal vez, también existe desde esa época: el arte de contar un cuento. Como un homenaje a los narradores, cuyo trabajo es mantener la tradición oral, del 8 al 12 de agosto se llevará a cabo en Bucaramanga el Festival Iberoamericano de Cuenteros Abrapalabra, uno de los más importantes en América Latina. “Es una fiesta de la palabra en Colombia, país donde las palabras han sido reemplazadas por las balas para expresar las diferencias”, dijo a SEMANA Pacho Centeno, quien creó el evento en 1992.

Borja, un cartagenero que se acerca a los 60 años de edad, se transforma en un borracho que da serenatas, en un boxeador, en un campesino costeño de sombrero vueltiao y mochila al hombro. Baila boleros y porros y logra que el público escuche la música aunque ésta ni siquiera suene: él la crea con sus palabras y sus movimientos. “Un cuentero es un artista cuando hace que su público vea con él. Esa es la magia de la oralidad: una conversación que día a día se renueva. Por eso un cuento siempre está en transformación”, reflexiona este artista que hace mucho tiempo decidió abandonar sus estudios de medicina para dedicarse al teatro, cuando se dio cuenta de que “la vida está llena de pendejadas que hacen reír”. Por eso, siempre que dice que es cuentero, le causa gracia que le pregunten: “Pero ¿en qué trabajas?”.

Sus vivencias se convierten en historias. Se ha casado tres veces y se burla del matrimonio aunque reconoce que es una “cuestión necesaria. Mi mujer dice que no le gusta mi oficio porque cree que me la paso en fiestas, tomando trago y que me voy a enviciar. Yo le digo que no se preocupe, que llevo 30 años todos los días bebiéndome una botella y no me he enviciado”, bromea. En realidad, su esposa es actriz y elabora con él algunos de los relatos.

‘¿De dónde te salen esas historias?’, le preguntó García Márquez a la cuentera chocoana Amalia Lú Posso

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Narrar historias populares, ser actor teatral, tener por esposa una artista y haberse casado tres veces son algunas de las coincidencias entre Borja y Raymundo Zambrano, un participante ecuatoriano. Pero las palabras varían. “En mi país también se les dice cuenteros a los estafadores, relata. Una vez, saliendo de Buga hacia Rumichaca, en la frontera, me preguntaron a qué me dedicaba. Yo dije que era cuentero y casi me meten a la cárcel”.

Lleva 20 años en el oficio y se ha hecho famoso en su país por ser uno de los integrantes del dúo de humor político ‘Tuco’ y ‘Manuco’, una especie de ‘Tola y Maruja’. “Encontrar un buen cuento es como para un arqueólogo hallar una pieza valiosa”, afirma Zambrano, quien suele buscar esos tesoros entre los campesinos. Incluso creó para ellos un festival de cuenteros para preservar esa memoria. “Creamos un fondo de ayuda económica para los labriegos, porque les debo mucho. Mi papá es uno de ellos, él todavía me cuenta historias, y yo a mis hijos”.

No es fácil entregarse a esta actividad, tan incierta como los mismos cuentos. “Nunca se sabe qué va a pasar, pero eso es lo emocionante, advierte José Campanari, de Argentina. Llevo 26 años en escena y ya pasé hambre en su momento. Fui hasta de esos payasos de supermercado que bailan con el carro de las compras, algo que me encantaba”. Empezó su carrera como actor de teatro mudo, por lo cual sus gestos hablan tanto como sus palabras. Su momento favorito llega cuando “el murmullo del público se transforma de repente en un silencio sonoro porque es el instante en que narrador y público se comunican”.

Su historia de la Creación, en la que adaptó pasajes de la Biblia a la visión de una persona de Chacarita, su barrio en Buenos Aires, ha superado las fronteras. Cuenta que mientras Dios hacía el mundo dejaba imperfecciones pensando: “No importa, después lo arreglo”. Campanari le hace honor a la fama del ego argentino cuando se transforma en Dios y crea a Adán y a Eva con un discurso geométrico: “Un tronco cono invertido, debajo dos

semiesferas que por detrás quedan sin unir. Y para que no estén en el aire, dos cilindros…”. Las diferencias entre sexos aparecen porque le sobran “bolitas y palitos” y decide dejar algunas a la media altura del hombre mientras dice la frase que el público espera para estallar de la risa: “No importa, después lo arreglo”. Su moraleja: “Por eso, gracias a Dios nada ni nadie es perfecto”. Aunque esta historia se publicó en el libro de compilación Que Dios nos pille confesados, Campanari no acostumbra a escribir sus cuentos. “Le narro las ideas al primero que me encuentre, para ver qué cara pone”.

Con él coincide su colega español Cándido Pazó, quien compara la cuentería con el jazz: “No es simple improvisación porque hay una estructura básica que ayuda a ir creando en la escena de acuerdo con la respuesta del público”. Explica que el truco de un buen cuentero es saber escuchar, pues sólo de esa manera “el guardarropa de la imaginación” estará repleto. “No tengo maleta. Se perdió en Madrid o cuando aterricé en Colombia. Pero imagínense que esta camisa blanca es roja”. Así comenzó su presentación en Medellín, cuyo festival, como los de Bogotá e Ibagué, se ha unido al de Bucaramanga para traer los mejores cuenteros al país. “Me siento como Isabel la Católica, que prometió no cambiarse de ropa hasta cuando se acabara la guerra de Granada. Por eso los moros fueron apabullados con semejante arma química”.

Aunque se siente orgulloso de que en España haya un fuerte movimiento de narradores orales, para él Colombia es especial. No importa que en este país ese personaje capaz de ‘echar carreta’ en un bus y en un parque para luego pasar la gorra no siempre sea considerado un artista de la escena. Aun así, “es la tierra con más historias que conozco. Una especie de meca hasta donde los creyentes de la cuentería tenemos que peregrinar para apreciar esa tendencia a la fabulación a partir de la vida muy del estilo de García Márquez”.

Y fue precisamente al Nobel a quien Amalia Lú Posso sedujo en México, durante una presentación privada, con la magia de Chocó. Allí nació y creció esta artista cuya energía demuestra que lleva la fuerza del río Atrato en sus venas.

Sicóloga, dedicada a la academia, recuerda cómo una vez, frente al espejo, mientras se pintaba por primera vez las cejas, vio la imagen de su tía Rosalía preguntando a sus sobrinos “¿me quedaron bien pintadas las cejas'”. Y se vio a ella y a sus primos cuando eran niños respondiéndole: “divinas, perfectas, tía”. “La historia no tendría nada de relevante si la tía no fuera ciega”, cuenta Amalia Lú. También vio la imagen de sus nanas haciendo las mejores representaciones teatrales que jamás presenció: “Oigan bien para aprender, para cuando les ocurra cuenten cómo conté yo y no piensen que es mentira, que lo cuenta quien lo vio”, le narraban de pequeña. Y de recuerdo en recuerdo, decidió volver cuento lo que había nacido para serlo: su vida.

Y si la vida es cuento y cuento que se respete es moraleja, la de estos artistas tiene la suya. Es como Borja cerraría su historia: “Haz lo que te guste, pero hazlo con pasión”.

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