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El suicidio de Medardo Angel Silva

Posted in poemas with tags on agosto 23, 2008 by edmolin657


Se ha escrito tanto de Silva y se ha dicho tan poco de él que aún cabe agregar algo nuevo sobre su vida y su trágico fin; los detalles concernientes a su último día se conocen casi en su totalidad, pero se ignoran las motivaciones que lo condujeron a tomar tan fatal resolución el 10 de Junio de 1919, a los 21 años recién cumplidos. Ese día, se levantó un poco agripado, salió a la calle y encontró a su amigo el poeta José María Egas con quien fue a una botica y compró medicinas para seis días pidiéndole un retrato de Oscar Wilde para ilustrar un artículo que tenía escrito y pensaba publicar la semana siguiente. Por la tarde estuvo en su chalet ubicado en Juan Pablo Arenas, se puso su traje negro, zapatos de charol y corbata de seda negra con rayas blancas, tomó un revólver Smith Wesson y fue sorprendido por su madre que entraba al cuarto, quien al verle el arma le preguntó: ¿Qué vas a hacer con eso? – Se lo devolveré a su dueño José Luis Ampuero Abadié, quien me lo prestó hace días en un paseo que hicimos a Vinces—fue la respuesta y dándole un beso en la frente se encaminó a la casa de su enamorada, una jovencita de no más de 16 años, casi vecina suya, a la que visitaba con frecuencia. Allí fue bien recibido por ella y su madre, departieron un rato, fueron hacia una salita interior para estar ambos a solas y comenzó a hablarle en clave, con frases casi sin sentido. Ella deseaba retornar a la sala principal donde había quedado su madre y lo invitaba a caminar hacia allí, momento que aprovechó el poeta para sacar el arma y se disparó detrás de la oreja, cayendo sobre el piso, pero agonizó con estertores por varios minutos y al finalmente quedó muerto.

Generalmente se ha dicho que Silva era obseso depresivo, que soñaba dormido y despierto con la muerte, a la que había bautizado con el nombre de “Hermana Tornera” en varios de sus más hermosos versos; pero Adolfo Simmonds que vivía en Quito desempeñando un puesto administrativo contó en cierta ocasión que Silva le había escrito pidiéndole empleo, porque necesitaba cambiar de ambiente, sufría de tuberculosis. Aquí tenemos una segunda causa aparente del suicidio, pero hay más, sobre las que nadie ha profundizado. Los Dres. Mauro Madero Moreira y Agustín Cueva Tamariz han escrito, cada cual por su cuenta, que Silva era un raro caso de genialidad, porque comenzó a escribir de 16 años en 1914, sin profesores ni lecturas, simplemente por intuición; en otras palabras, nació formado, no requería aprender, aprendió perse las reglas de la perceptiva literaria, redescubriendo los patrones poéticos de nuestra lengua que necesitaron de varios siglos para formarse en España. Así pues, en este tipo de genialidades donde nada es formal, es fácil hallar tendencias a la locura como en los casos de Nietchz o Van Goth, éste último también se suicidó, o ciertos tipos de esquizofrenia con tendencias paranoicas como en Napoleón o Hitler y seguir ahondando sería perder el tiempo con más ejemplos.

Tampoco debe desecharse la tesis de la sífilis, tan generalizada en la bohemia de su tiempo; recuérdese el caso de Pablo Palacios que ocurrió algo después o el de los famosos Caballeros Cruzados que contó Miguel Valverde en “Anécdotas de mi Vida”. Aunque a Silva solo se le conoce su último amor, que más fue un escarseo romántico con una adolescente simplona y el que tuvo con la protegida de su casa llamada Angela Carrión Vallejo. Para el ambiente de entonces, estas dos aventuras podrían aceptarse como normales, nada extraordinarias.

Así pues, rechazando la sífilis quedan como causas aparentes de su suicidio la depresión natural y permanente del poeta, que se le presentó desde su niñez cuando veía pasar por delante de su chalet los cortejos fúnebres que iban al cementerio y luego se le agudizó con el tiempo; a esto se sumaría la tesis de la tuberculosis sostenida por Simmonds y la de la demencia, tímidamente presentada por Madero y por Cueva.

Silva nació en la pobreza peor de todas, aquella que no siendo miseria nos esclaviza a necesidades urgentes y perentorias, que a los seres de talento mortifican porque les impiden ser lo que deben ser. Años de infancia mustia, dentro del gris entorno de un barrio que aún hoy guarda algo de su mala fama de antaño. Músico sin profesores, poeta de la noche a la mañana, crítico de ojos abiertos a su tiempo, todo ello fue Silva en el tráfago fugaz de sólo 21 años. De chico jugando en el lodo, comiendo cuasi mendrugos, sin padre que lo guíe, contando únicamente con sus compañeritos de la escuela de la Filantrópica, la llamada Universidad del pueblo, porque sus graduados sólo salían artesanos.

De 15 años buscó la libertad económica y se enajenó en una imprenta, hizo de cajista, de corrector, de mandadero, de arreglista, de limpiador, de todo. En 1916 recibió el espaldarazo de un crítico mediocre, pero no lo suficiente para desconocer al genio que tenía por delante. Desde allí su ascenso fue vertiginoso y siendo el último de los de su generación en edad, se colocó el primero en devoción para el trabajo y en talento para el verso.

Mas todo aquello terminó al primer golpe de timón de la adversidad, cuando el poeta soñador salió a la vida y se topó con que la fama no necesariamente trae consigo la prosperidad y que en el pacato Guayaquil de su tiempo no habían puertas sociales abiertas al talento sino a los estronques, no a la virtud sino a la estulticia. Para colmos en 1919 se presentó malo el invierno, llovió mucho y fuerte, garuaba sobre todo. El poeta se entristeció más, ya no le importaba la fama dentro de su reducido cónclave de amigos poetas que todo se lo reconocían, aspiraba con nostalgia otras tierras, quizás a Citerea o a Lutecia, que lo iluminaban con su imaginario fulgor.

La época tampoco le era propicia. Europa gemía bajo el peso de la gran guerra y envuelta en la miseria que la asoló después. En el Ecuador las pestes diezmaron al cacao y a las gentes y el placismo había triunfado imponiendo su vulgaridad a todo nivel. Acababa de morir Carlos Concha en una Esmeraldas destruida a cañonazos y en Guayaquil don Pancho Urbina pontificaba entre sus iguales, sin darle la mano a nadie por temor al contagio y los microbios. Vientos de fronda avisaban que el socialismo y el fascismo irían al encuentro militar. ¿Qué podía hacer un poeta sensible y parlero, tan delicado como Silva? El atajo del suicidio era el único camino seguro, su constante diálogo con la muerte se lo venía señalando con insistencia, ¿A qué seguir oponiendo resistencia, si estaba predestinado a tal f in?.

Así pues, si empujado por la tuberculosis o por alguna otra enfermedad incurable, mas bien algún vicio literario y enervante, pero más que por ello, guiado de la mano por la hermana Tornera, la muerte, y quizá para poner fin a su locura depresiva, se suicidó aquel fatídico 10 de Junio de 1919, casi sin quererlo, avisando para ver si alguien lo detenía, pero equivocó de sujeto, porque su postrer mensaje no podía ser receptado por una jovencita de sólo 16 años recién salida de la etapa infantil y sin experiencia alguna en esas trampas de la vida. Después del tiro fatal el resto no importa. Silva pasó a la inmortalidad, aunque aún existen obsecados que opinan que no fue suicidio sino asesinato porque compró remedios para seis días y pidió prestada una fotografía de Wilde para exhornar un artículo, etc., y aún podríamos continuar estudiando las causas aparentes de su acción que son muchas, por ejemplo, el descubrimiento de un secreto de familia guardado celosamente por años. ¿Cómo siendo de tez de ébano, era hijo de padres blancos y que pasaban de la edad madura al momento de su nacimiento? Su padre era casi sesentón y su madre tenía 35 años. y 15 de matrimonio sin fertilidad. Mucho se ha hablado de una adopción que el poeta vislumbró como efectiva sólo al final de sus días, que será materia de futuras investigaciones y por ahora sólo cabe avisarlas.

Silva fue un poeta de soledades profundas. Hombre con cara de niño que vagó presuroso por encontrarse a sí mismo “¿Su impaciencia no lo permitió, su juventud le ofuscó!” Su figura era un si es no tétrica porque vestía de negro y era magro y de carnes trigueñas. Poeta tallado en ébano se le ha dicho después, sin embargo había algo en él que iluminaba su rostro, era su atractiva y subyugante simpatía, de charla fluida, sonora e impregnada de un dulce acento irónico, personalísimo, interrumpido a veces por el gracioso mohín de su fina y delicada boca de imberbe en que hacía sonrisa la más amarga paradoja o el pesimismo más lastimero.

Vivía solo, recogido en sí mismo, con su madre de única compañera aunque no era su confidente; en medio de la vulgaridad y de la mediocridad del ambiente, en un barrio extramuro y cercano al cementerio donde su alma de artista se revelaba continuamente, por ello era inconsolable y se sentía incomprendido. A más de esto había fracasado con su novelita «María Jesús» que no agradó porque era campesina, Eglógica y Rosa, mas bien propia de su juvenilia romántica y dulzona, carente de cimas o profundidades. A esto hay que agregar que no ganaba lo suficiente en «El Telégrafo Literario» donde lo explotaban con un sueldo de hambre, perdón, de periodista. No tenía ni siquiera un traje de etiqueta y estaba obligado a cubrir actos .sociales en los que requería smoking. En cierta ocasión debió asistir al «Olmedo» a espectar a la Pavlova con uno prestado por su amigo Manuel Eduardo Castillo; que por supuesto no le armaba sobre su cuerpo juncal, enflaquecido por vigilias de lectura y de bohemia -¿o por la tuberculosis?- y el poco comer. Este préstamo debió caerle como una bofetada en vivo rostro y al verse al espejo, casi hecho un mamarracho, debió sufrir en lo más íntimo de su amor propio, dada su condición de sensible esteta.

Más, por sobre estos aspectos villanos y vulgares de su vida cabe resaltar su monomanía con la muerte – se creía predestinado para morir joven y aceptó que cuando antes fuere sería mejor-. Por ello los días se le tornaron grises, las jornadas pesadas y un desabrimiento general invadió su alucinado cerebro. Y como Silva confiaba a la pluma sus confidencias, anunció su partida en Mayo de 1918 a través de la revista «Patria» con su composición «El Viaje» /Se que hay un negro país (¿Dónde?) al que iré algún día. Las estrellas desveladas me oyeron preguntar ¿Cuándo? Pero bien sé que nadie sobre la negra tierra, podrá decírmelo … La mensajera vendrá por mí, a cierta hora. ¿Quién eres? preguntará mi corazón. Ella, cubierta la faz por negros tules, nada responderá. Silenciosamente ha de sentarse en mi barca; tomará el gobernalle … Y partiremos.

Allí mencionó dos veces el color negro síntoma de una depresión que le iría en aumento y que fue tónica generalizada entre los poetas modernistas de su tiempo. Noboa y Caamaño a quien el suicidio también llamó varias veces a sus puertas, pero no contestó por razones de índole religiosa, es autor del verso titulado: «El Viajero y la sombra», que dice así: A los que hemos mirado -en una noche horrenda/a nuestra cabecera la faz de la ignorada/ puesto que comprendimos, se nos cayó la venda/y tenemos la conciencia de la sonrisa helada.

Para Agosto de ese año Silva empeoró y le dio por reiterar su deseo de morir y aun más, aclaró que lo hacía antes que la locura se apoderara de su enfermizo organismo -porque él intuía- que lo cubriría de sombras. Veía la muerte hasta en el rostro del ser amado, primero como imágen repentina, luego corno un delirio persecutorio. Era un vagaroso malestar que se le iba insinuando y acentuando con el paso de los días, brevemente al comienzo y luego a todas horas. Mas él no se defendía y aceptaba su trágico sino hasta con cierta alegría y delectación, corno si paladeara la muerte a hurtadillas y le gustara su sabor. Morosamente se aprestaba al viaje y para ello vestía siempre de negro, todo era de ese color, hasta la cinta «olmediana» de sus impertinentes y que sujetaba a su camisa pulquerrima y blanquísima.

¡Figura rara la del poeta, joven prematuramente envejecido a causa del negro de su envoltura, de su genialidad indiscutible y de la miseria del medio en que vivía. ¿Y qué decir de la incomprensión de la ciudad, de sus patronos y hasta de los críticos nacionales que seguían aplaudiendo las quejas bequerianas y las poesías marianas de nuestros anticuados y pedestres poetas?

Fuente: Biblioteca Rodolfo Pérez Pimentel

Medardo Angel Silva

Posted in poemas with tags , , , , , on agosto 17, 2008 by edmolin657

MEDARDO ANGEL SILVA
POETA.- Nació en Guayaquil el 8 de Junio de 1.898 en un chalet de la calle Bolívar entre Panamá y Córdova, barrio de la Merced, propiedad de los Arzube Villamil. Hijo legítimo de Enrique Silva Valdés, músico y afinador de pianos que murió relativamente joven y de tuberculosis pulmonar en 1.902 y de Mariana Rodas Moreira, poetisa en ratos de ocio, naturales de Guayaquil y Balzar, respectivamente. Personas pobres que gozaban de la consideración y estima general por sus buenos modales y arregladas costumbres.

Su nacimiento ocurrió a los diecinueve años de matrimonio de sus padres (1) fue hijo único y al poco tiempo de nacido quedo huérfano de padre, transcurriendo su niñez en un chalet pequeñito y de madera ubicado en el callejón Juan Pablo Arenas y Morro, camino obligado al cementerio, donde el niño se acostumbró por las tardes a ver el lento paso de los carruajes fúnebres y el cortejo de los deudos y siendo por demás sensible, empezó a sufrir inverteradas neurastenias.

En 1.904 ingresó a la escuela Filantrópica del Guayas, que por gratuita era conocida como la Universidad del pueblo, ubicada en 9 de Octubre y Morro. También recibía esporádicas clases de piano del Prof. Toribio Sierra, recitaba a Olmedo y fue compañero de juegos de su primo hermano Fermín Silva de la Torre con quien practicaba música y quien sería
(1) Fernando Jurado Noboa ha descubierto que doña Mariana fue atacada físicamente en Ambato en Febrero del 97, mientras vacacionaba por allá, en el barrio de La Merced y después de la hora del almuerzo. Violentada, a poco regresó a Guayaquil y como respuesta del stress óvulo por primera vez, quedando en Agosto embarazada de su esposo.
violinista y profesor de ese instrumento. El joven Medardo Ángel debió tentar por entonces sus primeras poesías “pues le propuso a su primo escribir una opera lírica infantil con versos suyos y música de aquel”.

En Enero de 1.910 aprobó la primaria y fue matriculado en el Vicente Rocafuerte bajo el nombre de Ángel Silva. Fue un alumno normal, se distraía mucho en clase y cuando regresaba a su hogar pasaba la mayor parte del tiempo leyendo en silencio.

En 1.913 era amigo de los padres agustinos de la vecina parroquia de la Soledad y practicaba con ellos italiano, francés y latín, idiomas que conoció bien. En la biblioteca parroquial leyó numerosas obras y entre otras la novela “Jean D’ Agreve” del Visconde Eugenio María Melchor de Vogué (1.848-1.910) en su versión original francesa, que debió agradarle mucho porque al final el protagonista se suicida por amor, idea que había empezado a obsesionarle y con el paso del tiempo sus visitas a la parroquia se hicieron más frecuentes, pues tocaba el órgano en el Coro por simple distracción.

En Octubre se atrevió a enviar un poema suyo a “El Telégrafo Literario” y como creyeron que se trataba de una producción de José María Heredia no lo publicaron. (2)

Igual chasco llevó en Quito cuando en Febrero del 14 escribió a Isacc J. Barrera, Director de la revista “Letras”, quien también creyó que le estaban enviando un poema clásico. Por eso se ha dicho que fue genial desde sus primeras producciones y todo ello sin maestros.
(2) Los autores del estropicio fueron Manuel Eduardo Castillo, José Antonio Falconí Villagómez y José María Egas, quienes debieron investigar al autor, antes de lanzar su producción al tarro de basura.
Ese año tuvo experiencias. Su profesor en el Vicente, Pedro José Huerta, le sacó de clase para que regresara al día siguiente con la melena cortada, lo que no sucedió por la hipersensibilidad del joven, quien prefirió iniciarse como simple obrero en la imprenta Sucre antes de dar su brazo a torcer. Bien es verdad que también necesitaba el sueldo. Agustín Cueva Tamariz ha dicho que Silva era demasiado orgulloso para aceptar una reprimenda, aunque experimentaba el gozo al sentir la exquisita voluptuosidad del insulto.

En la imprenta hacia de todo, corregía pruebas, levantaba tipos, se connaturalizó con las letras y para reivindicarse de las contingencias de la vida, la pobreza y su color de ébano que tanto le chocaba, inició su poemario que tituló “El árbol del bien y del mal”, dividido en capítulos con títulos muy sugestivos (La Investidura, las Voces Inefables, Estancia, Libro de Amor. Estampas románticas. Divagaciones sentimentales. Baladas, Reminiscencias y otros poemas. Suspira de Profundis).

En Octubre solicitó a su amigo el periodismo José Buenaventura Navas Villegas la publicación de una de sus poesías titulada “Paisaje de Leyenda” que salió en la revista “Juan Montalvo”. Ya era un poeta seguro en la forma y en la música y por eso le recibieron dos sonetos más muy a lo Edgard Alan Poe y a lo Julio Herrera y Reisig, que dedicó Navas.

Su temática oscilaba entre lo ingenuo, elemental y sencillo como era él en su realidad cotidiana y lo elaborado, ampuloso y barroco como aspiraba a ser. Hacía versos a las personas y cosas de la vida y al mismo tiempo se evadía hacía un mundo de seres mitológicos producto de sus numerosas lecturas pues era un completo autodidacta que al paso del tiempo escribirá con profundidad, adentrándose en el alma humana y en su enfermo y conflictivo yo, sin encontrar caminos claros ni respuestas ciertas. De allí su inestabilidad emocional, una angustia existencial cada vez mayor y el suicidio como única salida lógica a tanta confusión y dolor. Por eso admiraba a Jean D’ Agreve y adoptó ese nombre por pseudónimo. El haber escogido un nombre tan rancio y extraño a su medio económicamente social y opaco, revela el deseo intimo de evasión a través de las bellas letras, hacia otro sitio extraño y parisién, conforme a la moda chic y extranjerizante de entonces.

En 1.913 fue presentado a Manuel Eduardo Castillo y le comenzaron a publicar sus poemas en las secciones literarias de los Jueves del El Telégrafo y los Lunes de El Guante. En sus ratos de ocio y con amigos de barrio integró en el Centro Musical Sucre, que era de obreros, una banda juvenil.

Igualmente le agradaba, melopeando en susurro con el teclado del compás, recitar sus versos; que se acomodaban más a los sollozos del piano que a la métrica clásica.

En 1.916 su amigo el poeta Aurelio Falconí Zamora le consiguió del Director de Educación Carlos Monteverde Romero, el nombramiento de profesor de la escuela Fiscal diurna No. 11 en Escobedo y Bolívar que dirigía el pedagogo Manuel María Valverde, con sesenta sucres mensuales de sueldo. Así fue como pudo salir del proletariado obrero e ingresar a la baja burguesía.

También empezaron sus colaboraciones en revistas. En “Anarkos”, quincenario dirigido por el pianista peruano Ernesto López Mindreu. En “Ateneo” de su amigo el historiador obrero Navas. En “Helios” de Carlos F. Granado y Guarnizo, publicación que tuvo de todo sin ser propiamente modernista. En “Respetable Público” de Alejo Matheus Amador y Eduardo Rivas Ors, semanario de fino acabado, crónicas artísticas y críticas taurinas. Finalmente, en “Renacimiento”, donde fue jefe de redacción y colaboró con redactores consagrados como Wenceslao Pareja, Falconí Villagómez, Egas, que ya lo habían aceptado como “igual”, por eso aparecieron cuatro bellísimos poemas suyos escritos en prosa poética, tres de los cuales recogería en su libro, crítica variada y dieciséis breves poemas de profundidad filosófica denominados “Suites de Estancias” a imitación del célebre creador de ese género, el griego Jean Moecas. Por eso se ha dicho que en 1.916 Silva entró al círculo de los escogidos y que recién en Enero del 17 al conocimiento del gran público, mediante un divulgadísimo artículo biográfico de su amigo el escritor Próspero Salcedo Mac Dowall titulado “El Niño Poeta”, aparecido en el segundo número de la revista “Anarkos”, pues de allí en adelante todos se interesaban en conocer al niño genial, buscaban sus poemas, indagaban por sus escritos.

La empresa periodística Prensa Ecuatoriana de Carlos Manuel Noboa Ledesma, dueña de la revista “Patria” en su segunda época, le llevó de Jefe de Redacción, honor grande si se piensa que Silva solo tenía entonces 19 años.

Allí hizo periodismo por primera ocasión en su vida. Escribía, corregía, diagramaba, peleaba en la imprenta y hasta llegó a crear textos publicitarios en verso. Cuando Noboa se ausentaba a Lima ascendía Silva a Director temporal y un día, por algo baladí -quizá su impersensibilidad famosa- se disgustó y salió. El asunto no debió ser trascendente pues con motivo de la edición de su libro regresó a la redacción a entregar varios ejemplares autografiados y se reintegró nuevamente como si nada hubiera ocurrido.

En mayo leyó un hermoso discurso durante el homenaje al gran poeta Nicolás Augusto González que se ausentaba del país y en “Patria” volvieron a aparecer varias de sus secciones, poemas, tres relatos, numerosas traducciones del francés y del italiano.
El Dr. Abel Romeo Castillo ha señalado que en el cuento “El Aviso” aparecido en Agosto de 1.917, Silva escenificó lo que sería su trágica muerte con casi dos años de adelanto. Por eso concluye que ya desde entonces estuviera sufriendo depresiones.

Dicho cuento salió en un mal momento para él. Había entregado a un librero la edición de su obra “El árbol del bien y del mal” en 98 págs. Edición pobrísima de solamente cien ejemplares y portada prerafaelista. La obra costaba dos sucres y al regresar a la semana siguiente comprobó con indignación que no se había vendido ni un ejemplar y retiró los libros, quemándolos en silencio ¿Falta de publicidad? indignado por este fracaso que tomó como un rechazo a su talento, destruyó la edición ¿apresuramiento del poeta, prejuicios, complejos? El fracaso le hizo ver una vez más que vivía inmerso en un ambiente municipal y espeso, pero no todo le era mezquino, numerosas voces amigas le aplaudían, la crítica saludaba sus producciones. Luís Aníbal Sánchez se admiró de la belleza de sus poemas. En Noviembre sirvió de editor de la revista mensual de artes y letras hispanoamericanas “España” que solo salió un número porque fue su venta un fracaso. En Diciembre se agravó su condición económica al quebrar y suicidarse el comerciante Manuel Pereira, propietario de un gran almacén en 9 de Octubre y Pedro Carbo, donde mantenía su madre un pequeño capital ganando interés, de suerte que perdido el haber familiar quedó con su madre y abuela Matea Moreira, costurera analfabeta de Balzar que vivía con ellos, en la más absoluta pobreza De allí en adelante debió mantenerlas con el sueldito de profesor primario y con lo poco que percibía en la revista “Patria”.

En 1.918 comenzó a frecuentar a un grupo de bohemios que se reunían en el Parque Seminario, colaboró en el semanario humorístico quiteño “Caricatura” de Enrique Terán Baca y Guillermo Latorre y empezó a preparar un cuaderno de poesía que iba a titular “Trompetas de Oro” muy a lo Rubén Darío, cuya copia remitió al célebre escritor venezolano Rufino Blanco Fonfona residente en Madrid solicitándole que escribiera el prólogo, pero este se excusó del encargo no sin publicarle un ensayo sobre Manuel J. Calle en la revista ”Hispano Francesa” de la capital española.

Por entonces editó en la revista “Ilustración” de Alejo Matheus una serie de poemas bajo el título de Películas y sostuvo una polémica sobre ellos. Era figura conocida de las letras, gozaba de fama y estimación, visitaba asiduamente a Modesto Chávez Franco –literato aficionado al esoterismo- y sus conversaciones versaban sobre el más allá. Este le aconsejó que no pensara en el suicidio.

En Enero de 1.919 publicó en el folletín del El Telégrafo una novelina rosa de cuatro entregas “Jesús María”, bucólica y rural, posiblemente autobiográfica, escrita en Abril del año anterior con motivo de un viaje a Daule y dedicada a su amigo José Eduardo Molestina Sotomayor. El argumento bello, sencillo y sentimental -muy del gusto de la época- le atrajo generales simpatías, sobre todo en el público femenino, que suspiró y hasta mojó pañuelos con dicho amor imposible. El Director propietario del periódico cayó en cuanta que tenia a mano a un joven talentosísimo y le llamó. Las novelinas lacrimosas siempre han dado más dinero que los poemas….aunque estos fueran perfectos, verdaderas obras maestras de arte. ¡Así es el mundo de cojudo!

Como se había alejado nuevamente de “Patria”, aceptó gustoso el empleo que le ofrecían en “El Telégrafo” cobrando por semana y pidiendo a veces suplidos, tal su miseria. Concurría los miércoles y sábados de tarde, dirigía la diagramación y el levantamiento de las páginas de los Jueves Literarios, la sección La Mujer y el Hogar y su columna “Al Pasar” donde hizo crítica literaria especialmente dirigida a los jóvenes valores del país….

En Mayo falleció el gran poeta religioso Amado Nervo y sufrió un duro golpe sentimental, emoción que aumentó su hastío de vivir, Hacía un año que mantenía un permanente diálogo con la muerte, a quien menciona como la hermana Tornera en sus relatos de prosa poética.

Su estado de salud no era normal. La autopsia revelaría demasiado grandes el corazón y el hígado. Su vida era una angustia permanente, aunque no lo dejaba comprender sino al paso en sus relatos y como acostumbraba a escribir en metáforas, nadie le creía. Una noche “sintió el aliento de la muerte al ser visitado quedamente por ella. “En otra ocasión se aterró al ver su rostro -el de la muerte- reflejado en el de la mujer amada y hasta pensó por un momento que se estaba volviendo loco.

Ya había nacido su hija María Mercedes Silva, habida en sus amores con la joven Angela Carrión Vallejo, a quien criaba su madre doña Mariana por encargo de algunas monjas amigas suyas. ¡Vaya compromiso para la pobre señora! pero ni el nacimiento de la niña ni otros furtivos romances con mujeres del pueblo ya no, le daban motivo para vivir. Solo la literatura le animaba, escribía incansablemente, tentaba nuevos temas, sus artículos se iban haciendo cada vez menos literarios y más generales, sus poemas se transformaban involuntariamente en versos libres enriqueciéndose con ciertas formas vanguardistas que anunciaban al post modernismo. Un delegado de la candidatura presidencial del Dr. José Luis Tamayo le había ofrecido a nombre del Partido Liberal la secretaría de la legación diplomática en Francia y como gozaba de la amistad personal del hijo de Tamayo el asunto parecía casi seguro. Otros prestantes liberales le apoyaban: Pareja, Molestina, etc.

El Mes de mayo le pareció eterno y pensaba que podía escapar a sus ataques de neurosis entrando en un convento. Sus amigos los agustinos le querían bien y él lo sabía pero no era suficiente. La idea del suicidio lo perseguía con insistencia y un desgano total le quitaba fuerzas. Ya no sentía placer al estar con sus amigos de barrio y hasta había dejado de concurrir al salón “El Búho” y a las veladas nocturnas en casa de Adolfo H. Simmonds ¡Solo le atraía el convento o la muerte!.

El domingo 8 de Junio varios amigos le celebraron sus 21 años, la mayoría de edad, con un afectuoso baile al que invitaron hermosas chiquillas de la clase media. Al comenzar la danza se retiró discretamente a una ventana y sacando de su pecho un ejemplar del Kempis se puso a leer, despertando la admiración de la concurrencia. Una de sus tantas genialidades se dijo entonces, cuando el poeta solo deseaba llamar la atención sobre su gravísima postración nerviosa.

El martes 10 salió a realizar varias gestiones personales. A José María Egas pidió una fotografía de Oscar Wilde para iluminar un artículo que tenía preparado y pensaba publicar la semana siguiente. Por la tarde estuvo en su chalet y posiblemente tomó unas medicinas porque se sentía resfriado. A las 8 y 1/2 pasó por el domicilio de su enamorada Rosa Amada Villegas Moran ubicado en Morro No. 704 entre Quisquís y Bolívar, conversó normalmente con ella y con su madre y luego se despidió.

La señora Moran de Villegas era vecina y comadre de la mamá del poeta y éste concurría a dictarle clases a la niña (Rosa Amada no tenía ni 16 años) a quien cortejaba con insistencia, siendo un si es no aceptado.

De vuelta en su chalet fue al dormitorio, tomó un revólver Smith Weisson calibre 32 que le había prestado días atrás su amigo José Luis Ampuero Abadíe. Su madre entró en esos momentos y muy extrañada le preguntó qué iba a hacer con él. Lo voy a devolver, fue la respuesta. (3)

(3) Minutos antes había vaciado el revólver, poniéndole una sola bala.
Nuevamente en la calle, encaminóse donde los Villegas, subió y pidió permiso para continuar la visita. La viuda le ordenó a su hija que tomara la lámpara del recibimiento y pasara a la sala porque la casa aún no tenia alumbrado eléctrico. Medardo Ángel se sentó separado de Rosa Amada y le dijo que le atendiera, lo dijo insistentemente. Rosa Amada se volteó para dejar la lamparita, el poeta le susurró que se acercase más y enseguida se disparó, cayendo mortalmente herido al suelo entre horribles convulsiones que duraron varios minutos.

Rosa Amada solo pudo gritar: “Medardo”. Enseguida entró su madre, su hermano Lizandro y su hermana María Luisa, quienes pidieron auxilio al vecindario. Pronto se llenó la casa de curiosos. Uno de ellos corrió a avisar a la madre pero cuando ella arribó Medardo ya había muerto. Entonces tomó su cabeza, la sostuvo entre sus brazos, la limpió de sangre, besó amorosamente y lloró con terrible desconsuelo.

El proyectil había entrado por detrás de la oreja, suponiéndose que en el último instante el joven pudo haber hecho un movimiento involuntario que desvió la bala. Nunca se sabrá si todo fue un juego -una chanza de las que acostumbraba hacer de vez en cuando- o si por el contrario, se trató de un acto primo.

El suicido de Silva-nervioso, teatral, precipitado, ocasionó un gravísimo escándalo nacional. Se alborotaron los cotarros tejiéndose las más espeluznantes historietas que dieron pie a versiones increíbles que aún circulan. El Comisario Quinto de Policía, Lic. Segundo Esteban Savinovich, ordenó inmediatamente el levantamiento del cadáver y hasta tuvo una frase despectiva para el difunto “Así mueren los morfinómanos y viciosos”

Se siguió el sumario de ley que no arrojó ningún resultado. Declararon varios sujetos. Carlos Ampuero Abadie dijo que Silva le había solicitado el revólver para llevarlo a un paseo campestre.

El sepelio fue concurridísimo, primero estuvo el cadáver en la morgue para la autopsia, luego en el camposanto hablaron los poetas y un representante de la Universidad. Tampoco faltaron coronas fúnebres pero no hubo servicios religiosos por su condición de suicida.

Fue un joven genial aunque desafortunado. Su débil complexión física heredada al padre pretuberculoso y de quien recibió también una exquisita espontaneidad artística, le hizo delicado y sensible. Una fuerte carga emotiva y de personalidad recibida de su madre, junto a sus deseos de superación social y al don divino de la poesía, le hicieron grande. Pero todo ello chocaba con la miseria en que se debatía, que le llevó a tener que solicitar a Manuel Eduardo Castillo un smoking prestado para asistir al antiguo Olmedo a cubrir una nota cultural (4). Tampoco faltó la incomprensión de un medio hosco, huraño al arte y al color de su piel, que le cerraba “las puertas de los mejores salones”, donde el poeta hubiera querido brillar por su estro, porque además tocaba muy bien al piano, al punto que llegó a componer unas Rapsodias quichuas perdidas porque no tuvo la prolijidad de llevarlas al pentagrama, porque sabia conversar sobre todos los temas imaginables con lógica, profundidad, sutileza. En síntesis era un bellísimo espíritu encajado en un cuerpo magro, feo, negro-verdoso (tez de ébano se ha dicho después con gracioso eufemismo) ¡Ah, si no hubiera sido tan pobre y tan racial y socialmente débil! ¡ Como habría maravillado al mundo americano, cómo hubiera sido feliz!.

 

(4) Cuando llegó la bailarina Ana Pallova, asistió al palco de la prensa mamarrachosamente, con un smoking que le quedaba grandísimo y tuvo que semiocultarse para evitar el ridículo, pero esa noche escribió galantemente el más bello y delicado de todos los poemas suyos “Dance D´Anitra” en honor a ella.
Su poesía admirable en un joven de veintiún años apenas, le salva de todo juicio, de toda comparación. Admirable pero explicable su poesía, porque fue un lector autodidacta que llegó a dominar el idioma cubriéndolo con el exquisito y suntuoso ropaje del modernismo, a sus artículos con galante prosa poética, a su crítica literaria con la claridad de juicio, a su novelina con la candidez de las primeras emociones y además escribió cuatro relatos cortos, muchas notas de prensa. ¿Cuánto más hubiera podido escribir? ¿Hasta donde le hubiera llevado su talento?.

Su contextura desmedrada con apariencia de debilidad le hacía casi un niño desprotegido pero él se defendía tras una máscara de fina seriedad y cortesanía, propia de esos tiempos todavía decimonónicos

De estatura mediana, delgado, piel diluida oscura y apagada, propia de la llamada raza cósmica que es todo y es nada al mismo tiempo, puesto que sin serlo todavía está llamada en el futuro a grandes conquistas, fue blanco, negro e indio al mismo tiempo.

Sus ojos brillantes pero no miopes ¿Porqué usaría unos anteojos de cristal sin aumento llamados impertinentes o quevedos? ¿Solo para llamar la atención?… Eso de que sus lentes eran solamente pose se probó hace poco con el par que se conserva en el Museo Municipal.

De facciones finas. El pelo algo rizado y negro le caía en rumbosa melena. Los labios finos, apretados y tímidos aunque carnosos, le rebelaban sensual. Le desesperaba la miseria y le ofendía el color, pero triunfaba con jovencitas del pueblo llano y de la baja burguesía, cuando él hubiera querido ser aceptado por mujeres blancas (madamas les decían entonces) como aquellas que salían retratadas “por ser de la mejor sociedad”.
Usaba su atuendo pasado de moda pues ya se vestía a la americana con ropa blanca traída por los gringos del Canal de Panamá. El saco negro de casimir, pantalones a rayas de fantasía, corbata de seda y sombrero de paño. Petrimetre arregladísimo, esteta que adoraba lo elegante y lo elitista, alma de aristócrata que veneraba a Francia y a todo lo francés y odiaba con todas las fuerzas su alma anciana, la prisa de la vida vulgar y común y la luz del día que revela todas las miserias e imperfecciones. Por eso no le agradaba el sudor ni el esfuerzo físico, prefería la tenue claroscuridad de los gabinetes secretos repletas de luz interior y de libros.

Diariamente se desesperaba al tener que dictar clases a los niños cuando estaba llamado a ser el mayor crítico del país, el poeta nacional, a honrar las cátedras más elevadas de cualquier universidad americana. A su amigo Falconí le confesaría que su mayor tragedia era haber nacido para morar un palacio de maravilla y estar obligado a morder la estopa en un figón miserable. ¡ Era tan niño y melancólico!.

Sufría de fotofobia (sentía dolor físico por la luz del día) dolencia grave, nerviosa y propia de las depresiones agudas y lo hubiera dado todo por el título de Bachiller y la aceptación social, que quizá habría alcanzado con el tiempo, de haber vivido más. Le resentí a que no se justipreciara su talento. “Nunca le pagaron lo justo, muchos lo explotaron”.

Por eso, aunque acostumbraba charlar alegremente, su alegría era solo la máscara amarga que ocultaba a un niño triste, que se desdeñaba a sí mismo y a la vida.

Nunca se ha probado que fumara opio o se inyectara la divina morfina ni siquiera por curiosidad de principiante, pero como en esos tiempos era común hacerlo entre los intelectuales, no han faltado algunos simples que le atribuyen tales vicios.
En 1 926 Gonzalo Zaldumbide editó las poesías escogidas de Silva en París pero su obra y sus poesías permanecieron desperdigadas hasta que el Dr. Abel Romeo Castillo las hizo publicar entre 1.964 y el 66 en cinco pequeños tomitos. El 84 apareció su biografía escrita por el mismo autor y que es hasta hoy el más completo estudio que se tiene de Silva, aunque bastante horizontal. De esta edición algunos pseudocríticos han escamoteado numerosos datos para elaborar unos pobrísimos ensayos literarios que nada nuevo han aportado ni al conocimiento de la vida del poeta ni a la cabal comprensión de su obra.

DANSE D’ AN1TRA.// Va ligera, va pálida, va fina,/ Cual si una alada esencia poseyere,/ Dios mío, esta adorable danzarina/ se va a morir, se va a morir, se muere.// Tan aérea, tan leve, tan divina,/ se ignora si danzar o volar quiere;/y se torna su cuerpo un ala fina,/ cual si el soplo de Dios la sostuviere./ / Sollozan perla a perla cristalina/ las flautas en ambiguo miserere…/ Las arpas lloran y la guzla trina…/ ¡ Sostened a la leve danzarina,/ porque se va a morir, porque se muere!.

SE VA CON ALGO MIÓ….//Se va con algo mio la tarde que se aleja../ mi dolor de vivir es un dolor de amar/ y, al son de la garúa, en la antigua calleja, / me invade un infinito deseo de llorar.// Que son cosas de niño, me dices?.. Quien me diera/ tener una perenne inconciencia infantil, /ser del reino del día y de la primavera,/ del ruiseñor que canta y del alba de abril! //¡Ah, ser pueril, ser puro, ser canoro, ser suave/ trino, perfume o canto, crepúsculo o aurora/ como la flor que aroma la vida… y no lo sabe,/ como el astro que alumbra las noches….y lo ignora! /

EL ALMA EN LOS LABIOS. – Dedicado a Rosa Amada Villegas, escrito a mano en un papel vulgar y con tinta roja, pocos días antes del suicidio.

//Cuando de nuestro amor, la llama apasionada,/dentro tu pecho amante, contemples ya extinguida;/ ya que solo por tí la vida me es amada,/ el día en que me faltes, me arrancaré la vida.// Porque mi pensamiento, lleno de este cariño/ que en una hora feliz, me hiciera esclavo tuyo; /lejos de tus pupilas, es triste como un niño, /que se duerme soñando, en tu acento de arrullo.//Para envolverte en besos, quisiera ser el viento,/ y quisiera ser todo lo que tu mano toca;/ ser tu sonrisa, ser hasta tu mismo aliento,/ para poder estar, más cerca de tu boca. // Vivo de tus palabras y eternamente espero,/ llamarte mía, como quien espera un tesoro:/lejos de tí comprendo, lo mucho que te quiero,/ y besando tus cartas, ingenuamente lloro.// Perdona que no tengo, palabras conque pueda,/ decirte la inefable, pasión que me devora,/ para expresar mi amor, solamente me queda,/ rasgarme el pecho, amada, y en tus manos de seda,/ dejar mi palpitante, corazón que te adora.//

Este admirable poema fue apasillado sin ninguna misericordia en la década de los años 30 por el notable músico Nicasio Safadi Emén, y hoy es cantado en todo el país y especialmente en las cantinas, como una de las canciones clásicas de nuestra música popular ecuatoriana, lo que a la madre del poeta, que le sobrevivió hasta el 14 de Junio de 1.942, le disgustaba muchísimo, como es lógico y natural, porque sabia que su hijo Medardo Ángel había sido un elegante esteta y no jilguero de cantinas.

Fuente: Biblioteca Rodolfo Pérez Pimentel

 
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