1.- Un poncho entre los Andes

 
   
Los viajes en avión que son largos ponen al revés las manecillas del reloj y te dan la oportunidad de invertir la moraleja y hacer por la tarde lo que dejaste de hacer en la mañana; porque la mañana empieza cuando llegas a tu punto de destino, o no empieza cuando empieza sino cuando acaba, o empieza la mañana cuando en tu reloj ha empezado ya la tarde. En este modo fue la llegada a Quito, al principio de una mañana que había terminado ya y con el viajero que acumulaba el cansancio de una noche doblemente larga.

Tan pronto fueron abiertas las maletas en mi habitación los nudillos de una mano golpearon la puerta por fuera y, al abrirla yo, una sonrisa de flores amarillas me pidió permiso para entrar. La sonrisa era una bandeja llena de zumos y frutas tropicales que se ofrecían a refrescar y dulcificar el principio de mi estancia como huésped. No podía haber un recibimiento más sabroso y más digno de aprecio. Fue esto lo que me retuvo despierto y me ofreció la oportunidad de mirar por la ventana.

El hotel Internacional Quito está elevado sobre la ciudad y al lado opuesto al perfil de Sucre en el monte Pichincha, oposición muy agradecida por mi parte porque este emplazamiento es mucho más exótico y menos patriota, sin representaciones de batallas heroicas; en esta parte el paisaje es el de la calma reflejada en el inmenso valle que parece nacer al mismo pie del hotel.

Sobre mi mesilla, en la cabecera de la cama, veo una tarjeta de visita muy especial en la que se perfila una figura humana desnuda y asexuada, tumbada, recostada en ninguna parte pero horizontal, con un número de teléfono y la sugerencia de poner el cuerpo a la altura de los Andes. En ese momento la bañera ya estaba llena de agua y espuma y calculé que en ella cabría más de una persona; sin embargo decidí no abandonarme en ella y no despreciar la invitación de la tarjeta y el número telefónico.

La ciudad de Quito parece un enorme poncho de los quichuas que hubiera caído del cielo y se quedara aquí tendido bajo el sol vertical del ecuador, en un suelo privilegiado por las cumbres nevadas de los cuatro volcanes que están a sus cuatro puntas.

El baño caliente y perfumado me devolvió la consciencia sobre mi cuerpo. En cualquier parte del mundo ocurre que pagando en dólares se hacen realidad los deseos de confort y es posible sumergirse bajo la espuma de Rochas aunque sea a cuatro mil metros de altitud.

En el instante final de este primer placer que yo me permitía llegó la respuesta a mi demanda telefónica; era una muchacha quiteña vestida de azul, con un sombrerito negro sobre la cabeza y una mochila de colegiala a la espalda. Me pidió hacer uso del cuarto de baño y entró a cambiarse mientras yo me dejaba caer sobre la cama; en pocos minutos volvió a salir como si fuera una alumna de las aventajadas en educación física; me entregué gustosamente a sus manos intuitivas y adiestradas para distender cada músculo, cada hueso y cada nervio mío, para recuperarme del insomnio. Mientras permanecí en la ciudad y cada día que pude volví a solicitar los servicios de esta bella quiteña que me regalaba trofeos de bienestar.

Ojalá pudiera uno encontrar un truco para rebobinar la historia y hacer un nuevo montaje de ella. Yo haría entonces una película de canciones indias de todos los pueblos de América, en la que los conquistadores fueran conquistados, que toda la sangre de las batallas fuera música y la codicia de los explotadores fuera pasión por ser amados de estas gentes que, como escribiera Colón en el principio de su diario, son tan generosas que dan de sí todo cuanto tienen; entonces alcanzaríamos la simbiosis perfecta de la magia y la utopía, la alianza de la naturaleza y la razón; entonces no hubieran surgido monumentos ni a las batallas ni a los mártires.

El turista recién llegado a un país es objetivo esperado por quienes viven de explotar la ignorancia o la buena fe de los demás, por los buscadores de primos a quienes dar el pego con el broche de oro, la esmeralda de ganga, la falsa arqueología y el falso folklore con apariencia de verdadero; si además el forastero es compatriota de quien lo recibe, entonces pagar también por su sensiblería y con ella tendrá que pagar el descaro de quien le ofrece fascinantes aventuras a la vez que le pide no importa qué trozo de patria que lleve en su maleta. Ese fue el pretexto con el que en mi habitación se consumieron tres botellas de brandy jerezano y unas cuantas cajetillas de tabaco negro ardieron, a más de otras tantas desaparecidas sin ni siquiera dejar allí el humo. A veces no es uno solo de estos cazadesprevenidos el que aparece sino varios o una nube de ellos. Pero en este caso se trataba de un tipo especialmente favorecido, porque venía pertrechado de historias asombrosas y todavía nuestras divisas estaban intactas.

Hay palabras misteriosas que encierran mágicos tesoros en su significado, incluso para quienes las escuchan por primera vez. Es fácil que en América una palabra tenga connotaciones exóticas, con un trasfondo de aventura y una promesa de riqueza fascinante, casi siempre dorada.

En Ecuador la sola palabra Llanganati es objeto de mil interpretaciones y descripciones diversas, porque ese nombre es ya toda una leyenda.

La habitación 403 iba llenándose del humo de Ducados y del aroma de Jerez, mientras otra bruma, más espesa todavía, llamada Llanganati, impregnaba el ambiente con historias contadas a retazos por un loco descarado llamado Ernesto, de barba y cabello blanco, con gafas gruesas y verborrea incesante, atragantado con el tabaco y el brandy. No mi generosidad, sino la de mis compañeros me obligó a escuchar hasta altas horas de la madrugada los cuentos de aquel sonado, remedo de viejos buscadores de Eldorado. Las oscuras montañas de que nos hablaba, según salían de su boca, ensombrecían mi cuarto y sentíamos ya la humedad fría de sus nieblas perpetuas, asfixiantes, encubriendo el relumbrón de los ingentes tesoros del Inca que los había sepultado allí y que todavía ningún valiente, ningún audaz aventurero, los había recuperado.

Yo, que no buscaba más aventura que la que en ese momento vivía, estaba deseando ya que cada día me contaran una historia como esta, aunque se agotaran las reservas de mis maletas. El colmo de mi felicidad se hubiera dado de contar con otro narrador, un viejo cura de aldea, por ejemplo, un profesor de instituto sin ganas de comerciar, una bruja, un curandero, un alcalde de municipio minúsculo, insignificante, no un vivaracho presumido y engañabobos como este; pero aquí estaba él con su mórbido relato que me tomó desprevenido y que, por tanto, me era imposible sospechar adónde podría llevarme.

Al llegar a Quito no hay un solo ciudadano que no se esfuerce en proclamar la deliciosa climatología que se disfruta, y recalcan en unas cualidades o en otras según les parezca oportuno; Siempre es primavera aquí, dicen. Tenemos las cuatro estaciones en un día. Lo que venga al caso, por muy diferente que sea. Porque efectivamente en una sola carrera de taxi se puede viajar a través de una tormenta de granizo, de un sol espléndido y de la más espesa niebla.

Pero a mi juicio hay una cualidad más notable todavía que todas estas y es la pureza del aire. Naturalmente es preciso estar acostumbrados a vivir en una de esas ciudades enmohecidas por la contaminación atmosférica para poder sorprenderse ante la pureza del aire de Quito.

Más allá de esto, el extranjero se da cuenta realmente de la climatología de esta ciudad cuando viva en ella una mañana enteramente diáfana, aunque no haga más que caminar por sus calles, pero sobre todo si se dispone a un paseo o excursión por el campo; entonces sabrá lo que significa Ecuador, donde el sol cae vertical sobre la tierra. Además de la proximidad extra del sol, por su verticalidad, atraviesa un cielo tan transparente que abrasa la piel del recién llegado. Por esto los naturales del país tienen la tez de un preventivo filtro solar.

Yo amanecí a mi primera mañana quiteña después de una noche cargada de brumas de historias extrañas. Mezclar alusiones a los tiempos de la conquista, –que en el caso de los incas fue especialmente cruenta, porque, entre otras razones, la sociedad incaica era cruenta ya de por sí– con la persistente quimera del oro, y ambientarlo en la geografía inhóspita y fría de los Llanganati, daba como resultado una cierta desazón.

Esa noche había decidido apartarme del velorio cuando iba a comenzar su segundo capitulo, ese en el que mis compañeros van a morder el anzuelo lanzado por Ernesto, prometiendo organizar una gran expedición a los Llanganati, porque, entusiasmados, allí encontrarán el fabuloso tesoro que hace casi cinco siglos ocultaron los incas para que los españoles no lo cogieran. La expedición habrá de ser filmada para la televisión con todo lujo de medios técnicos y de personal y resultaría, a buen seguro, de un gran interés científico.

El segundo día fui capaz de madrugar tanto como para contemplar al Cotopaxi desperezando su nevado bajo el sol, al otro lado de este valle del Guápulo por donde, otro día de hace siglos, Orellana salió de Quito camino del Amazonas. La niebla en el valle reposaba como si fuera un embalse de nubes, lleno a rebosar, entero, desde mi hotel al Cotopaxi; todo el camino parecía ser llano. La piscina termal bajo mi ventana exhalaba en el amanecer andino sus vapores cálidos acentuando lo paradisíaco del lugar, y una sola bañista, con maillot azul, nadaba en ella cuando eran las seis de la Mañana.

No siempre, pero a veces Sí, despertando pronto se tiene la suerte de ver lo que ocurre a esa hora y que Después no vuelve a ocurrir.

El hotel Internacional Quito es el más frívolo y festivo de la ciudad. Cada temporada taurina se ve lleno de fiesta española, con los toreros hospedados Aquí, sus cuadrillas y chicas guapas, otra raza de manolas, mestizas y mulatas, que son gustosas de acrecentar el folklore y la juerga. Aun fuera de temporada el hotel mantiene su aire desinhibido y jovial, lúdico, con muchos empleados vistiendo trajes indígenas, haciendo gala de una amabilidad permanente y una paciencia sin límites. Vivir en él es un placer, rozando la lujuria que no resulta casual sino acostumbrada; jugoso, fresco y aromático, como la piña tropical, el mango, la naranja y la papaya, dulce como los labios de una muchacha india y exuberante como el saludo del indígena puro, incontaminado, que conserva el vigor de la raza americana y el espíritu montaraz, hombre que lleva dentro algo de dios andino y algo de puma selvático.

Queramos admitir o no como tópicos estas expresiones, por aquello de que cualquiera que no viste nuestro estándar de diseño occidental ya es exótico, lo cierto es que me resulta admirable el hecho de que todavía existan seres humanos con vestigios de raza pura o, al menos, que se parezcan a su tierra, que tengan una forma de vida peculiar enraizada en su lugar de nacimiento. Por esto los europeos y los norteamericanos y los japoneses ya no se me parecen a ningún dios y los encuentro imposibles de mitificar y, hasta cierto punto, inhabitables para la poesía. Llevamos el occidentalismo como una hibridación de raza y hemos perdido la mayor parte de nuestro parecido con la naturaleza. Quienes nos hemos sumergido tanto en la sociedad industrial – consumista nos hemos alejado de la naturaleza tanto que, entre ella y nosotros, resultamos ser unos perfectos desconocidos.

Al indio americano, incluso al mulato y al mestizo de pocas generaciones, no se les quema la piel con el sol porque todavía la conservan bruñida, heredada de sus antepasados, emparentados con los naturales de los ríos y de los montes, con los seres míticos de los bosques y las selvas.

Yo sé que cada vez que voy a América vivo sobreexpuesto a esta impresión de encantamiento, debido a que todavía la veo como la pintan los relatos de viajes del siglo XVI: El Nuevo Mundo; siento que es un mundo que conserva mucho de nuevo respecto al nuestro viejo. Pero en este viaje mi predisposición a creer en la divinidad de los indígenas era aún mayor, teniendo en cuenta que nuestro objetivo más importante eran los indios de la selva virgen: Lo más recóndito de aquello nuevo antiguo, la América original. Por eso el hechizo que me produjo la muchacha mestiza de sombrerito negro fue tal que, cautivando todos los sentimientos míos y reduciéndolos a uno solo y feliz, aniquilando hasta las más pequeñas tristezas o volviéndolas al revés, todo me lo embebió de esa enjundia especial, del encanto, por muchos conocido, cuyo síntoma más frecuente es la continua sonrisa en plena cara.

Galina Andrade, … se me va a reír usted, quería ser rockera; pretendía llegar a formar parte de un grupo de rock que se hiciera famoso. Tenía la voz como la tendrían las pequeñas viborillas si cantaran, era como el tallo de un tulipán, como un hilillo de agua transparente, como el aire dentro de un canuto que sopla el vidrio, era como las indias de los cuentos de los europeos de hace quinientos años. Galina Andrade, con su nombre llegado de las riveras del Mármara y su apellido de oleaje suave y marinero de los mares gallegos, con su piel acharolada por el hibridaje de barcillo con pedigrí, quería ser una chica del rock. Podía. Podía ser lo que quisiera. Ojalá lo sea.

Las etnias de la selva amazónica y de las cejas de la montaña andina, mucho más suaves que las de los altiplanos, eran más agraciadas en su aspecto físico. A estos niveles bajaron los incas de los valles interandinos, a embellecerse, a medida que los iban conquistando. Galina Andrade debía descender de un grupo de estos indígenas que vivían en las lindes de la selva amazónica, cuando algún europeo con mucha suerte pudo cruzar con ellos su sangre. Tenía plumas en las manos y su aliento era el aliento que tiene la sangre dentro de las arterias calientes. Con sus plumas me embrujó como con varitas azules, igual que si en un resquicio de mí hubiera entrado un grano de maíz dulce. Sus manos me estremecían con ese sobresalto que sufren dos hojas verdes al juntarse por medio de una gota de agua.

Mientras yo la conocí, Galina terminó los exámenes de grado y empezaría a estudiar medicina en el curso siguiente. Y … se me va a reír usted, yo, por eso, porque quería tener un grupo de rock. No tuve tiempo de conocer de Galina más que su nombre y su primer apellido, el celofán humectado y brillante de sus labios, la laca de sus uñas, sus bambas y sus camisetas, su mochila de colegiala, y ni siquiera supe qué llevaba dentro; a lo más secreto suyo que llegué fue a verla mirarse en el espejo del pasillo cuando volvía a salir de mi habitación; allí recomponía su sobrerito con las dos manos y se miraba por los dos lados que podía verse, por encima de un hombro y por encima del otro. Quiteña, diecisiete años al nacer. Valdría la pena, para más de uno, ser el eterno escritor de tus versos. Porque todavía no has nacido a la civilización contaminada, la que taladra agujeros en la estratosfera y que despega tanto las capas superficiales de la piel de las profundas de los sentidos.

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