Joaquín Gallegos Lara

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JOAQUIN GALLEGOS LARA
IDEOLOGO.- Nació en Guayaquil, el 9 de Abril de 1.909, a la una y media de la tarde, en una casa de la calle Bolívar. Hijo único del matrimonio formado por Joaquín Gallegos del Campo (1) y Enma Lara Calderón, de antigua familia dauleña avecinada en el puerto. Ambos guayaquileños.

Huérfano de padre antes de los dos años fue llevado por su madre a un chalet de madera propiedad del Dr. Julián Lara Calderón (2) en las calles Chile y Puná (hoy Gómez Rendón) frente a la fábrica de galletas y caramelos “La Roma” del italiano Vallazza, donde gozaron de un espacioso jardín que ella cultivó con esmero, sembrándolo de rosales, cuyas flores vendía para costear la manutención de su tierno hijo y la edición del libro de su esposo.

(1) Joaquín Gallegos del Campo nació en Guayaquil el 27 de Julio de 1.873, miembro de una ilustre familia de escritores, poetas e intelectuales con casa en el popularísimo barrio de las Cinco Esquinas. El 20 de Enero de 1.895 fundó el semanario “El Cáustico”, satírico y de clara postura alfarista, con diatrivas virulentas y comentarios burlones. Falleció de Secretario de la Gobernación de El Oro el 20 de Noviembre de 1.910 al producirse un tiroteo en las calles céntricas de Machala, siendo pajareado por asomarse curiosamente a una de las ventanas de su despacho. Su muerte fue de contado y la viuda recopiló sus poesías líricas y cuentos en prosa que tituló “Mis recuerdos” que editó en 1.912 en la imprenta de El Tiempo, con prólogo, en 135 págs.

(2) Julián Lara Calderón era un acreditado médico que pasaba por neurótico por su siempre serio talante, por callado y circunspecto. Sus allegados le querían y respetaban y el vulgo le apodaba “Pulga brava” por su pequeña estatura y musculada contextura y porque aún recordaba el vecindario que en cierta ocasión se había enfrentado como macho con Pío Cupelo, célebre matón del puerto, en anunciada e histórica lid por la supremacía de las pandillas juveniles barriales y había salido con la nariz y unas cuantas costillas rotas, pero con el honor indemne y hasta con fama de valiente caballero que no temía a nada ni a nadie. Después había morigerado su espíritu aunque conservando sus antiguos hábitos gimnásticos y boxeriles. Como estudiante siempre inteligente, metódico, ganador del Gran Premio de Honor del Colegio Nacional Vicente Rocafuerte en 1.901, en la Facultad de Medicina discípulo predilecto del Dr. Alfredo Valenzuela Valverde, graduase con honores de Doctor en la especialidad de Medicina Tropical, consiguió una abundante clientela entre la que se encontraba el banquero Víctor Emilio Estrada y su numerosa familia. En 1.914 prestó servicios en la Campaña militar de Esmeraldas durante la revolución de Carlos Concha Torres. El 22 fue de los poquísimos médicos que esquivando las balas salieron a las calles a auxiliar humanitariamente a los heridos, a quienes recogió en crecido número hasta la madrugada y envió al hospital. Su posición económica desahogada y su temperamento introvertido y enemigo de las confianzas le granjeó fama de hombre difícil y las malas lenguas hasta le inventaron que en ratos perdidos era eterómano. Su vida familiar era tranquila pues vivía preocupado de los suyos: Sus hermanos Clemencia y Carmen Lara Calderón Vda. de Calderón, profesoras fiscales y muy honorables damas victorianas, sus sobrinos carnales Walter y Mercedes Lara, su hija Enma Lara y como ya sabemos su hermana Enma Lara Calderón Vda. De Gallegos y su pequeño Joaquín. Larga familia sería ahora pero en esos tiempos patriarcales era lo normal una de ocho miembros y tres viejas empleadas domésticas. A todos brindaba su afectuosa y paternal protección. Les daba su casa, la comida, atención médica y hasta los remedios, pagaba a la servidumbre y los servicios básicos de agua y electricidad, pero nada más y cada quien tenía que ingeniárselas para buscar el dinero de bolsillo. A veces, sin embargo, concedía ciertas ayudas extras para casos fuera de lo ordinario y como su hermana Enma no podía trabajar en la calle porque debía cuidar a su pequeño Joaquín, que ya había comenzado a sufrir de las piernas, la autorizó a cultivar el jardín y a beneficiarse con el producto de la venta de las rosas.El niño nació sano como se desprende de la lectura de dos de los poemas de su padre que dicen así: A mi primogénito.- // Tus ojitos, espejos de los míos, / en tan pequeña edad, preguntadores, / con sus luces alivian mis dolores / y vuelven a mi ser todos mis brios. // Quiera Dios no te aflijan desvaríos / y tu senda perfumen bellas flores; / que no sufran del hado los rigores, / ni te hiera la suerte en sus desvíos. // Atenaceado en mi dolor inmenso, / con la vida, luchando en lo profundo, / en ti pongo mi fe, contigo pienso; // Y aunque el pesar, el pecho te taladre, / es mi anhelo que seas en el mundo / “¡el sostén cariñoso de tu madre!”// El Primer Diente.- // Ayer tu madre, bella y sonriente, / llena de santo amor y de alegría / me señalaba en tu rosada encía / como un blanco botón, tu primer diente. // Sentí llegar a mi

 

cansada frente / un hálito de nueva lozanía, / pues el huesito aquel enflorecía / las ilusiones que abrigó mi mente. // Y me puse a pensar, hijo querido, / si el diente ponzoñoso del malvado / te hará apurar tu cáliz de amargura. // Pues hay diente rastrero y escondido / que se clava en la sombra despiadado / con la innoble ruindad de la impostura!” // pero en algún momento de su primera infancia debió sufrir el ataque de una enfermedad poco conocida -tuberculosis a la médula espinal- hoy llamada la enfermedad de Pott por el médico que la estudió.

A los tres añitos preguntó a su madre ¿Cuándo aprenderé a caminar? A los cuatro pidió que le enseñaran a leer y su madre y una de sus tías le llenaron de textos, libros y revistas hasta formarle una nutrida biblioteca y le costeó una excelente educación, pues el niño jamás pudo asistir a una escuela pública y sin embargo “hizo una infancia tranquila, consagrada a la lectura, leyó como pocos jóvenes lo han hecho en nuestro país y le fueron familiares los clásicos hasta adquirir una sólida cultura”. Por eso maduró rápidamente y el 10 de Junio de 1.919, al conocer el suicidio del poeta Medardo Angel Silva se sintió conmovido. Me sentí poeta, diría después, aunque solo sufría un desborde de olas sentimentales

En 1.925, cuando Joaquín tenía catorce años, se cambiaron a una casa mixta en la esquina de Manabí No 208 y Eloy Alfaro, más cómoda, rumbosa y elegante que el chalet y por supuesto más central. Esta nueva vivienda era de lujo para la época, en sus bajos existían locales alquilados para tiendas a varios comerciantes del Mercado Sur. En los altos funcionó el Consultorio con sala de espera y servicio higiénico independiente; un departamento donde cada quien disfrutó de un amplio dormitorio con buenas hamacas de paja mocora y muebles art nouveau que estaban de moda. Al lado estaba el de Doña Enma y Joaquín. A éste le dieron el del pie de la escalera. Arriba había una buhardilla con ventanas, que nadie quiso ni servía para nada, simplemente era una costumbre guayaquileña el tenerla como sitio destinado a los trastos viejos o para solaz de la servidumbre. Allí comenzó Joaquín a refugiarse las tardes y las noches, instaló una hamaca, leía a solas en absoluta tranquilidad y naturalmente, sin que nadie se la concediera, la convirtió en su sitio predilecto, hasta que un día todos acordaron subirle la cama.

No era un misántropo que gozaba alejándose de los suyos pues infaltablemente se hacía llevar para las comidas y compartía en sano esparcimiento esos momentos de intimidad. Las personas que me han hablado de aquellos tiempos aseguran que en la casa del Doctor Pulga Brava todo era muy ordenado.

De esta época es su “Despedida del Hogar” que dice así: // Me voy, amigos, del hogar risueño / donde volaron mis primeros días, /No es extraño que vuelvan a la mente / los recuerdos de viejas alegrías, / Desierta queda la gozosa casa / donde tranquila deslizó mi infancia; / casa donde murieron mis abuelos / impregnada de rústica fragancia, / La calle en que soñé bajo la luna / el balcón que se vuelve al occidente / donde ví la caída de la tarde / tantas veces soñando tristemente! / Hoy me despido vagaroso, errante, / y en todas partes soñador me pierdo, / en esta casa tiene todo sitio / un amoroso aroma de recuerdo, / Adiós, adiós, alares carcomidos / donde arrullan ledas las palomas / vecina palma que el ramaje inclinas / jardín lleno de llores y de aromas… / Adiós, feliz hogar, donde he pasado / las horas más hermosas de mi vida, / vivirás siempre, casa envejecida / en el fondo sin fin de mi pasado.//

Doña Enma no era una madre absorvente como las hay muchas y por eso acostumbraba dejar a su hijo en paz, respetando sus gustos y costumbres, su mundo interior que avisoraba rico y prometedor. Por sus continuos accesos de asma era una asfixiada crónica, por eso acostumbraba salir de vacaciones al campo o a la playa para ver si mejoraba y en esas travesías llevaba a su hijo, que conoció los ríos de nuestro litoral y la inmensidad del mar ecuatorial. “De joven aprendió a montar y corría por las sabanas, remaba por las tembladeras y esteros y escuchaba el habla montuvia.”
Al ocurrir el cambio de casa ya no dispuso de un jardín, pero se ingenió para traer pequeñas cajas con perfumes de París, que discretamente pasaba por la aduana, colocaba y vendía entre sus conocidas y amigas con regular éxito económico. El capital inicial le había sido suministrado por su hermano el Doctor, pero al poco tiempo pudo devolvérselo y empezó a girar con dinero propio. Entonces era usual que las damas de la clase media y adinerada usaran Nuit de Noel, Avion de Caron, A bien tot, Soir de París y otras esencias conocidas de Balmain y de Caron.

El negocio de los perfumes duró muchos años y sirvió para pagar ciertos lujos que Doña Enma proporcionó a su hijo: le contrató a Madame Tousart, anciana odontóloga que dictaba clases de francés a domicilio y al Doctor Caputti que enseñaba el italiano. Con los años Joaquín llegó a dominar esas lenguas y con Diccionarios aprendió el inglés, alemán y ruso porque tenía facilidad para los idiomas y gustaba hablar con extranjeros. Amaba a la vida y disfrutaba del trato con la gente. Sabía que la disciplina que su tío practicaba en todos los actos de la vida, era básica en la formación de un autodidacta como él. También se me ha asegurado que conocía de memoria las principales raíces latinas, que repetía en alta voz para matizar sus horas silenciosas en la bohardilla, deleitándose con la dulzura y musicalidad del idioma del Lacio.

Por entonces le dio por visitar a su tío abuelo el poeta Enrique Gallegos Naranjo en su vieja casa del Astillero. “Iba a verlo a la caída de las tardes. Era sencillo y bondadoso, sin vanidad me leía sonriendo lo que él había escrito. Emborronaba versos y se los leía, aprobábame y desaprobábame, nunca pretendió corregirme, también leíamos juntos a nuestros poetas, profesábamos el culto más puro por los de la edad de oro romántica. Se alegraba de mi juventud diciendo que yo le comprendía. Charlábamos de poesía y sobre todo me hablaba de mi padre.”

Pintaba paisajes, se conserva uno en poder de sus primos los López Lara y escribía poesías modernistas de velada tristeza porque su cuerpo era deforme. Sus piernas un guiñapo, pequeñitas y trapajosas, nunca le llegaron a desarrollar, contrastando con un fuerte tórax, brazos anchos, musculados y una cabeza enérgica. Y como no llegó a usar una silla de ruedas, se arrastraba por el suelo o guindaba de unas sogas sujetas en las paredes de su habitación.

En 1.926 arribó de España su prima Matilde Gallegos Ortíz a quien dedicó el “Poema en su Hoja de Album” // Era un muchacho pálido, meditador y triste, / que pasaba la vida aburrido talvéz; / ¿No le recuerdas prima? Acaso tu lo viste…. / Acaso lo conoces… El que esto escribe es. // Yo he sentido una suave y aburrida tristeza, / he amado la poesía, la gloria y el amor, / pero todo era un sueño que forjó mi cabeza; / hay que desengañarse, todo es dolor, dolor… // Hoy, por eso, en tu libro, no estampo la alegría / que merece la España de donde vienes tú; / yo solo puedo darte mucha melancolía / y la sueva tristeza que hay en mi juventud. // Y yo hubiera querido dejar aquí las glorias / de mis ensueños de oro, de perfume y de sol, / arrancar de mi mente las lejanas memorias / de esa raza que es mía, pues soy casi español. // Pues tu mereces eso; donaires y majezas, / rejas floridas, cantos de sonido andaluz. / Ya que tus ojos tienen las moriscas tristezas / de esa tierra de ensueño, de color y de luz. // Y no puedo, no puedo, aquí dejar escrita / toda mi soñadora y fugaz ilusión; / sólo dejo el reflejo de mi vida marchita / en esta melancólica y fraternal canción. // Solo puedo decirte que mi verso es sincero / que en él pongo las notas de un remoto ideal; / y quisiera ser poeta… porque mucho te quiero / cual si fueras mi hermana, cariñosa y leal. // Octubre 4 de 1.926. Esta poesía salió en la Revista “Páginas Selectas” que le presentó como “poeta de estilo nervioso como el minuto que vivimos, ideas audaces y aquilatadas, que hacen del joven poeta y escritor uno de los más amenos y desconcertantes.”

Y advino la época del cambio, que fue de maduración en todo sentido, incluso en lo literario, pues un amigo puso en sus manos un ejemplar de la revista “Amauta” que publicaba José Carlos Mariátegui en Lima y que traía a Guayaquil Pedro Bellolio Pilart y ocurrió que a través de la lectura de sus artículos aprendió a amar a la justicia social como supremo fin de los gobiernos, fijando sus ojos soñadores en la doctrina marxista que estudió a fondo, al punto que empezó a ser considerado en Guayaquil como uno de los más informados y eruditos ideólogos del marxismo y solo tenía dieciocho años de edad. El mismo lo ha dicho “Me expresé con nuevo acento que mi tío Enrique no podía entender y meneaba la cabeza incrédulo de mi, apenado, viéndome en vías que le parecían extraviadas. Secretamente acaso me creía un apóstata”.

Fruto de esos días con resabios románticos y modernistas, fue su declaración lírica a una bella joven llamada Carlota “la de los ojos color de pasa”, a quien confesó que en otros tiempos la hubiera regalado con versos. “Entonces acudían ellos solos a mis labios, vivía embriagado continuamente del divino temblor: poesía. Después jugué mi corazón al azar y me ganó la violencia…”

Y aumentada su capacidad de aprehensión del mundo exterior con idiomas y teorías políticas, creyó conveniente emerger de su buhardilla hacia el plano nacional para aconsejar a sus iguales y enseñar a los demás. Su fuerza interior, disciplina constante en todos los actos de su vida, el atractivo de una elevada cultura y un cierto carisma personal, llamaban la atención y se hizo conocer a través de versos y artículos que periódicamente aparecían en las principales revistas culturales de Guayaquil tales como “Páginas Selectas”, “Variedades”, “Letras y Números”, “Cosmos”, “Ilustración” y de una nutrida correspondencia que empezó a sostener con numerosas personalidades del país.

En Agosto del 27 sobresaltó al abúlico vecindario y a los lectores y lectoras de “Páginas Selectas” con un soneto heterodoxo y difícil de comprender para el pacato criterio de entonces, pues negaba la divinidad a Jesús. Y lo que ahora no llamaría la atención de nadie, entonces fue piedra de escándalo y hasta le atrajo el reproche de algunos íntimos. Al Nazareno.- // Oh tu, que en una cruz, entre dos miserables, / bebiste hiel amarga antes de perecer, / befado por la turba de canes despreciables, / y llorado por una sola y débil mujer! // Hombre pálido, dime ¿Cual era tu dolor? / ¿Era ver a tu madre ante la Cruz de hinojos / llena el alma de pena y de llanto los ojos? / ¿Era el olvido de tu doctrina? ¿Era el temor? // No, lo que atormentaba tu alma en ese instante / no era amor ni miedo, era el interrogante / que en ti mismo nacía como serpiente atroz. // Era pensar ¿Engaño a los hombres? ¿Me engaño? / y más que las espinas de oprobio te hacía daño / decirte: Padre mío ¿ Y si no soy un Dios? //

En Abril de 1.928 publicó el poema “Campanas de mi barrio” que dice así: // ¡Campanas de la tarde! / ¡ Campanas de mi barrio! / pedazos de sol poniente / en el oído / Campanas de las seis / que cantan las horas roja y violeta / quejumbrosas palabras de gigante / que anuncian: / ¡ la noche! / como una turba de fumadores / los postes de alumbrado / prenden sus cigarrillos, / las campanas me traen / el pensamiento de ella, / envuelto / en sus broncíneos ecos, / carta ideal en sobre sonoro, / la calle se llena / de beatos, / a las seis y media, / entonces ella asoma gentil, / vestidita de negro, / por la cercana esquina, / tiene mucho de alado / y leve mi chiquilla, / se me confunde; ya casi es de noche; / y llega al fin y sin que nadie vea / me envía el radiograma / de amor, / con el anacronismo de sus ojos, / entra en la iglesia, todo se me apaga, / hasta que salga. //

Su casa se fue convirtiendo por esos días en sitio obligado de reuniones culturales a las que asistían numerosos jóvenes e intelectuales y hasta visitantes de otras regiones del país llevados únicamente para que le trataran. Así conoció a dos mujeres que gravitarían enormemente en su vida: Olga Herrería Herrería y María Nela Martínez Espinosa, esta última, pasaba unas cortas vacaciones de verano en el Colegio de la Inmaculada.

Recibía a todos en una blanda y cómoda hamaca y les hablaba con su voz gruesa pero amable. Alfredo Pareja Diez-Canseco ha escrito: Exploraba sus almas, las estudiaba en mil formas, averiguaba sus historias simples, incursionaba en sus deseos imprecisos, en sus ambiciones profusas, vagas… Era el sincero amigo que brindaba todo su tiempo, el guía inteligente y sobre todo el incitador que estimulaba las acciones más nobles del espíritu por los caminos del arte, la cultura y el marxismo.

Cuando conocí a Gallegos Lara fue un verdadero deslumbramiento, diría en 1.947, en México, Demetrio Aguilera Malta. Lo descubrí erudito en Humanidades Clásicas con una inconmovible fuerza de arrecife. Me impresionó su soledad, su hambre de vida, una reciedumbre humana, su lealtad absoluta, el desmesurado kaleidoscopio de su alma… El 57, Pareja, en Carta Abierta y Literaria, lo describió así: Te gustaba aconsejar en una forma que no se advirtiera el consejo. Esto lo habías aprendido en los viejos diálogos socráticos que reproducías montado en tu hamaca, con tus piernas colgando, las voz clara, conclusiva, dirigiendo la polémica, indagando, siempre indagando, a las veces con una curiosidad aterradora.

Por eso se ha dicho que era un curioso del mundo y de las almas que solo avisoraba a través de las ventanas abiertas de su refugio, que no era una torre de marfil ni el minarete de un solitario filósofo, sino una simple buhardilla vecina al Mercado Sur de la ciudad con el incesante movimiento de hombres y mujeres sudorosos a trópico, pueblo llano que él amaba y comprendía y al que quiso reivindicar.

Y como para desahogar, para escapar de la invalidez que lo oprimía, que le condenaba a arrastrarse sobre sus manos en presencia de sus amigos, escribía poemas que luego cambió por cuentos que salían con gran naturalidad, como hermoso legado paterno. Habiendo intentado editar sus poesías bajo el título de “Audiciones ecuatoriales” no lo pudo hacer por razones económicas y como los tiempos eran muy duros renunció para siempre al lirismo en aras de la realidad social a través de cuentos que tenían que ser como él era , de estilo cortado y nervioso, de temática tremendista y cruel -sexo y violencia fue su fórmula magistral- en donde no se rehuían las malas palabras ni las situaciones escabrosas porque esas eran sus armas para conmover las conciencias sobre la realidad de la tragedia socioeconómica que vivía el Ecuador. “No toda su labor intelectual era simplemente escrita, como tampoco lo era exclusivamente literaria” iba más allá, era especialmente política, atea y marxista.

Entre el 28 y el 31 trabajó de controlador en un camioncito que acarreaba cascajo de las canteras del cerro San Ana hasta la periferia de la ciudad, apuntando las camionadas que iban y venían, pero la crisis económica terminó con este negocio de su tío y Joaquín volvió a ser un desempleado.

Guayaquil vivía la crisis agobiante del cacao enfermo complicada con la situación mundial. ¿Quien no pasaba estrecheces y hasta bordeaba la pobreza o la miseria? Pues ese fue el preciso momento para incitar, mover corazones, desperezar intelectos y decidió actuar mediante el ardid de un libro de cuentos del cholo y del montuvio, a medias con sus amigos Demetrio Aguilera Malta y Enrique Gil Gilbert.

Los seleccionó, pulió y pasó a máquina – ocho por cada autor – creó el título: “Los que se van” y puso como aclaración al inicio de la obra: Este libro no es un haz de egoísmos. Tiene tres autores: no tiene tres partes. Es una sola cosa. Pretende que unida sea la obra como unido el ensueño que la creó. Ha nacido de la marcha fraterna de tres espíritus. Nada más. Después agregó los siguientes tercetos, que han sido calificados de malos y sin embargo son bellos y elocuentes. //Porque se va el montuvio, los hombres ya no son / los mismos. Ha cambiado el corazón / de la raza morena enemiga del blanco. // La victrola en el monte apaga el amorfino / tal un aguaje largo los arrastra el destino / los montuvios se van p’ bajo del barranco.

Cuando salió el libro en Octubre de 1.930 impreso en la Editorial Zea – Paladines, Joaquín solo tenía veintiún años de edad y ya era el Maestro, como jefe de una generación literaria que pugnaba por emerger y estaba llamada a ser piedra de escándalo por su índole realista y su voluntad de denuncia social, aunque Joaquín no gustaba de ese tratamiento y solo se consideraba un compañero más.

El país había soñado con el lirismo modernista y suntuoso de los años veinte que vistió al castellano con ropajes selectos y seductivos, pero como todo lirismo el modernismo fue una simple evasión. Con el grupo de los relatistas de Guayaquil de 1.930 el país se incorporó a una realidad contraria, sudorosa a trabajos e injusticias, es decir, se fue al extremo opuesto, pues de París pasamos al monte, de lo extranjerizante a lo nacional. Más, el libro fue pésimamente recibido por chocante, crudo, brutal, exagerado y por ser tan especial los críticos callaron en actitud despectiva, le acusaron de pornográfico y hasta las buenas tías de Joaquín se sonrojaron de vergüenza. La poetisa y escritora Rosa Borja de Ycaza advirtió a su joven amiga y pintora Alba Calderón, que no lo leyera porque eso no era literatura. Cuestión de gustos y criterios. Desde hacía dos años había amistado con el literato español Francisco Ferrandis Albors, trashumante aventurero que hacía crítica periodística en “El Telégrafo” bajo el pseudónimo anagramático de Feafa y con el escritor colombiano Carlos Cisneros Palacios que también trabajaba allí, quienes le habían empujado al realismo, adjurando de la vanguardia literaria por bárbara y antisocial. Feafa le decía que más convenía al país una literatura realista, expresión de una filosofía en la literatura que sirviera de furibundo alegato en pro de los humildes y revelara la magnitud de la tragedia social, que seguir en inútiles disertaciones antirítmicas. Por eso fue el mismo Feafa quien lanzó la clarinada de alerta sobre la nueva temática y forma reiterativa de la denuncia, declarando en su columna que el libro “Los que se van” era lo mejor de la literatura ecuatoriana del tiempo, pequeña obra maestra que conmocionaría la estética del Ecuador.

El 31, a raíz de la muerte de su tío abuelo Enrique, escribió Joaquín una “Notas” autobiográficas y explicativas de su desarrollo interno, de sus interioridades.

Tras esa primera publicación donde anunció estar preparando una novela sobre la tragedia del cacao enfermo, Joaquín creyó que era llegado el tiempo de actuar, de emprender el adoctrinamiento político a nivel sindical y empezó a trabajar en diversas asociaciones de obreros dentro del grupo comunista que lideraba su amigo el Dr. Ricardo Paredes. Bien sabía que la acción inicial había surgido de la masonería guayaquileña durante el siglo XIX a través de obras sociales y filantrópicas, para lograr la superación de los grupos de artesanos por la educación y la cultura, pero tales empeños habían disminuido considerablemente en 1.930 y la mayoría de esas asociaciones devinieron en sitios de reunión de la burguesía, habiéndose perdido la garra inicial. Así pues, la nueva lucha debía salir de los sindicatos formados por el pueblo llano, no por aburguesados artesanos entregados al juego de las clases altas en la Sociedad Filantrópica del Guayas, la Sociedad de Artesanos Amantes del Progreso, etc.

La época de oro de las izquierdas fue justamente entre los años 25 al 40 cuando dominó en los sindicatos y en las calles desplazando al viejo Partido Liberal, luego vendría el Populismo con Mendoza Avilés, Guevara Moreno y Asaad Bucaram. Y así, formando parte de una generación que le consideraba el Compañero consultor, se dedicó a estudiar los problemas nacionales con Pedro Saad, Enrique Gil, Rafael Coello Serrano, Alfredo y Pedro Jorge Vera, Roberto Nevares Vásquez, Efren Jurado López, Adolfo Hidalgo Nevares, Alfredo Palacios, Manuel Medina Castro, Rafael Díaz Ycaza, Cristóbal Garcés Larrea, Blanca Navas Palomeque, Jorge Swett Palomeque, Ana Moreno Franco, Elías Muñoz Vicuña, Jorge Maldonado Renella, Fortunato Safadi Emén, Dora Durango López, Ney Castillo y Miguel Augusto Egas hijo, entre otros.

A principios del 31 empezó una columna en “El Universo” y al mismo tiempo quiso completar su novela “Cacao” sobre el campo agostado e improductivo por la peste de la escoba de la bruja, que parece que nunca llegó a concluir, quedando a su muerte diferentes versiones de algunos capítulos imposibles de ordenar. En carta a Benjamín Carrión le declaró que iría a pasar unos días a la hacienda “Chojampe” de los Gilbert, cerca de Taura, para compaginar y darle feliz término, pero en eso se enfermó de fiebres palúdicas y no pudo viajar.

¿Por qué no la concluyó? Caben muchas respuestas, una de ellas es que aún no se había decidido a lanzarse enteramente a las calles o lo hacía a medias por su impedimento físico que le condenaba a transitar en los estrechos parámetros de los alrededores y como tampoco era un montuvio le era difícil escribir sobre el campesinado costeño. Hernán Rodríguez Castelo también ha respondido esta interrogante al afirmar que Joaquín siempre tuvo problemas estructurales en sus novelas, siendo más certero y pronto en el cuento, en la crónica rápida del periodismo, etc. y que los cinco miembros del Grupo de Guayaquil de los años 30, juntos, no llegaron a utilizar ni la mitad de los modismos montuvios que usó José Antonio Campos, a) Jack the Ripper, en sus sabrosos artículos humorísticos. De todas maneras, en Septiembre del 33 apareció en la revista “América” de Quito, uno de los capítulos, titulado En las Huertas. Ç

En 1.996 Nella Martínez , declaró al suplemento Semana de diario “Expreso” que Joaquín si terminó Cacao, cuyo subtítulo era La Escoba de la Bruja, por aquella peste que azotó las inmensas haciendas y lo que vibraba en la novela era la fuerza y el carácter de los montuvios, su inmensa pasión ante la tierra aunque no fuese propia, para hacerla fuente y origen de su ser. El manuscrito fue enviado a una editorial de Buenos Aires con la que Joaquín mantenía correspondencia y cuando la novela no fue publicada reclamó su devolución, pero nadie le dio razón de ella.

Refiriéndose a Joaquín, agregó: “Lo veo en la hamaca de su buhardilla, que se movía crujiente. Recostado mecíase para sentir aumentado el aire fresco que entraba por la ventana siempre abierta sobre los tejados y las azoteas vecinas llenas de voces o música. El cuaderno sobre sus rodillas, reemplazadoras de sus pies inmóviles, servíanle de apoyo al escribir. Y los lápices, sus cómplices múltiples, estaban al alcance de su mano. Les sacaba punta con firmeza como si de ellos solo dependiera la letra pareja y hermosa, antes de deslizarse en las páginas que lo esperaban. Muchas veces al día debió interrumpir la escritura ante la continua presencia de los camaradas y amigos. La consulta venía del sindicato de panaderos con los que trabajaba más frecuentemente o de los carpinteros. Igual llegaban los políticos o poetas con sus problemas y notas. A nadie he encontrado que percibiera la esencial razón del otro, en su más profunda raíz de inteligencia y comportamiento, como a Joaquín. Lo desnudaba, no para hacerle daño sino para comprenderlo mejor y proyectarlo desde su propia personalidad. Conversaba en cátedra sin proponérselo, por la sola seguridad de su voz potente y su más potente cerebro alerta desde su primer recuerdo de su invalidez. Desde ese momento comprendió su drama, y se lanzó a volar de otra manera venciendo al dolor de ser distinto y mutilado… Sin escuela, su cultura de autodidacta era un milagro de su inteligencia. Encontró la razón en el marxismo: explicación de las diferencias en la sociedad capitalista y a la vez alegato histórico del necesario desarrollo humano. Y no abandonó el quehacer del militante en medio de su pertinaz carácter de suscitador.

En Mayo del 31 empezó a escribir para “El Clamor” de Guayaquil y trató sobre la novela rusa. Dicha publicación alcanzó diecisiete números editada por Ferrandis Albors, Adolfo Hidalgo Nevares, Francisco Rodríguez G., Rigoberto Ortíz Bermeo y César Naveda Avalos. Su amigo el periodista Carlos Alberto Flores le llevó a integrar el “Centro de Estudios Literarios de la Universidad de Guayaquil” creado ese año bajo la presidencia de Rosa Borja de Ycaza, siendo el miembro más joven y el único de pensamiento de izquierda. Se puede considerar este honor como el primer reconocimiento oficial obtenido en su vida intelectual. Allí amistó con valores consagrado como José María Egas, José Antonio Falconí Villagómez, el ex Presidente Alfredo Baquerizo Moreno que se portó con Joaquín cariñoso y paternalmente, etc.

El 32 Benjamín Carrión alabó los cuentos de “Los que se van” desde París por ser el primer brote ecuatoriano de la nueva lírica hispanoamericana y como el mensaje fue lanzado en la capital de Europa alcanzó mayores ámbitos y logró limar las asperezas provocadas por las palabras crudas, las escenas exageradas, tremendistas y hasta las situaciones sexualmente comprometedoras; sin embargo, no faltaron espíritus juveniles que comprendieron que el mensaje iba más allá del ataque frontal a los convencionalismos y que exigía un cambio total de conciencia como natural y necesaria actitud hacia las grandes mayorías misérrimas del país y desde entonces los escritores mayorcitos como José de la Cuadra y Alfredo Pareja, nacidos en 1.903 y en 1.908 respectivamente, renunciaron a su temática intrascendente con títulos como “Sangre de Incas”, “Perlita Lila”, “Sol de Oro”, “Olga Catalina”, “Señorita Ecuador” o “La Casa de los Locos” y entraron al realismo social, formando parte del grupo constituido por Gallegos Lara y sus iguales, que dio la tónica al siglo XX en las letras nacionales convirtiéndole en el siglo del inconformismo a través de la acción.

Ese año 32 fue muy atareado, conoció a Luis Alberto Sánchez exilado en Guayaquil, trabajó para “Semana Gráfica”, en el semanario político “Cocoricó” de Clotario Paz y Eleodoro Avilés Minuche y desde su columna en “El Telégrafo” criticó el pirandelismo literario de Humberto Salvador autor de “En la ciudad he perdido una novela”, después lo haría con el absurdo a lo Kafka de Pablo Palacio en “Vida del ahorcado” pues su crítica siempre estuvo influida por una visión política y creía en la inminencia de una revolución marxista en el Ecuador, de manera que no había tiempo ni era oportuno ocuparse del arte, y colaboró en la revista “Hontanar” de Loja.

El 33 intervino en la primera Exhibición del Poema ecuatoriano organizada por la Asociación artística y cultural Allere Flamma de su amigo el Escultor Enrico Pacciani con “Film ferroviario” y durante una sesión en un Sindicato demostró tener un excelente humor a través de la siguiente anécdota. El Compañero Luis Felipe Huaraca Duchicela fue electo Director de la sesión pero muy orondo declaró que no la presidiría a menos que fuere reconocido heredero del Imperio del Tahuantinsuyo por los allí presentes. Joaquín tomó palabra y procedió a realizar un formal reconocimiento de tales derechos, en vibrante discurso por sus conocimientos históricos y por la amistad que le profesaba a Huaraca. Solucionado el impase, éste asumió la dirección, actuó de buen grado y todos contentos y satisfechos.

¿En qué fecha ingresó al Comunismo? El asunto no ha llegado a dilucidarse debido a la pérdida de los archivos de ese partido, pero su dedicación al adoctrinamiento político en sindicatos y asociaciones obreras le había granjeado el respeto de todos.

Otro asunto palpitante – del momento – fue la visita de una joven cañareja de vacaciones en la ciudad, María Nela Martínez Espinosa, llevada por su amigo Enrique Gil Gilbert a la buhardilla. Ella era una estudiante amiga de la literatura y la poesía que le admiraba en silencio tras haber leído uno de sus poemas en alguna revista y estaba de vacaciones en compañía de su madre. El amor fue a primera vista para Joaquín, no para ella que solo le admiraba como a amigo e intelectual. La pasión se hizo desorbitada y cuando al poco tiempo ella volvió a Cuenca, Joaquín quiso devolver la visita. Una locura dada su condición de paralítico pobre.

En el viaje a Cuenca admiró la fragosidad del paisaje, sus precipicios y peligros, la novedad del paisaje andino, sintió el intenso frío paramero que cala los huesos, contempló en toda su magnitud la tragedia del indio y su amiga Nela le alertó sobre la dolorosa condición de los porteadores de personas y mercaderías llamados comúnmente los Guandos, y comenzó a escribir esa novela que también dejaría inconclusa en manos de ella, quien la completó y publicó en la editorial “El Conejo” en 1.983.

La mutua estimación y trato acrecentó los sentimientos de afecto de la primera ocasión, al punto que hablaron de matrimonio. En ceunca también hizo buenas amistades literarias, conversó con G. Humberto Mata, recibió clases de quichua de Manuel María Muñoz Cueva y por meras críticas literarias -a Joaquín no le agradaba la poesía mariana- sufrió un ataque mientras paseaba a caballo por las calles de Cuenca, del que se salvó merced al ardid de sacar una pistolita que llevaba consigo, posiblemente avisado de la mala voluntad que alguien le tenía.

José de la Cuadra publicó en Septiembre, en la revista “Semana Gráfica” de El Telégrafo, un enjundioso artículo sobre su obra literaria, mencionando a Joaquín como el suscitador, quien se sinceró a su regreso a Guayaquil con Pablo Palacio, que se había dado cuenta de los inconvenientes del amor que profesaba a Nela y así se lo dijo. Discutieron, la amistad terminó. ¡Fue una pena enorme!

El matrimonio se realizó en Atocha cerca de Ambato con la premura que siempre ponen los enamorados. Ella había viajado a esa ciudad para aceptar un puesto de profesora primaria ofrecido por un amigo de su padre. De vuelta a Guayaquil los recién casados fueron con Doña Enma a un departamento alquilado desde dos años atrás por Feafa, en Clemente Ballén entre Boyacá y García Avilés, al lado de la casa esquinera a Boyacá propiedad de la familia Durango. Allí vivieron con Enrique Gil Gilbert recién casado con Alba Calderón, el pintor Alfredo Palacios y por supuesto Feafa. Entre todos se repartían las labores en un ambiente de franca camaradería, prestándose los libros unos a otros, recibiendo visitas y organizando tertulias literarias. Enrique Gil le cargaba caundo salían a la calle pero se lo prohibió Alba porque la incontinencia de orina de Joaquín le dejaba el cuello de la camisa mal oliendo.

Años después, rememorando esos días, Nela diría “Compartíamos una activa militancia política. No hacíamos armas para el trabajo literario sino para el trabajo sindical. Escribíamos manifiestos, íbamos a los sindicatos, nos reuníamos con gente a la que ayudábamos a que aprenda, comprenda y participe en un movimiento que considerábamos era necesario, aunque esto nos llevaba mucho tiempo y exigía de mucha entrega, era una práctica muy hermosa en cuanto a comunicarse.”

Por esos meses del 34 ocurrió una huelga general de panaderos que pedían un aumento de jornal de tres a cinco sucres diarios. Velasco Ibarra ocupaba por primera ocasión la Presidencia de la República y los panaderos aprovecharon una visita suya a Guayaquil para solicitar una audiencia. Velasco Ibarra salió al Salón de Honor a escucharles y Joaquín tomó la palabra. Velasco Ibarra muy adusto, le escuchó hasta el final y entonces, en uno de esos exabruptos que le singularizaban, gritó “A ver señor, enséñeme sus manos” Tomado de sorpresa, Joaquín obedeció y Velasco Ibarra, triunfante y dirigiéndose a los presentes dijo: “Estas manos no son de panadero”. La sorpresa fue general, se produjo un silencio comprometedor, pero rápido se oyó una sonora carcajada. Era Joaquín que se reía del Presidente en su cara y demás está decir que fue coreado por todos los presentes en alboroto increíble. Velasco Ibarra, amoscado, viendo la imposibilidad de enfrentarse a un inválido, dio media vuelta y sin decir palabra se retiró bravísimo. Horas después, la sede de la Unión de Panaderos fue ocupada por la policía, provocándose un grave escándalo pues más de cien huelguistas fueron conducidos presos, aunque a la postre los propietarios de las panaderías subieron los salarios. Joaquín fue el héroe de esas jornadas. Ese año también fue redactor del periódico “Bandera Roja” del partido comunista.

En Marzo del 35 terminó de escribir su ensayo “Biografía del pueblo indio”. Poco después ocurrió un incidente entre Alba Calderón de Gil y Nela, quien se cansó de vivir en Guayaquil y partió a Quito. Joaquín la siguió en gesto verdaderamente romántico y heroico dado lo penoso que le era moverse. Lo hizo en compañía de su madre.

Para subsistir se hizo dar de su amigo el Ministro de Educación, Dr. Carlos Zambrano Orejuela, abogado de filiación socialista, una plaza de ayudante en la Biblioteca Nacional y como nunca faltan los estudiantes burlones, empezaron a solicitar los libros que estaban más elevados, solamente para ver como trepaba con sus manos como si fuera un mono o un maromero. Tal espectáculo se repetía diariamente hasta que llegó a oídos del propio Ministro -que lo estimaba por coideario- quien le ascendió a Jefe de la Sección Archivos con S/. 250 mensuales de sueldo para que trabajara en paz, lejos de la muchachada.

Había alquilado con su madre una pieza interior en la calle Flores, a solo cuatro cuadras de distancia del Ministerio. El servicio higiénico era común para todos los inquilinos y estaba al final del corredor. No había agua caliente pues el vecindario era pobre. Dña. Enma se encargaba del aseo de su hijo, cada dos días le bañaba y como subsistía el problema de su movilidad, Luis Pérez, dirigente de la Fábrica La Internacional de tejidos ubicada en Chimbacalle, le presentó a su pariente Juan Alberto Falcón Sandoval, albañil de veintidós años de edad, oriundo del pueblecito de Alaques, para que le trabaje puertas adentro como empleado doméstico, cargándole sobre sus fuertes hombros. Falcón terminó viviendo en la pieza, que era grande y espaciosa.

Cada mañana, a las ocho, Falcón le llevaba a visitar a Nela que vivía en un primer piso alto. A las nueve lo trasladaba al Archivo y regresaba a las doce para llevarle a almorzar a su pieza, casi siempre una sopita de queso, carne asada y puré de papas, todo en pequeñas porciones. Por la tarde se repetían los viajes porque se trabajaba doble jornada. Como buen goloso Joaquín se desvivía por los aplanchados, aunque también le agradaban los cakes y los higos en almíbar y en raspadura o confitados.

Pronto se hizo popular pues no era usual ver a un hombre cargando a otro. A veces sus amigos costeños lo embarcaban en sus carros. En una ocasión Benjamín Carrión lo invitó a su hacienda y conversaron largamente. Numerosos artistas y escritores le buscaban. Con ellos hacía planes culturales. Por eso se ha dicho que, desde todo punto de vista, su estadía en la capital le fue altamente provechosa.
El Camarada Juan Tacle, miembro del Partido Comunista y de profesión zapatero remendón, las más de las veces le conducía a los mítines y reuniones para que tome la palabra o dicte conferencias. Jorge Icaza lo presentó en el Sindicato de Escritores y Artistas, el Coronel Juan Manuel Lasso se desvivía atendiéndole. La Confederación Obrera le invitaba a la Casa del Obrero y en las Asambleas le sentaban en la mesa directiva. Tomaba la palabra, se exaltaba, arengaba con energía no exenta de lógica y emoción. Finalmente era aplaudido con frenesí, los obreros se lanzaban a abrazarle y en hombros lo retornaban a su pieza. También estuvo junto a la Federación Ecuatoriana de Indios ( FEI.)

Entre los líderes indígenas más amigos estaba Ambrosio Lasso, famoso como caudillo del levantamiento de Leito contra un gamonal colombiano apellidado Restrepo, que negaba a la Comuna el uso de unas aguas cercanas. El asunto tomó características nacionales cuando la fuerza pública mató en 1.923 a varios comuneros. Finalmente se impuso la razón y el agua fue para el bien de todos. Lasso le visitaba continuamente, estaba aprendiendo a escribir para ayudar a otros dirigentes de la Liga de Pule y Galte. El Ministro Zambrano le contaba entre sus asesores y cada cierto tiempo concurría a su despacho para tomar consejos. Un día le llamó el Dictador Federico Páez a la Casa presidencial y trataron treinta minutos sobre lo más aconsejable para el país. Esos fueron buenos tiempos, pero desde Noviembre del 36, a raíz de un alzamiento armado en el interior de un Cuartel, llamado la guerra de las Cuatro horas, el Ing. Páez se deshizo de sus ministros izquierdistas y el Ministro del Interior Aurelio Armando Bayas Argudo comenzó la persecución de los elementos progresistas del país. A unos hacía coger presos y a otros mandaban confinados a las Islas Galápagos.

En 1.936 Joaquín fue cancelado pero aun tuvo fuerzas para fundar con Atanasio Viteri la revista “Base”, cuyo segundo número incineró la policía. Por ello se temía una orden de prisión en su contra o por lo menos un atropello, pero no quiso ocultarse a pesar de las continuas advertencias de sus amigos.

Una tarde, ya sin esperanza en un cambio, habiéndoseles agotado la reserva de dinero, su madre le dijo: “Vamonos”. Joaquín no tuvo mas alternativa que aceptar pues sus relaciones con Nela habían terminado y Quito no le podía ofrecer nada más.

El regreso fue aparatoso. Joaquín, su madre y Falcón tomaron el coche de primera en Chimbacalle con unos pasajes de cortesía conseguidos por un amigo, pero al arribar a la estación de Riobamba le dieron la mala noticia de que por orden de la presidencia de la República habían quedado anulados los pasajes gratuitos y como no tenían dinero para conseguir otros les hicieron desembarcar en Cajabamba, alojándose en la choza de unos indígenas mientras Doña Enma solicitaba a su hermano una remesa de dinero para superar la situación. Ni siquiera contaban con colchas para abrigarse del intenso frío y como la libranza demoró quince días en llegar y cobrarse, fue una aventura amarga, casi una tragedia.

En Duran los recibió el Dr. Julián. En la casa encontraron a numerosos periodistas y fotógrafos ansiosos por conocer los detalles del viaje y Joaquín pidió permiso a su tío para formular declaraciones. Ya era una figura reconocida como escritor y político nacional, pero comenzaba una nueva etapa de su vida, la más dura, por su enfermedad final.

En Guayaquil permaneció cinco meses sin trabajo y tramitando su divorcio, entre tanto le designaron miembro de la Asociación Ecuatoriana “Allere Flamma” y como Pedro Saad había salido al exilio en Costa Rica donde fundó el Partido Comunista de ese país, se hizo cargo de la Jefatura del Comité regional para el litoral.

Su amigo el Profesor Ernesto Guevara Wolf le empleó de Amanuense en la Dirección Provincial de Estudios con S/. 250 de sueldo y desahogado de sus apuros económicos volvió a frecuentar a sus amigos, a los escritores y estudiantes que le consultaban con delectación. De esa época es un prólogo escrito para una de las obras de Clotario Paz y la reiniciación de sus escritos para “El Universo”, trabajito poco remunerado que sin embargo le era de gran ayuda.

A la salida del trabajo, cayendo la tarde, se hacía conducir de Falcón al salón Chanchán donde se servían una concha de helados o iban a beber un vaso de vino tinto o una Cerveza grande, de las llamadas Chop, en Lanatta, esquina del Malecón y Avenida Olmedo. Entonces permanecía por largos minutos con la mirada perdida en la ontananza, como inquiriendo al destino el porqué de su desgracia. En otras ocasiones se hacía llevar a una pensión cercana a su casa, de esas pensiones que se llaman de mal vivir, para mantener relaciones con mujeres públicas. A la bajada le decía a Falcón algún comentario simple, como de disculpa por el pecadillo cometido, pues siempre fue un hombre viril a pesar de su incontinencia de orina.

A fines del 37 publicó su poema “Romance de la Rural” denunciando los abusos que cometía esa policía y entró en polémicas con los poetas marianos que aún quedaban en Cuenca. Su amigo y protector Carlos Alberto Flores, nuevo Subdirector de Estudios, le tomó cariñosamente a cargo como Secretario y hasta le consiguió una ocupación a Doña Enma, de ecónoma en el Internado de la Escuela de Reeducación de Menores, con S/. 200 de sueldo. El tema diario de la Guerra Civil Española era otro asunto que le mantenía ocupado y con varias amigas del partido ayudó en las labores del Socorro Rojo para enviar dinero, alimentos y vituallas a la España Leal.

En la Subdirección trabajaba poco, conversaba con Flores quien le solicitaba consejos y hasta una pequeña biografía de Francisco Campos Coello que por allí debe andar impresa. Su fama de intelectual era por todos reconocida. Visitaba a sus amigas las Herrería en su departamento de Vélez entre Boyacá y García Avilés. Ellas le pusieron “Joaco”, sobrenombre que le empezó a gustar. Fue una etapa feliz, dentro de lo posible, pues aún le dolía su divorcio.

El 38 figuró entre los miembros fundadores de la Asociación de Artistas y Escritores Independientes. El 39 estuvo entre los que recibieron y atendieron al escritor norteamericano John Dos Pasos en el salón Fortich y a fines de año el problema mundial de la II Guerra Mundial copó toda su atención. El 40, al ocurrir la muerte de su amigo José de la Cuadra, quiso terminar la novela “Los monos enloquecidos” que éste había dejado inconclusa y hasta tuvo en su poder los originales, pero al solicitar el permiso a la viuda, le fue negado. El 41 se preocupó hondamente por la invasión nazi a Rusia, prologó la novela “Las huellas de una raza” del escritor Marco Antonio Lamota y comenzó una novela netamente urbana del Guayaquil de comienzos de siglo, fundada en las historias oídas a su tío Julián, donde seis personajes entretejen sus historias hasta caer asesinados a balazos por el Ejército Nacional durante la matanza de pueblo y obreros ocurrida el 15 de Noviembre de 1.922, tema de denuncia que le sirvió para desplegar las banderas del mensaje social, impactando con la magnitud de esa tragedia, que pormenorizada en sus más íntimos detalles presentó macabra, espeluznante.

El 42, tras la suscripción del Tratado de Río de Janeiro, conciente de la inercia del gobierno, adoptó una política anti arroyista y fue sacado de su cargo en 1a Subdirección. Lo mismo le ocurrió a su madre. Fueron tiempos de mucha agitación política y sindical. Vicente Lombardo Toledano, Presidente de la Confederación de Trabajadores de América Latina visitó el país y fue recibido y aclamado en todo el país. El 43 formó parte del “Frente Unico Antifacista” fundado en Quito por Raymond Meriguet, concurrió al Congreso de Trabajadores del Guayas, antecedente inmediato de la Federación Provincial de Trabajadores y como miembro del Partido Comunista concurrió al agasajo tributado por un grupo de amigos al Dr. Francisco Arízaga Luque, luego de su incidente con el Intendente General de Policía de Guayaquil, Manuel Carbo Paredes. Tomó la palabra en dicho acto, a nombre de todos los presentes. La pieza oratoria fue brillantísima y aún la recuerdan algunos viejos de esta ciudad. A Joaquín el tiempo le venía escaso porque “El Universo” le había solicitado dos columnas, “Noticiario Tropical” y “Problemas y Perspectivas”, desde las cuales difundió el ideario de “Acción Democrática Nacional” ADE.

Su asistencia a numerosos mítines le hicieron una figura popular y era fama que cuando cargaba la caballería a sablazos, su empleado Juan Falcón le depositaba encima de un hidrante del Cuerpo de Bomberos y salía corriendo. Allí le lomaban preso y luego había que agenciar su salida de la Cárcel, pero él era así, le gustaba ir a prisión.

En su buhardilla tenían lugar numerosas reuniones conspirativas contra el oprobioso arroyismo a la que concurrían sus amigos comunistas Manuel Arenas Coello, Pedro Saad, Manuel Medina Castro hasta cuando los sacaron del país. Otros eran simples simpatizantes.

Por esos días le ocurrió la siguiente anécdota que habla de su percepción y agudeza en materia internacional. Resultó que, encontrándose en frente de un afiche a colores con el rostro sonrosado de Winston Churchill, Primer Ministro Inglés y líder de su Patria en la II Guerra Mundial, le fue cambiando rápidamente el rostro con un lápiz hasta asemejarlo a Hitler, dando a entender gráficamente a sus amigos que para los comunistas, ambos líderes eran meros burgueses, es decir, la misma cosa.

Después del triunfo de la revolución popular del 28 de Mayo de 1.944 la Municipalidad de Guayaquil le premió con una artística Medalla de Oro, impuesta en la Sesión Solemne del 25 de Julio, por sus valientes escritos en “El Universo”. Fue su minuto de gloria, salió retratado en todos los periódicos, gozó de popularidad. Varios estudiantes del Colegio Nacional Vicente Rocafuerte pidieron su designación pero algunos maestros tuvieron la avilantez de oponerse, pretextando su defecto físico, cuando en realidad era por sus ideas políticas. Por eso tuvo que conformarse con la designación de administrador boletero de la piscina Municipal No. 1 ubicada en la intersección de las calles Malecón y Loja con S/. 300 de sueldo, pero en compensación sus amigos los Concejales le concedieron un terreno municipal en arrendamiento, ubicado en Brasil y Argentina, cuya posesión traspasó a un tercero en momentos de necesidad, para saldar urgentes deudas, posiblemente originadas en la edición de su novela que aparecería poco después.

El 45 escribió el prólogo de “Tierra, son y tambor” de su amigo el poeta negrista Adalberto Ortiz. Ese año volvió a Quito con motivo de la inauguración del Congreso de la Confederación de Trabajadores del Ecuador CTE. se hospedó en el Hotel América de la Plaza del Teatro y permaneció cinco días. Aprovechó para visitar a su amigo Carlos Guevara Moreno que estaba de Secretario General de la Administración y despachaba en palacio. Salió Guevara y díjole “Joaquín. Disculpe que no podemos hablar en este momento porque estoy con el Dr. Velasco Ibarra en una reunión. Luego le preguntó dónde estaba hospedado, pero no fue a verle como le ofreció por compromiso, pues ya tenía pensada una dictadura y sabía que no recibiría el apoyo comunista, como así efectivamente sucedió.

De esta época es un incidente romántico que le sucedió con Olga Herrería Herrería, Profesora de una escuelita pública frente a su casa, a quien miraba de reojo a través de su ventana cuando ella llegaba y se bajaba del tranvía. Notado el interés, habiendo amistad de por medio, pues Pedro Saad era casado con Isabel Herrería, empezó a visitarlo como amiga, pero luego se hizo su secretaria y hasta su confidente. Fue un amor meramente platónico de parte de Joaquín, que ella no adivinó siquiera. El estaba muy ilusionado como buen romántico y hasta llegó a cometer el ardid de solicitarle cartas de amor escritas por un corazón femenino dizque para lograr una mayor autenticidad y poder utilizarlas con éxito en una novela que estaba preparando. Ella, más por complacerle, le siguió la cuerda algunos meses. Esas cartas eran atesoradas por Joaquín, que llegó a contestarlas para allegar suficiente material para la tal novela que nunca comenzó. Una tarde, ya enfermo de cuidado y despechado de su suerte las hizo volar al viento desde su buhardilla y cayeron sobre la azotea de un edificio vecino donde las encontraron al día siguiente varios muchachos, uno de los cuales las recogió y se tomó el trabajo de leerlas. Así fue como se perdió para siempre tan inocente como extraño epistolario.

El 46 fue electo miembro de la Casa de la Cultura Núcleo del Guayas, prologó el poemario “Las estaturas en el Mar” de su amigo Rafael Díaz Ycaza y tras la aciaga dictadura velasquista del 30 de Marzo se sintió mal y permaneció varios días en su casa, muy deprimido a causa de la pérdida de su empleito en la piscina municipal. Ya no podía darse el lujo de tener a Falcón -a quien el populacho había bautizado con el remoquete de las piernas de Gallegos Lara- y hasta empezó a adeudarle el sueldo, pero su tío Julián salió en su ayuda, tomando a cargo esa responsabilidad.

Ese año Falcón se casó con una empleada doméstica de la familia Herrería, a la que conoció durante las continuas visitas de Joaquín a esa casa, y dejó de acompañarlo como sirviente tras doce años de servicio. Entonces Joaquín mandó a confeccionar un triciclo a pedales donde su vecino el maestro Blacio, pero se le dañaba de continuo y terminó por abandonarlo. Fue una época muy dura y como desde el 44 estaba empeñado en concluir su novela sobre el 15 de Noviembre iniciada el 41, le dio los toques finales con el título de “Las Cruces sobre el agua” y entregó a los talleres de la Editorial Senefelder de sus amigos Ana y Francisco Moreno Franco, que no le quedaron del todo bien, porque se demoraron más de la cuenta.

La edición apareció en Mayo, dedicada a la Sociedad de Panaderos, financiada en parte por su amigo Pedro Jorge Vera, propietario de la librería “Vera y Cia.”, que le adelantó algo de dinero por la distribución exclusiva. La portada corrió a cargo de Alfredo Palacios. El libro fue iluminado con siete grabados de Eduardo Borja Illescas y constituyó un éxito pues era la gran novela que el país reclamaba sobre la matanza del 15 de Noviembre, aunque también lo es del Guayaquil de inicios de siglo, con su pobreza, plazas y gente. La crítica comentó que pertenece a una época avanzada del realismo social ecuatoriano, ya menos costumbrista y desplazado del campo a las urbes debido al éxodo del campesinado por la crisis económica de los 30.

El 46 ofreció a una Editorial argentina sus originales sobre el cacao, novela que estaba por concluir, pero no se llegó a ningún arreglo. Faltó voluntad de los editores. Un breve testimonio de ella ha quedado en el capítulo titulado “En las huertas” que entregó a su amigo Alfredo Martínez para su publicación en el No. 53 de la Revista “América”, del grupo de ese nombre en Quito. Ese año escribió mucho sobre temas políticos y literarios.

Por entonces se produjo un serio incidente en el interior del Partido Comunista. Resulta que Earl Browder, Jefe del comunismo norteamericano, quien escribió en 1.942 dos obras tratando de soliviantar a los camaradas latinoamericanos para que se acogieran a las directrices del comunismo norteamericano y renunciaran a la Internacional de Moscú. Joaquín leyó los libros y en una reunión celebrada en su casa, cogiéndose con ambas manos sus tirantes, gritó vascosidades contra Browder y los norteamericanos, acusándoles de tratar de inducir al error a los obreros y trabajadores de occidente. Esa posición tajante y al mismo tiempo irreductible, de fanático se dijo entonces, le alejó de todos los líderes nacionales del Partido, que estaban indecisos pues veían con sumo interés político la alianza con los comunistas norteamericanos. Finalmente, dicha posición de entendimiento se debilitó cuando el tratadista francés Jacques Duclós denunció a Browder y al brauderismo como un “peligroso desviacionismo”, pero en Guayaquil se continuó considerando a Joaquín como un ser intratable por su inconmovible ortodoxia de izquierda, obsecado y difícil, poco maleable en suma, mientras el brauderismo pasaba por el panorama político latinoamericano como algo que pudo ser y nunca fue.
Así fue como empezó su aislamiento, al que le sometieron inmisericordes sus propios camaradas, que dejaron de visitarle. Y todo ello coincidió con el inicio de una fétida infección en genitales, posiblemente originada por la escara o fístula rebelde en el recto, que tenía desde el 34 y jamás se le había curado enteramente a pesar de los cuidados y tratamientos de su madre.

Su tío Julián le recetó lavados de las zonas infectadas con la solución Carrol and Decker a base de hipoclorito de sodio que se los aplicaba diariamente su amigo el estudiante de medicina Fortunato Safadi Emén y que no surtieron efecto pues el asunto tomó un cariz canceroso. El enfermo no se engañaba y comprendiendo la gravedad de su situación decidió aprovechar el poco tiempo que le quedaba de vida, terminando varios trabajos que mantenía pendientes, comenzando por el que creía más fácil, un libro de cuentos que tituló “La Ultima Erranza” por el nombre de uno de ellos (4) y que alcanzó a imprimir en México en 1.947, obra que la crítica ha considerado como la de mayor construcción de todo lo suyo.


(4) Enrique Noboa Arízaga me ha referido que durante el viaje realizado al austro ecuatoriano, Joaquín conoció en Cañar el suceso que motivó su cuento “La Ultima Erranza”. Se trataba de un misterioso viajero aparecido en esa población años atrás, durante la epidemia de bubónica. Como nadie iba al pueblo por Ia enfermedad y el aislamiento, su llegaba atrajo la atención de los moradores. El sujeto en mención fue hacia una tienda y pidió cinco centavos de pan. Era todo lo que tenía y se le veía cansado. Entontes un quidam del lugar gritó “No le vendan que es el judío errante”, quien según cuenta la leyenda, recorre el mundo sin descanso hasta el final de los tiempos, según creencia popular extendida desde la colonia. Acto seguido le empezaron a maltratar hasta matarle al grito de “Asesino de Cristo” y luego le dejaron tirado en un sitio cercano llamado el Panteón de los Porros. Dicho suceso causó la natural conmoción del poblado y no se habló más que de eso por mucho tiempo, llegando el recuerdo de tan fatal ataque a oídos de Joaquín, quien debió guardarlo en su subconciente para algún día trasladarlo al papel, como efectivamente ocurrió al final de sus días. Aunque otros piensan que el motivo pudo ser considerado por la persecución nazi contra los judíos que el 46 se empezó a conocer en toda su magnitud o que bien pudo ser un trasfondo de su propia vida, ya para terminar.
También quiso finalizar una biografía de Rumiñahui dedicada a la memoria de varios ilustres dominicanos por el recuerdo al Padre Bartolomé de las Casas y cuyos originales acaban de aparecer después de permanecer por muchos años en poder de Jorge Enrique Adoum, quien los recibió de manos de la madre de Joaquín en 1.948.

Escribía por las mañanas desde las siete y media haciéndose llevar la máquina sobre una mesita rodante y sentándose trabajosamente al filo de la cama con el mal olor de su enfermedad, que al final era casi intolerable. Escribía con lápiz sobre papel blanco sin rayas, tomando hasta cinco y seis tazas de café puro sin azúcar al día. A las doce almorzaba, hacía siesta y si la fiebre se lo permitía volvía a escribir. A veces recibía a algún amigo por las noches, pero no siempre. Así fue como también avanzó en su biografía de Rumiñahuy, que sacaba en limpio Olga Herrería, secretaria ad-honorem suya en sus últimas épocas.

Su madre y Clemencia Quiñónez Torres, inquilina de los bajos y amiga que le atendió en los últimos tiempos con una abnegación a toda prueba, eran sus ángeles guardianes. Su tío quiso llevarlo a los Estados Unidos, donde posiblemente en el Hospital de los Doctores Mayo en Rochester le hubieran recetado algún antibiótico, pero la Visa le fue negada en el Consulado; entonces, desesperado ante la crítica situación, le trasladó a Lima, pero era muy tarde.

Falleció en Guayaquil el domingo 16 de Noviembre, a las 12 y 45, en su casa. Tenía solamente 37 años de edad y había permanecido cuatro meses en estado de gravedad. Doña Enma, habiendo rogado a los santos de su devoción que mantuvieran con vida a su hijo siquiera hasta que terminara su biografía de Rumiñahuy y sintiéndose defraudada, lanzó varias imágenes al suelo. Le sobrevivió varios años pues murió el 64 en Guayaquil.

El sepelio fue con Capilla Ardiente como correspondía a tan alto escritor. El lunes 17 amaneció la Universidad de Guayaquil enlutada a pesar que Joaquín jamás había sido ni alumno ni profesor de ella, tal su buena fama de intelectual conspícuo. Después fue trasladado el cadáver a la Sociedad de Carpinteros y al local de la Casa de la Cultura en Pichincha e Illingworth donde un orador dijo: Llama viva de fervor justiciero, de militancia heroica por la democracia económica y social.” Y Pedro Jorge Vera leyó el siguiente verso: “Soneto sin llanto por Joaquín Gallegos Lara”.- // No es lágrima, Joaquín, lo que aparece / al filo de mi voz adolorida; / es el silencio de tu voz querida / que fundiéndose en la sombra, permanece. // Cómo crece el silencio, cómo crece / y como cubre nuestra tierra herida /cómo al aproximarse tu partida / la sangre de tu pueblo se estremece. // Pero no hay llanto, / pero no hay sonido / para tu verde corazón dormido / para tu frente pura de arquitecto / para tu soledad irremediable / este adiós silencioso, adiós perfecto…//

El 48, el partido comunista envió a Jorge Enrique Adoum a recoger la documentación de Joaquín para escribir una biografía que le hiciera justicia. Fruto de sus entrevistas con Dña. Enma fue un artículo aparecido entonces que dice en lo medular: Su casa en la caite Manabí 308, hay 7 escalones hasta el descanso y de allí 13 hasta su piso. Los libros están en su lugar, 106 papeles a los que un día sobrevendrá un otoño largo, el único de este país; en las paredes los mismos retratos de Lenin, de Stalin y el diploma que el Municipio le otorgó en reconocimiento a su labor de preparación de la conciencia cívica nacional que reapareció el 28 de Mayo. Está su madre con su heroísmo de costumbre, pero crecida, pero agigantada. Los mismos zapatos de color café, empolvados por el tiempo, bajo su cama angosta; la misma silla junto a la cama, con las cosas que sus manos dejaran allí la última vez. Y su camisa, con un pañuelo vencido en el bolsillo, lo espera en el respaldo de esa silla. Todavía la lavandera lleva ropa blanca y limpia de Joaquín la tarde de algún sábado. Y cuando con la brisa algo fresca, cuando con el cansancio, llegan las cinco de la tarde, recordamos que es la hora de ir a visitarlo, de hablar con él, de hacer claridad sobre lo que en el mundo nos es oscuro, todavía tenemos necesidad de él, nos hace falta…¿Y la biografía? Bien gracias.
El 48 apareció en los “Cuadernos del Guayas” que publicaba el Núcleo de la CCE. un capítulo inédito titulado Los Fugaces aromas, de una novela que había comenzado con el título de “La selva junto al río” y que tampoco se sabe hasta donde dejó iniciada. El 52 su ensayo “Biografía del pueblo indio” y el 56 sus “Cuentos completos”.

Viril, trigueño, cabellos negros y mirar adusto. Estatura mediana, ojos salvajes, fuertes y penetrantes que hasta asustaban a las damas. Una de ellas, mirándole a la cara, le dijo medio en broma: Prometeo encadenado, y se ganó su antipatía (Violeta Herrería Herrería), otra le tenía miedo (Inés Núñez del Arco Andrade ). Orejón, narigón, maestro y consejero. Pareja Diez Canseco en su obra “El aire y los recuerdos” dice: Admiraba su gran capacidad polémica y su apasionamiento. Su voz metálica, hinchándole las venas del cuello, salía de un pequeño cuerpo de enfermo. Tenía un hermoso rostro feo, mucha firmeza de rasgos, mucha nobleza en la frente y un ágil y puro brillo en la mirada, más también las orejas enormes y separadas, la nariz hinchada y roma y unos labios anchos que se daban con prontitud a la risa generosa.

Su importancia nacional radica en haber encabezado el comienzo del movimiento revolucionario, en haber entregado su talento y su pluma al arte, al cuento, la novela, el relato, la poesía y el periodismo. Sus escritos son de contenido sociológico. Su preocupación fundamental el destino del proletariado. Su pensamiento clasista y revolucionario. Difundió ideas rebeldes y patriotas, practicó la verdad, luchó por los pobres y quiso para su Patria mejores días.

Creó una conciencia, motivó a los talentos, fue maestro de toda una gran generación y líder de su Partido. Fue, pues, uno de los mayores ecuatorianos de su época y como escritor no ha envejecido.

En lo personal era de poco comer, de excelente carácter y fanático en las discusiones, dialéctico y nunca lineal, quienes le trataron me han manifestado que usualmente escribía en su hamaca con lápices suaves que despuntaba con una navajita y pasaba en limpio esos borradores en una máquina de escribir color negro. Compraba los lápices en la Librería Anzoátegui de 9 de Octubre y Pedro Carbo y el papel por gruesa donde Zea, en Illingworth y Pichincha.

No se le conocen debilidades, jamás se quejó de la vida ni de su parálisis pues era, lo que se dice, un carácter estoico, que se autoeducó para la cultura y para la vida. Nunca abusó de la bebida ni fumó. En los años 80 Jorge Enrique Adoum publicó la novela -texto con personajes dijo que era- “Entre Marx y una mujer desnuda”, que la crítica nacional aclamó por bien escrita, conteniendo pasajes de la vida de un Joaquín muy tergiversado. Se ha dicho que es un gran libro pero no de fácil lectura por sus varios niveles, aparte de ser novela en clave donde el personaje central José Gávez parte de la figura real de Joaquín Gallegos Lara y en los demás personajes la relación es algo remota. Los que conocieron a Joaquín creyeron entonces y aún lo sostienen, que la novela presenta una caricatura del gran novelista, que por supuesto no le hace justicia. Otros, más liberales, piensan que después de todo, recordarle, ya constituye un homenaje valedero y que cada quien tiene el derecho a expresarse a su manera y siendo Jorge Enrique un novelista, mal pudo escribir la historia de quien fuera el gran comandante de un escuadrón glorioso de jóvenes escritores y políticos que se sacrificaron en su momento por el triunfo de un ideal de belleza literaria y de justicia social. En 1.996 Camilo Luzuriaga adaptó “Entre Marx y una mujer desnuda” al celuloide y produjo una cinta de hermosa composición, digna del nuevo Cine ecuatoriano.

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